humor que manifestaba el asesino; su estado de animo pasaba de una cordialidad jocosa a un odio oscuro y profundo. Pero cuando hablaba de su familia, de su infancia, adoptaba un tono vago y suave. Era como si hablar de sus recuerdos aplacara su furia.
– Un buen dia, poco despues de que la nina y su familia se marcharan, mi madre se atraganto. Hacia calor como ahora en esta ciudad, un calor que practicamente impide pensar en otra cosa y un sol que pega como el estallido de explosivos potentes. Mi padre habia salido: tal vez estuviese en la escuela. En general, se llevaba su almuerzo y no regresaba hasta avanzada la tarde, incluso durante el verano, cuando no daban mas que clases de refuerzo para los ninos que no pasarian de curso.
»Por eso, mi madre y yo estabamos solos en la casa, sofocandonos de calor. Las ventanas estaban abiertas de par en par, pero no corria aire. Era la hora de almorzar, y observe a mi madre levantarse del divan donde habia estado descansando. Llevaba una de esas batas de estar por casa pasadas de moda, de las que se abrochan al frente. La tela era floreada.
»Ella habia estado tendida en el divan, quejandose del bochorno, con un vaso de agua a su lado y un panuelo mojado sobre los ojos. A lo lejos se oian los toques de silbato de una estacion de ferrocarril que estaba a pocos kilometros de alli. El sonido parecia flotar suspendido en el aire. Mi madre se habia desabrochado la bata. Tenia la piel enrojecida, con algun tipo de sarpullido, supongo. Se habia abierto la bata de modo que apenas le cubria los senos. Mire su pecho, que subia y bajaba con el esfuerzo de respirar aquel aire estancado. Vi las gotitas de sudor que se habian formado entre sus senos y se deslizaban hasta su vientre. Cuando ella oyo el primer pitido, bajo las piernas del divan y, por un momento, permanecio sentada, bamboleandose ligeramente como si estuviese mareada. Tomo el panuelo, lo mojo en el vaso de agua y luego lo escurrio sobre si; el agua se mezclo con su sudor y goteo sobre su regazo.
»Luego se puso de pie, me lanzo una mirada extrana y se lamento: 'Dios mio, ojala vivieramos en algun lugar donde soplara la brisa. Cerca de un lago o en las montanas. ?Te juro que nunca volvere a sentir fresco!' Echo la cabeza atras, como si buscara alguna senal de viento. Yo permaneci en mi silla, con la vista fija en ella. Me pregunto si me habia portado bien. Luego, con el mismo tono infantil, que ella sabia que ya no era adecuado conmigo, dijo que prepararia algo de almorzar. Se dirigio perezosamente a la cocina, y yo la segui.
»Alli hacia tambien mucho calor. Nos sentamos a la mesa de la cocina. 'Ven aqui', me dijo, 'frotale un poco en la frente a tu madre'. Cerro los ojos, inclino la cabeza hacia atras y comence a acariciarle la frente. Ella murmuro algo y vi que sonreia. Su cuerpo se relajo. Despues de un momento, abrio los ojos y me miro. 'Seras un chico mejor', dijo, 'entonces seras mio para siempre'. Para siempre. ?Que palabras tan vacias!
»Se puso de pie y abrio la pequena nevera. Habia rosbif que habia sobrado de la cena. Ella corto dos rebanadas, una para si, la otra para mi y las sirvio frias en un plato. Corto la suya en grandes trozos y comenzo a llevarselos a la boca Rapidamente, masticando con avidez.
»Por un momento, sus mandibulas dejaron de moverse, y recuerdo el cambio que se produjo en su rostro, al que asomo una repentina expresion de sorpresa, de asombro. Ella emitio un quejido agudo, mezcla de gorjeo y grito, y se puso mas palida de lo que nunca la habia visto. Respiraba con dificultad, y me percate de que un trozo de carne atascado en la garganta. Echo los brazos hacia atras como si fuesen alas, tratando de golpearse la espalda para expulsar aquel pedazo de comida. Me indico por medio de gestos que la ayudara, mientras se metia los dedos en la boca. Yo estaba clavado en la silla.
»Entonces, mientras yo la observaba, ella se levanto de un salto y se arrojo violentamente contra la pared. Solo cuando cayo al suelo me puse de pie y me acerque a ella. Le di un punetazo en el centro de la espalda y espere un segundo. Su respiracion sonaba mas entrecortada, asi que volvi a golpearla. Luego otra vez, y otra y otra mas, hasta que adverti que ella aspiraba aire a grandes bocanadas y que el trozo de carne se habia desatascado. Cerre los ojos. Ella se quedo tendida en el suelo, con la bata desabrochada, caida hasta la cintura.
»Me arrodille junto a ella, sin apartar la vista de su cara, esforzandome por no mirar las partes de su cuerpo que habian quedado al descubierto. Ella tomo aliento lenta y profundamente. Nos quedamos asi durante un rato. Luego ella abrio los ojos, extendio la mano y me acaricio la mejilla. 'Gracias', dijo. Supongo que penso que mis golpes la habian salvado, aunque yo creo que no. ?Quien sabe? Me rodeo con los brazos y me estrecho con fuerza. Entonces senti que era yo quien, de pronto se ahogaba, quien no podia respirar. Sentia el sudor de su cuerpo contra mis labios. Era como estar en una habitacion en la que se apagan las luces inesperadamente. Cerre los ojos y escuche palpitar su corazon. A veces, cuando por las noches el fuego defensivo de artilleria, pasaba silbando muy alto y explotaba a cien metros de distancia, la tierra se estremecia. El sonido me recordaba a los latidos del corazon de mi madre.
Note que estaba banado en sudor y el auricular se adheria a mi oreja.
– ?De donde llama? -pregunte.
Guardo silencio por unos instantes y luego se rio.
– Es solo un telefono -respondio-. ?Sabe cuantas cabinas telefonicas hay en esta ciudad? Cientos. Tal vez miles. Hay docenas de lugares tranquilos desde donde puedo llamar. Claro que podria estar mintiendo. Podria estar sentado en mi propia habitacion, acostado en mi cama, con la mirada fija en las marcas familiares del techo mientras hablo con usted. -Hizo una pausa y dijo-: ?Se ha dado cuenta del silencio que impera aqui? No hay manera de que usted sepa donde estoy.
– ?Por que ha llamado aqui?
– Porque he sentido la necesidad apremiante de hacerlo -dijo-. Queria que usted fuera consciente de que se donde esta. De que estaba pensando en usted. De que siento estos impulsos en los momentos mas extranos.
– ?Que impulsos?
– Los dos que le conciernen -contesto-. El impulso de matar y el impulso de hablar.
No supe que decir. Me invadio la sensacion de que las palabras no llegaban a traves del telefono sino que el me las susurraba directamente al oido.
– Yo tenia diecinueve anos -prosiguio- la primera vez que estuve con una mujer, y tambien la primera vez que mate un hombre. La mujer era una prostituta; no, creo que «puta» es una palabra mas adecuada. El hombre apenas lo era; mas bien era un muchacho, tal vez de mi misma edad. Ella trabajaba en una zona de bares, moteles y cines porno cercana a Fort Bragg, en aquel pueblecito de Carolina del Norte que no recuerdo como se llama. Alli hice la instruccion basica. Solo al final nos permitian ir al pueblo a disfrutar de los placeres que habia alli. Como todo en el ejercito, eso se hacia de manera ordenada; nos metian en autobuses, a los que subiamos entusiasmados como los adolescentes que eramos.
»Habia un maravilloso simbolismo en aquellos permisos. Dudo que los idiotas que estaban al mando tuvieran idea de ello, pero lo que habia que hacer para que te concedieran una licencia era pasar la prueba de los M-16 en el campo de tiro. Aprender a disparar con un arma antes de tener la oportunidad de disparar con otra.
Imagine su sonrisa al otro lado de la linea.
– Recuerdo los rostros de aquellos que no sabian manejar bien sus armas; se ponian en posicion, con la mejilla pegada a la culata, los ojos clavados en el blanco, apuntando con el canon largo, rezando por darle a algo. Para mi eso no suponia un problema. Cuando era nino viviamos en la granja, mi padre me enseno a disparar. El tenia un viejo 22, un Remington de un solo disparo y accion de cerrojo. Los sabados ibamos al descampado de al lado y pasabamos una o dos horas practicando. En Fort Bragg, agazapados en aquel campo de tiro, esperando la orden de disparar, me venia a la memoria aquella granja, el blanco clavado a una vieja tabla que se alzaba sobre el horizonte. Tengo los ojos grises. ?Sabe que dicen que los que tienen los ojos grises son los mejores tiradores? Daniel Boone los tenia, segun creo. Y tambien el sargento Alvin York.
Anote el dato enseguida: ojos grises. Para la policia, pense.
– Era extrano -continuo-: tuve la misma vision en el campo de practicas y me asalto el mismo recuerdo meses mas tarde, cuando encanone a mi primera victima. El estaba corriendo a unos treinta metros de mi, al borde de un arrozal, y su camisa negra se recortaba contra los arboles. Debia de ser joven y bastante inexperto: un verdadero soldado no se habria puesto en peligro de ese modo. Pense en la granja y en las tardes con mi padre, en su voz aspera y exigente, gritandome: «?Aprieta, maldita sea!» Entonces aprete el gatillo, sono un disparo y, cuando levante la vista, vi la figura trastabillar y caer. En torno a mi, el resto de la patrulla gritaba y aullaba con entusiasmo. No tuve problemas para pasar la prueba del campo de tiro. Me dieron una medalla por mi destreza como tirador antes de que abandonase el campamento. Entonces, un sabado al atardecer, todos nosotros, vestidos con ropa limpia y planchada y con la gorra ladeada sobre la frente, subimos a unos autobuses verde oliva que nos llevaron al pueblo.
