»Creo que en ese momento enloqueci y me puse a jugar con la sangre. Fui a la cocina y encontre una esponja: la empape en la sangre del suelo y escribi los numeros con ella. No se cuanto tiempo pase alli. Tal vez cinco minutos. Tal vez una hora. Baile alrededor de los cuerpos hasta que la oscuridad inundo la habitacion y apenas podia ver. Entonces sali de la casa y deje la puerta entreabierta. Camine por la calle hasta mi coche; la sangre brillaba sobre mi ropa. Me habia vuelto invisible. Nadie salio de su casa, no habia un alma en la calle, no paso ningun automovil. Llevaba la 45 en la mano, y la noche parecia haber detenido su avance mientras yo me alejaba de alli. -Vacilo-. Eran totalmente inocentes -agrego.
Completamente agotado, deje que el silencio creciera en la linea hasta llenar la habitacion. Mis ojos se resistian a fijarse en las paginas cubiertas de notas y citas que habia garabateado a toda prisa. Mi propia escritura se me antojaba desconocida, extrana.
– Me siento -concluyo el asesino- como un hombre sediento despues del primer trago de agua fria. Volvere a llamarlo pronto. Tal vez a su casa, tal vez a su oficina. Depende, todo depende.
Y entonces colgo el auricular.
10
Christine se puso a bailar. Era su manera de liberar la energia generada por el temor. A veces, la encontraba por la manana en el suelo de la sala, abrazada a un almohadon, durmiendo. En la cadena de musica sonaba jazz suave; ella preferia a Miles Davis y Keith Jarret. Sin embargo, a veces escuchaba cuartetos de cuerda a un volumen tan bajo que apenas se distinguia el ritmo. Bailaba desnuda y arrojaba su bata al suelo; arqueaba el cuerpo hacia atras, dejandose llevar por el sonido. Creo que sentia que la musica se mezclaba con los sonidos nocturnos de las cigarras y del transito lejano. Bailaba hasta caer exhausta; luego se acurrucaba en el suelo y dormia profundamente hasta la manana.
Por la manana, sus ojos no mostraban el menor indicio de falta de sueno y ella hablaba con voz clara. Su trabajo en el hospital tampoco se resentia de su actividad nocturna: trabajaba tres dias a la semana en el quirofano, donde sus manos tomaban los instrumentos y los entregaban a los medicos con la seguridad de un crupier de Las Vegas; dos dias en el pabellon, controlando el estado en que se encontraba la enfermedad de los pacientes; todas las variedades de cancer que asomaban por debajo de las sabanas cuando ella pasaba, esplendorosa en su uniforme blanco. Habia canceres de la sangre, canceres de los organos, canceres que retrocedian y canceres que avanzaban sin freno. Ella hablaba a menudo de las enfermedades que trataba en el pabellon, las etapas que atravesaban, los pronosticos, para cada una. Apenas mencionaba al asesino, salvo para senalar que, si conocia nuestro numero telefonico, entonces tambien sabia donde viviamos. Cuando unos agentes de policia vinieron a instalar el dispositivo de grabacion en nuestro telefono, ella los observo con una especie de temor indiferente y la misma expresion de preocupacion que, supuse, adoptaba cuando, al pasar junto a la cama de un paciente de su pabellon, reparaba en alguna nueva manifestacion de la enfermedad.
En cuanto a mi, comence a fijarme en la gente por la calle. Clasificaba a los transeuntes en dos categorias: la de victima en potencia o la de asesino en potencia. Cada vez que alguien pasaba a mi lado, yo me preguntaba: «?Quien eres? ?En que piensas? ?Seras tu el proximo? ?Eres el?» A menudo, abordaba a personas al azar, extraia mi libreta del bolsillo mientras me presentaba y los entrevistaba. En su mayoria se negaban a dar su nombre, como si temieran que el asesino los identificara y los castigara por haber expresado sus temores. Cuando Porter iba conmigo, le volvian la cara, y el bajaba la camara, frustrado. Los comentarios y citas que yo recogia comenzaban a parecerse mucho entre si; eran variaciones de los mismos temas: temor, furia y perplejidad. La gente criticaba cada vez mas a la policia por no atrapar al asesino. Empece a notar un nuevo deje de recelo en las voces y descubri que la gente me rehuia la mirada.
Tome la costumbre de conducir por la ciudad de noche intentando descubrir que habia cambiado y que seguia igual. En los suburbios y en los barrios residentes se apreciaba cierta indecision; las casas parecian recogerse en la oscuridad. Pese a que era verano, habia pocos ninos en las calles; a medida que se acercaban los dias torridos de agosto, cada vez era menos frecuente oir las risas y los gritos de chiquillos enfrascados en sus juegos. Todo estaba cerrado; la gente salia de casa lo menos posible.
Claro que habia excepciones. Los borrachos y los vagabundos que proliferaban en el centro de Miami continuaban en las calles, protegiendo sus pocas posesiones, juntando centavos para el proximo trago. Hable con algunos, que aparentemente no se habian enterado del asunto o no estaban preocupados por el. Un viejo barbudo y sucio me miro y dijo: «?Por que se iba a cargar a uno de nosotros? ?Que diablos demostraria con eso? Nos estamos muriendo de todos modos.» Los hombres que lo rodeaban, al ver que yo anotaba sus palabras en mis libretas, lo felicitaron. Esa noche escribi un articulo sobre ellos y sobre su falta de miedo. Porter habia tomado buenas fotografias y a Nolan le encanto la cronica.
– Estupendo, estupendo -dijo-. Asi me gusta.
Al dia siguiente, entreviste a una pareja de adolescentes que estaba comiendo hamburguesas y bebiendo batidos en un McDonald's. Esto provoco que Porter se echara a reir y comentara: «Vaya topicazo. ?Puedes creertelo?» Los jovenes, ante nuestra insistencia, nos contaron que el sabado anterior, por la noche, habian asistido a una «fiesta del Asesino de los Numeros». Habia bebidas alcoholicas y musica, y todos participaron en un juego. Se elegia a uno de los asistentes para que interpretase el papel de asesino y se le daba una lista de todos los jovenes con numeros asignados a cada uno. En el transcurso de la fiesta, el «asesino» los mataba a todos uno por uno, figuradamente; los pillaba a solas y, con un rotulador rojo, les marcaba la frente. Los jovenes, cada vez mas entusiasmados al recordar el juego, nos explicaron que dos de ellos habian sido designados policias y tenian que descubrir quien era el asesino. Habia sido divertido, aseguraron, porque el asesino se las ingenio para liquidar a una docena de invitados antes de que lo descubrieran entre risas y copas. «Solo espero que no fuera algo profetico», dijo la muchacha. Tambien escribi un articulo sobre eso, en el que describia la fiesta y mi conversacion con el chico que habia encarnado al asesino. «Fue facil -me dijo-. Nadie sospecho de mi porque era el que mas repetia que habia que pillar al asesino.» Le pregunte si estaba asustado, pero respondio que no. Mas tarde, su padre me llamo y me rogo que no publicaramos el nombre de su hijo. Lo discuti con Nolan y acordamos nombrarlo solo por sus iniciales. A Nolan tambien le encanto esa cronica.
No hubo tiempo de incluir la noticia de la ultima llamada del asesino en el periodico del dia siguiente. Cuando el colgo y me volvi hacia Christine, era casi la una de la manana, demasiado tarde para la edicion de ese dia. La primera tirada ya habia salido de imprenta y los atados de papel de periodico se dirigian sobre cintas transportadoras hacia el almacen de carga situado en el sotano del edificio del
A veces, cuando me quedaba en el edificio trabajando hasta tarde, me levantaba de mi escritorio e iba a observar los preparativos de la impresion. La habitacion enorme y cavernosa se llenaba de prensistas con camisas azules y los tradicionales gorros de papel que les protegian la cabeza de las salpicaduras de tinta. Estas se habian reducido mucho con las nuevas rotativas de alta velocidad, sofisticadas y controladas electronicamente, pero los prensistas se aferraban con tenacidad a los usos de su profesion y lucian los pequenos gorros con orgullo. Habia relojes en las paredes, y un timbre insistente senalaba el comienzo de la tirada.
Yo me mantenia a un lado mientras los hombres colocaban enormes rollos de papel en las maquinas, las ponian en marcha y se apartaban. Entonces se oia un zumbido acompanado de una vibracion que se hacia mas intensa hasta que, finalmente, las rotativas trabajaban a toda velocidad y un torrente de periodicos brotaba de ellas. Unas pocas noticias habian ocasionado que se parasen las maquinas: se trataba de momentos extraordinarios. En esas ocasiones el timbre emitia tres pitidos cortos seguidos por uno largo. Los prensistas se miraban por un segundo, se acercaban a las maquinas y, poco a poco, todo se paralizaba, como detenido por una mano gigante. Me recordaba los momentos angustiosos que se viven en un quirofano cuando el corazon del paciente deja de latir, para luego comenzar de nuevo, con fuerza renovada.
– Mantendremos oculta la nota -dijo Nolan, todavia medio dormido-. La dejaremos para el periodico de manana, asi tendremos tiempo de hacerla bien. ?De acuerdo?
Respondi que si.
