techo arrancado. Siempre, cuando llegaba a la ultima curva antes de entrar en un pueblo, habia un momento en que se me hacia un nudo en el estomago al pensar en lo que veria; me preguntaba cuantos cuerpos habria tendidos en la calle. Se hinchan con el sol, ?sabes? Asi me siento ahora, como si estuviera a punto de tomar la ultima curva.

No dije nada; mire el papel que tenia en la mano.

Habia escrito dos nombres: senor Ira Stein, senora Ruth Stein. Aparecian en la guia telefonica. Era una calle tranquila, tipica de la zona. Las casas, casi todas construidas en la decada de los treinta, tenian las paredes estucadas y estaban situadas a varios metros de la calle. Eran edificios bonitos, de estilo espanol, con arcos en la entrada y arboles frutales. Mire hacia un lado de la calle y no vi a nadie. Habia algunos automoviles aparcados frente a las casas, pero en general reinaba el silencio. La brisa hizo susurrar las hojas de una palmera cercana.

– Alli estan -senalo Porter.

Los dos detectives descendieron de un coche camuflado. Habian colocado una luz intermitente sobre el salpicadero pero no habian encendido la sirena. Los tecnicos encargados de recoger pruebas permanecieron en el interior del vehiculo.

– Y bien -dijo Martinez-, ?que ocurre?

– El asesino ha vuelto a llamar. Me ha dado una direccion. -Apunte hacia el otro lado de la calle-. Es alli.

Wilson siguio con la mirada en la direccion de mi dedo.

– Muy bien. Echemos un vistazo. -Dirigiendose a Porter, dijo-: Puede entrar, pero debe informarme de lo que fotografie. No quiero abrir el periodico manana y ver en primera plana pruebas clave para la investigacion.

Porter asintio.

– Entendido… Subimos a los automoviles y nos pusimos en marcha hacia la casa. El numero 2295 era el ultimo edificio del lado izquierdo. Porter detuvo el coche justo enfrente.

– Vamos -dije-, quiero echar un vistazo. Atravesamos una pequena extension de cesped, pasamos junto algunos arbustos y llegamos a la puerta principal. El asesino tenia razon: podia olerlo. Me detuve y espere a los detectives. Wilson se quedo junto a mi por un momento y luego se volvio hacia Martinez.

– Pide que manden a un forense -le indico. Luego hizo senas a los tecnicos. La puerta estaba entreabierta; uno de ellos saco un cortaplumas y la abrio por completo.

– No toquen nada -nos advirtio Wilson-. Mantengan las manos en los bolsillos. Si tienen que vomitar, haganlo fuera. -Extrajo un panuelo-. ?Tienen uno? -pregunto-. ?No? Tomen, usen estos de papel. Respiren a traves de ellos; tal vez eso les sirva. ?Listos? -Se volvio hacia Porter-. Que trabajo tan glamuroso, ?verdad?

No espero respuesta.

En el interior, la pestilencia me aturdio; como si me hubiesen colocado una mascarilla impregnada de ese olor. El hedor de los cadaveres no era una novedad para mi, pues habia cubierto muchos otros crimenes, pero nunca habia olido algo asi. Todas las ventanas estaban cerradas; reinaba un ambiente sofocante y cargado. El asesino estaba en lo cierto: era un olor dulzon. Nos encaminamos a la sala.

No habria podido prepararme para lo que vi. Ni siquiera en una pesadilla.

Habia sangre por todas partes: en las paredes, el suelo, el sofa, las alfombras, el resto de los muebles. En una de las paredes habia un enorme espejo. En el, escritos con sangre marron oscura, estaban los numeros dos y tres. A primera vista, parecia la escritura de un nino.

Los dos ancianos yacian en el suelo, uno junto al otro. Estaban desnudos. Bajo su cabeza se habia formado un charco de sangre seca. En un rincon, vi una esponja comun y corriente, apenas reconocible, pero del mismo color. Los dos cadaveres estaban abotagados y rigidos.

– Dios mio -murmuro Martinez.

Estaba detras de mi. Porter se acerco la camara a los ojos una vez y luego la bajo. Se esforzo por recobrar la compostura y levanto de nuevo la camara. Esta vez el resplandor del flash ilumino la habitacion. Oi que el motor de la camara hacia correr la pelicula con un zumbido veloz. El flash destello otra vez, luego otra, y despues una cuarta. Wilson se dio la vuelta, furioso.

– Basta de fotos -farfullo-. Por Dios, miren este lugar. -Se volvio hacia mi-. Echad una buena ojeada, luego salid y dejad trabajar a los tecnicos. No es muy agradable, ?verdad?

No le respondi. Obligue a mi mente a concentrarse en los detalles de esas muertes. Tome nota de la posicion de los cuerpos y las manchas de sangre. Tenian las manos atadas, al igual que la muchacha. Habia un cuadro de un ave en pleno vuelo, una gaviota sobre las olas. Observe los muebles antiguos, las chucherias y los recuerdos de toda una vida. Luego le hice una sena a Porter.

– Esta bien.

Una vez fuera, aspire el aire fresco a grandes bocanadas, notando el sabor del mar, sacudiendo la cabeza para deshacerme del olor.

Porter comenzo a moverse de un lado a otro, fotografiando a los policias que entraban y salian. Me percate de que varios ancianos habian salido de sus casas para mirar. A lo lejos, oi sirenas, tal vez de la policia local, de ambulancias o del forense. Probablemente se trataba de mandamases de la policia. Me dirigi al buzon de la pareja de ancianos. Habia una carta enviada desde la ciudad de Nueva York. Los nombres correspondian a los que habia hallado en la guia telefonica.

– Son ellos -dije a Nolan por la radio del coche. Oi interferencias por unos instantes, y luego su voz.

– ?Y?

– Bien muertos. Desde hace al menos un par de dias. Tal vez mas. La peste era increible. Estaban desnudos y habia sangre por todas partes. Me han entrado nauseas.

– Dios mio. -Por un momento me extrano que reaccionara igual que todos, invocando el mismo nombre-. Habla con los vecinos; trata de averiguar quienes eran, ya sabes a que me refiero. Retrasaremos el cierre de edicion, asi que avisame lo antes posible.

La radio se apago. Al volverme, vi que habia llegado el forense. Me avisto y me saludo desde lejos.

– Tenemos que dejar de encontrarnos en estas circunstancias -comento, sonriendo.

Entro en la casa. Yo tome mi libreta y comence a entrevistar a los vecinos. Su sorpresa cedia el paso al horror cuando comprendian lo que habia ocurrido tras las puertas cerradas de aquella casa tan cercana a la suya. Me quede cerca del escenario del crimen hasta que sacaron los cuerpos, en bolsas negras identicas a aquella en la que habian metido a la muchacha. Para entonces, ya se habia congregado en el lugar la gente enviada por las cadenas de television, la competencia y las radios, ademas de periodistas independientes y fotografos. La mayoria de ellos querian saber si el asesino me habia llamado. Les respondi que si, que el me habia dado la direccion. A ratos senti el calor de los focos de la television, cuyos haces recorrian el grupo de periodistas, buscandome. No le conte a nadie que habia estado dentro; solo que sabia que habia dos muertos y que era un espectaculo dantesco.

Mientras esperabamos, repare en una anciana que estaba de pie, a un lado. Adverti que sus ojos seguian a los policias y se posaban de cuando en cuando en los miembros de la prensa reunidos alli. Llevaba un vestido blanco que caia en amplios pliegues desde su cuello y sus hombros. El viento se lo pegaba al cuerpo de modo que se le marcaban los huesos y la figura envejecida. Vi que sus labios se movian, rezando una plegaria. El Kaddish, supuse. Varios mechones grises ondeaban sobre su frente. Una vez que se llevaron los cuerpos, ella dio media vuelta y se marcho andando lentamente, sola por la calle, bamboleandose por el esfuerzo, con pasos cortos y vacilantes. Pense en los cadaveres que ahora estaban en las bolsas: a causa de la hinchazon, costaba apreciar su fragilidad. Pero supuse que eran debiles, demasiado para resistir la fuerza y la furia del asesino. Evoque la imagen de los cuerpos desnudos tendidos uno junto al otro. Me pregunte cuantas veces, con cuanta pasion, habrian buscado solaz y placer en la desnudez del otro.

Al salir, el forense habia perdido el buen humor.

– Esperen a que tenga los resultados de la autopsia -le espeto a la multitud de periodistas.

Me miro, sacudio la cabeza y se acerco a su coche sin abrir la boca.

Martinez y Wilson se vieron rodeados con la misma rapidez. Aquella turba se me figuraba una bandada de gaviotas, luchando por unos cuantos restos de comida. Martinez hizo un resumen para los reporteros y describio brevemente la escena del interior. No quiso entrar en detalles y agito la mano como para espantar las preguntas que le lanzaban. Subio al coche, junto a Wilson, y el motor se puso en marcha. Observe su vehiculo mientras se

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