vietnamita si no la habian vivido de cerca? El proposito de las manifestaciones era «traer la guerra a casa», para despertar la conciencia de todos a traves de una recreacion simbolica. Yo habia regresado de Vietnam y caminaba con ellos por las calles, observando y escuchando. Vi que, en realidad, no servia de nada. La gente lo veia como una molestia, no como un simbolo. Bueno, a los Weathermen les faltaba mi determinacion. La gente no puede pasar por alto lo que yo estoy haciendo.
– Pero la guerra ya termino -objete-. Se acabo.
– Para mi, nunca terminara. -Hablaba lenta y concienzudamente-. La veo en suenos todas las noches, cada manana al despertar. A veces miro el sol y me parece que estoy otra vez alla, no aqui. Jamas terminara para mi.
Otro silencio.
– ?Y esos ancianos? -pregunte.
– ?Se refiere a los abuelitos? -Solto una risotada.
– Oiga -dije, clavando la vista en Christine, que me miraba-. Usted necesita ayuda. Hay programas, centros de atencion a los veteranos afectados por la guerra. Yo puedo ayudarle…
Era una sugerencia muy poco convincente, y sabia como reaccionaria el.
– ?Mierda! ?Mierda! ?Mierda! ?Todo es pura mierda! ?Ha visto alguno de esos centros? ?Se ha apuntado a alguno de esos programas? Lo dudo. ?Sabe como es un hospital de esos por dentro? Se lo dire. Son paredes y mas paredes frias, de color verde palido. A veces me parecia ver cicatrices en las paredes, las marcas de los gritos de todos los hombres que habian pasado por ese corredor. Hileras e hileras de camas y mesitas de noche cubiertas de colillas y cenizas, de desperdicios y de desechos humanos. Lo se muy bien; yo estuve alli; yo lo se. Y jamas volvere. Usted piensa que estoy loco; se nota. Lei el articulo en que cita a los psiquiatras. Son muy comprensivos. Enfermo, dicen, perturbado pide ayuda a gritos. No es mas que la estupida palabreria de su inutil profesion. Bueno, tal vez este enfermo, tal vez este perturbado, pero estoy mucho mas vivo que cualquiera de ellos. -Tomo aire con un prolongado resuello-. Y antes de que acabe mucha gente deseara estar a salvo de mi. No estoy loco. ?Maldicion! ?El mundo entero esta loco!
La gente anda por ahi y actua como si nada estuviera pasando. No son capaces de ver mas alla de su reducido mundo. ?Pues yo si! Creo que soy el unico cuerdo que queda -dijo, bajando la voz-, la unica persona que comprende que a cada accion corresponde una reaccion en sentido contrario. Pues bien, la sociedad me envio alli para actuar como un asesino; ahora que he vuelto, la reaccion: estoy haciendo lo que mejor me ensenaron.
Se detuvo de nuevo para tomar aliento.
– ?Y usted? -pregunto.
– ?A que se refiere?
– ?Estuvo alli? Creo que tenemos mas o menos la misma edad, por eso se lo pregunto. ?Estuvo en Vietnam?
– No -respondi-. No fui a la guerra.
– ?Por que no?
Me pasaron por la cabeza varias respuestas, conversaciones con mi padre y con companeros de la universidad. Recorde que me habia dejado crecer el cabello, llevaba vaqueros y lucia simbolos de la paz, me manifestaba y cantaba. Parecia haber pasado mucho tiempo desde entonces. Pense en hablarle de la prorroga por estudios, de la inmoralidad de la guerra, de que me oponia a ella, de que habria preferido huir a Canada. Eso es lo que el esperaba oir.
– Porque tenia miedo -dije sin embargo.
– ?De que?
– No estoy seguro. -Titubee-. De matar. De que me mataran.
– Era nuestra guerra -dijo, con voz serena.
– Lo se.
Pense en el retrato de mi abuelo, vestido con su uniforme verde oliva, y el cenido cuello militar abrochado. Desde la fotografia, el miraba en silencio y en paz, como miembro del Cuerpo Expedicionario norteamericano. Fue teniente a los veintidos anos, con el batallon 77. Combatio en Chateau-Thierry y mas tarde en Argonne. Yo lo veia con ojos de nino. El hablaba poco de la guerra. Cuando regreso, estudio derecho y se convirtio en Juez de las faltas ajenas desde un asiento en el tribunal. Cuando yo tenia ocho anos, me llamo a su estudio. Estabamos a principios del otono, y el comento que el tiempo le recordaba los dias nublados de Argonne. Antes del amanecer el cielo se iluminaba a medias como si fuese a desatarse una tormenta, decia, y entonces comenzaban los canonazos, unos sonidos retumbantes que hacian anicos el alba. Cuando rompia el dia, los destellos del fuego de artilleria atravesaban la tierra de nadie hacia las lineas alemanas, y el cielo adquiria una tonalidad mas calida. La tierra entera se estremecia con las detonaciones. Las armas generaban su propio calor y su viento, como si tuviesen mas poder que la naturaleza. Mi abuelo, mirandome fijamente desde el otro lado del escritorio, me entrego un regalo. Era su viejo casco de acero, tan pesado que yo apenas podia sostenerlo. Lo coloco sobre mi cabeza, retrocedio un paso y saludo. «La guerra que acabaria con todas las guerras, asi la llamabamos entonces», dijo. El casco me ensuciaba el cabello; me lo quite y sacudi la cabeza. «Esa tierra es francesa -senalo-. Llevaba alli cuarenta y tantos anos.»
Habia otra fotografia en la casa donde creci; ocupaba un lugar sobre la repisa, junto al retrato de mi abuelo. Era una imagen granulosa, ligeramente desenfocada, de un grupo de hombres arrodillados en la superficie asfaltada de una pista de aterrizaje. Detras de ellos, asomaba la nariz de un bombardero mediano, un Mitchell B- 25. Los hombres parecian relajados; cada uno habia escrito su nombre debajo, con tinta blanca. El tercero por la izquierda, situado justo debajo del dibujo de una mujer ligera de ropa con un rayo en cada mano que adornaba el morro del avion, era mi padre. Llevaba una gruesa chaqueta de aviacion y la gorra echada hacia atras. Tenia un brazo sobre los hombros de otro hombre vestido con el mismo uniforme de caqui y cuero. Mi padre llevaba un cinturon con una pistola. Era, tal vez, una 45 como la que usaba el asesino.
– En la primera y segunda guerras mundiales, incluso en Corea, todo estaba muy claro -dijo el asesino-. Pero con nuestra guerra, las cosas no fueron tan simples.
– ?Como podiamos saberlo? -inquiri.
– Tiene razon. ?Como ibamos a adivinarlo? Yo fui. Mi viejo fue. Su padre fue antes que el. Creo que era algo aceptado por todos. ?Dios mio, que equivocados estaban!
– ?Su padre y su abuelo? -pregunte, sorprendido.
– Si. No es que fuese una familia de militares. Solo era algo aceptado. Y despues me llego el turno.
Me vino a la memoria una imagen de mi padre. El estaba hablando, yendo y viniendo por la habitacion, intentando mantener la compostura.
– A mi me paso lo mismo -dije.
– Pero no fue a Vietnam.
– No.
– ?Participo en manifestaciones?
– Si. Todos lo hacian. Era facil.
– Supongo que si -convino.
Guardamos silencio por un momento. Luego, agrego:
– ?Sabe? Apuesto a que tenemos mas cosas en comun de las que usted cree.
Su voz interrumpio mis pensamientos. Volvi a ver en mi mente a los ancianos.
– Hableme de los asesinatos -pedi.
– Fue facil -respondio, remedando mis propias palabras. Lanzo una carcajada-. Les gustaba salir a pasear por las noches, temprano, para mantenerse en forma. Los observe durante unos dias; recorrian siempre el mismo camino al mismo paso. Se detenian en los mismos sitios a tomar aliento. Iban del brazo. Eso me gusto. Mucha gente no demuestra su afecto como lo hacian ellos.
– No entiendo…
– Esa noche los segui hasta su casa -me interrumpio-. No me vieron hasta que les di alcance en la entrada. No habia nadie mas en la calle y ellos estaban demasiado sorprendidos y asustados para gritar siquiera. Les dije una frase criptica y aterradora, algo asi como: «Al menor ruido os mato»; le tape la boca a la mujer, los obligue a entrar en la sala de su casa y cerre la puerta detras de mi. Fue asi de sencillo. De pronto, ya no hacia calor y el silencio lo envolvio todo, como si el hecho de cerrar la puerta hubiese cercenado el dia como una cuchillada y solo
