– No digas eso. -Su voz se habia apagado un poco-. Oh, Malcolm, no es el fin del mundo. Es solo otra noticia. Tu mismo lo dijiste.

– Pues entonces me equivoque.

– Hipocrita.

No era un exabrupto, sino, mas bien, la constatacion de un hecho. Senti que los musculos de mi cuello y mi espalda se relajaban.

– Lo soy -admiti-. Tienes razon.

– Lo siento -se disculpo-. No deberia haberte llamado asi. Pero parece que no puedes apartar la mente de eso, ni siquiera por un momento.

Habia tristeza en cada palabra.

– No pasa nada -dije.

Entonces colgo y yo me concentre de nuevo en mi trabajo. Estaba nervioso, sudando. El telefono sono varias veces mas. En cada ocasion, yo extendia la mano, como alguien que se ahoga e intenta agarrarse a una cuerda. Apenas podia disimular la decepcion cuando comprobaba que no se trataba del asesino. Esa noche, en casa, Christine me observo mientras yo atendia una llamada telefonica; en un instante, mi cuerpo se tenso; momentos despues, frustrado, colgue el auricular de un golpe.

– Me alegro -comento-; nadie ha muerto.

Puso algo de musica en el estereo, musica country.

Me hizo levantarme del sillon y comenzo a bailar alrededor de mi.

– «Do, si, do -canturreaba-. Un paso a la derecha, un paso a la izquierda. Saluda a tu pareja. Giro a la derecha, giro a la izquierda.»

Yo estaba de pie en el centro de la habitacion mientras ella daba vueltas en torno a mi sin soltarme la mano.

– Oh, vamos -me rogo-. Trata de relajarte. Solo un poco.

Se detuvo y me abrazo.

– «Quedate junto a tu hombre» -canto, aunque la letra no concordaba con la musica.

Entonces, incapaz de contenerme, deje escapar una carcajada. En su rostro se dibujo una amplia sonrisa.

– Vaya -exclamo-. ?Eh, fijaos! ?La octava maravilla del mundo! ?Aqui, en nuestra sala! ?El gran periodista cara de piedra, alias «Solo los hechos, senora, solo los hechos», ha sonreido! ?Todo un hito en la historia medica!

Y nos reimos juntos.

Pero esa noche, en la cama, con Christine dormida a mi lado, yo no podia pensar mas que en el asesino. Intente enviarle un mensaje telepatico: llama, maldicion, aunque sea para anunciar que todo ha terminado. Extendi la mano y le acaricie la espalda a Christine; ella emitio un leve gemido y cambio de posicion. «Ambos - pense- somos amantes desdenados.»

La tarde del dia siguiente, mientras el cielo cambiaba de color y el calor comenzaba a remitir, el telefono volvio a sonar. Era la cuarta llamada sucesiva; habia recibido dos de un par de chiflados y una de un politico. Conteste, irritado.

– Anderson -dije, mientras encendia la grabadora y mantenia el dedo sobre la tecla, listo para apagada de inmediato.

– He puesto a prueba su fe, ?verdad? -dijo la voz. Un escalofrio me recorrio la espalda.

– Crei que no volveria a llamar -respondi.

– Le dije que esto no habia hecho mas que empezar. Se quedo callado por un momento.

– Lo vi en la tele -prosiguio-. Bien, muy bien. He decidido que ahora estamos solo usted y yo.

– ?Que quieres decir?

– Las explicaciones, mas tarde. Primero la accion, como en el ejercito. Disparar primero, preguntar despues.

– No lo entiendo -dije.

– Ya lo entendera. Anote esta direccion: Nautilus Avenue, 2295, en Miami Beach.

– ?Que hay con eso?

– Bueno -dijo-, en realidad, usted no tiene que hacer nada. Supongo que dentro de uno o dos dias los vecinos comenzaran a sospechar. Luego iran a llamar a la puerta. Entonces tal vez perciban el olor. Es un olor extraordinario: tiene cierta dulzura y, al mismo tiempo, te atraviesa el cuerpo y te quema las entranas. Una vez que lo has olido, nunca lo olvidas. Y lo mas extrano es que, cuando lo hueles, identificas enseguida su origen, aun sin verlo, sin saberlo de antemano. -Otra vacilacion-. Volveremos a hablar pronto -agrego-. Hasta luego.

Luego oi el clic en la linea y despues solo un vacio.

7

El caso dio un vuelco cuando se descubrieron los cadaveres de la pareja de ancianos. Sus muertes tambien modificaron mi punto de vista sobre los hechos acaecidos ese verano. Gran parte del entusiasmo y el placer que habia experimentado al convertirme en el objeto de tanta atencion (las entrevistas en la television, mis palabras citadas en el periodico de la competencia y en la radio) se desvanecieron entre las sombras de una calle tranquila de la zona mas antigua de Miami Beach. Hasta ese momento, habia tomado al asesino por un simple desequilibrado. Ahora, su crueldad se hizo evidente.

El asesinato de la pareja de ancianos tambien tuvo un efecto extrano sobre la comunidad; comence a apreciar las primeras senales de tension y panico. Creo que yo, como la mayoria de la poblacion de Miami, pensaba que el asesino elegiria exclusivamente a chicas adolescentes como victimas, que la raiz del impulso de matar estaba en algun instinto sexual retorcido, inexplicable. La muerte de los ancianos conmociono a toda la comunidad, como un temblor de tierra que sacude los cimientos y produce nauseas. Era como si a todo el mundo lo hubiese asaltado el mismo pensamiento: «Dios mio, yo podria ser el proximo.»

Cuando sonaba el telefono en mi escritorio, la redaccion se sumia en un silencio inoportuno. Yo notaba que los redactores y los demas periodistas se volvian hacia mi y me observaban mientras hablaba para detectar alguna reaccion. Me sentia cada vez mas aislado, como si estuviese solo con el asesino.

Despues de la llamada, me puse en pie de un salto y atravese la redaccion hasta el despacho de Nolan. El levanto la vista y reparo en la expresion de mi rostro.

– ?Otra vez?

– En Miami Beach -dije-. Creo que ha vuelto a matar. Me ha dado una direccion: Nautilus Avenue 2295.

Nolan vacilo.

– Busca a Porter y poneos en camino. Yo llamare a Homicidios.

Momentos despues, Nolan estaba hablando con Martinez y Wilson. Lo oi indicarles que se encontraran conmigo en la esquina de la Veintidos con Nautilus. No les explico por que, pero supuse que a nadie le cupo la menor duda. Se volvio hacia mi de nuevo, agitando la mano.

– Vete, vete, vete -me apremio.

Porter y yo tomamos el paso elevado Venetian, que cruzaba la bahia hasta Miami Beach. Contemple las aguas a traves de la ventanilla; la brisa formaba palomillas en la superficie. En medio de la carretera, habia personas que intentaban pescar en el agua poco profunda. Vi a una anciana negra inclinada sobre el borde, haciendo girar el carrete de la cana de pescar; la punta de esta se curvaba y se agitaba cuando el pez que habia atrapado luchaba por soltarse del anzuelo. La mujer reia, y su voz se colo en el coche a traves del calor de la tarde.

Esperamos durante algunos minutos a que llegaran los dos detectives. Mientras tanto, Porter preparaba su equipo. Tenia dos camaras colgadas del cuello: una con flash para tomar fotos en interiores y la otra cargada con pelicula rapida para exteriores. Me hizo varias preguntas, con la intencion de averiguar cuanto sabia yo acerca del lugar adonde ibamos, tratando de imaginar lo que veriamos, lo que tendria que fotografiar.

– Me encanta la emocion de saber que algo esta a punto de ocurrir -dijo-, el instante que se da despues del pitido del arbitro pero antes de la patada inicial. Es como esa vez que fotografie esa gran tormenta en el Caribe. No habia telefonos ni medios de comunicacion. Yo tenia un Land Rover desvencijado y viajaba de ciudad en ciudad. La tormenta habia arrasado con todo. Habia arboles partidos por la mitad, casas derrumbadas o con el

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