helicopteros que llegaban o partian, voces que protestaban. Periodicamente, sonaba un ruido mas claro, mas retumbante, mas familiar: el disparo de un M-16. Luego gritos de alguien que pedia un medico y, a veces, alaridos de dolor. Siempre encontrabamos al soldado herido con un agujero de bala en el pie izquierdo o con un dedo menos. Yacia en su litera, rodeado de trapos que olian a liquido limpiador. Sus primeras palabras eran: 'Estaba limpiando esta jodida cosa cuando se ha disparado sola.' Entonces venian los asistentes sanitarios y se lo llevaban. En realidad, todos sabiamos lo que habia ocurrido. Pero a nadie le importaba. Al menos, a mi no. Yo cerraba los ojos y escuchaba los sonidos de la base, los gritos y todo eso, y dormia. Nunca llegue a tener tanto miedo.
Mientras el hablaba, yo gesticulaba freneticamente, simulando escribir en el aire, para que Christine me trajese papel y lapiz con que tomar notas. Ella asintio impasible. Al cabo de unos segundos volvio a mi lado con una docena de hojas y un boligrafo. Escribi en la primera pagina:
EL ASESINO
Luego la subraye tres veces y se la entregue. Christine se llevo la mano a la boca en un movimiento rapido y reflejo, y vi que los ojos se le llenaban de lagrimas. Se sento a la mesa, frente a mi, y no dejo de observarme a lo largo de toda la conversacion, segun me conto mas tarde, pues yo me habia concentrado en el telefono y en las hojas en blanco. Comence a llenarlas cuando el asesino continuo hablando.
– Bueno, como le decia, he leido su articulo con interes. Toda esa gente preocupada… Piense en todo el gasto de energia que inspira el simple temor a lo desconocido, a lo inmanejable. Supongo que todos los aficionados a la psicologia y a la criminologia piensan que eso me confiere una sensacion de poder. Pues bien -rio-, estan en lo cierto. Es verdad; me encanta. -Con un deje de furia en la voz, agrego-: Toda esa gente me da asco. Esos tipos presuntuosos de los barrios residenciales que compran armas (como si supieran usarlas), toda esa gente que hablo con usted en la calle, todos los topicos que soltaban, su panico ante la amenaza que pende sobre sus vidas mediocres y confortables… Ojala pudiera matarlos a todos… -Vacilo-. Bueno, tendre que conformarme con lo que pueda, ?verdad? Pero quiero que toda esa gente empiece a sentir en el estomago la peor clase de miedo, ese contra el que no se puede luchar. El miedo perfecto. Quiero que me consideren un cancer en la sociedad, una lacra que esta destruyendo sus vidas. -Inspiro profundamente-. Los odio a todos. Ni siquiera encuentro palabras para expresar lo que siento.
Yo oia su respiracion, agitada pero regular, como la de un corredor en mitad de una carrera.
– Usted es escritor. Expreselo usted.
– ?Y si dejamos de escribir sobre el tema? -pregunte-. ?Y si el periodico deja de publicar las notas? ?Que pasaria si dejaramos de hacernos eco de lo que usted dice?
El asesino hizo otra pausa.
– Bueno -respondio al fin-, estoy seguro de que a los canales de television les encantaria emitir mi voz en antena. -Solto una risotada-. Aunque a decir verdad, prefiero que las noticias sobre mi tengan mas sustancia, ver mis pensamientos y mis palabras impresas. El periodico esta alli, todo el dia, a la vista de todos. No es como un noticiario de television, que dura muy poco y se acaba de golpe. Por eso prefiero contar con su cooperacion. Pero no es esencial.
Por la ventana de la cocina vi que oscurecia. El telefono era un modelo de pared con cable largo. Me dirigi al fregadero, para alejarme por un momento del papel y las notas, con la intencion de poner en orden mis pensamientos. Atisbe la palidez de la luna a traves de las ramas: el arbol estaba banado en un resplandor tenue.
El asesino prosiguio.
– Mientras leia su articulo se me ha ocurrido otra idea, muy extrana. Me he puesto a pensar en mi ninez, especialmente al leer los parrafos en que usted describia a esas mujeres y los ninos en los columpios. Cuando era pequeno, mi madre me llevaba al parque a jugar. Entonces viviamos en un pueblo y recuerdo que los ninos se turnaban para columpiarse, y balanceaban las piernas adelante y atras lo mas rapidamente que podian. Yo tambien lo hacia, y aun recuerdo que el arco de la parabola que describia mi columpio se hacia mas amplio a medida que imprimia mas fuerza al movimiento. Las manos, los dedos se me ponian blancos de aferrar las cadenas. Cuando alcanzaba el punto mas alto del arco, echaba la cabeza hacia atras y miraba el cielo por un momento, como si volara; luego, cuando el columpio comenzaba a descender, cerraba los ojos. Entonces experimentaba lo mas proximo a una sensacion de ingravidez, o eso imaginaba yo. A veces revivo esa sensacion cuando apunto a la cabeza de alguien con la 45. La tuve por primera vez en Vietnam. Ahora la tengo aqui, en mi pais, exactamente la misma sensacion de la ninez, el delicioso vertigo que provoca el no estar en contacto con la tierra. ?Alguna vez ha sentido algo similar?
La pregunta me des concentro y respondi lo primero que me paso por la mente.
– Quizas al estar con una mujer, a veces.
Solto una carcajada: un brusco sonido ronco.
– ?Y por que no? -dijo-. Con una mujer, si. La sensacion de dejarse llevar, de volar en libertad. No esta mal, no esta mal en absoluto. ?Sabe, Anderson? -dijo, y su voz paso de un tono vagamente jovial a uno de ira-. Estuve con una mujer por primera vez cuando servia en el ejercito. Ya habia cumplido diecinueve anos y era un soldado entrenado para matar. Cuando era nino y viviamos en la granja, observaba aparearse a los animales con cierta fascinacion, de envidia por su falta de pudor, porque simplemente seguian su instinto. Cuando era muy pequeno, habia una nina que vivia en la casa de al lado, y a menudo (ya sabe, antes de que tuviesemos conciencia de que haciamos algo malo) ella y yo jugabamos en el bosque cercano a las casas. En realidad, no era un bosque, solo un grupo de arboles y arbustos silvestres que habian crecido como una especie de seto a un costado de las casas.
»Alli no habia mucho espacio; la maleza estaba muy crecida y formaba matorrales muy densos. Era un lugar perfecto para los ninos; nos deslizabamos por debajo y alrededor de los arbustos y los arboles, ocultos a la vista de nuestros padres.
»Ella era adoptada. Yo pensaba que la amaba y que algun dia nos fugariamos juntos. Yo tenia seis anos; ella siete, y jugabamos juntos en esa arboleda. Al principio eran simples juegos de ninos: el escondite, ese tipo de cosas. Luego ella empezo a traer sus munecas; tenia dos munecas de trapo hechas en casa, que siempre estrechaba en sus brazos. Decia que eran nuestra familia y que alli estabamos en nuestro hogar. El sitio se convirtio en una casa imaginaria. En el verano nos tendiamos bajo los arboles, escondidos, y planeabamos nuestra huida para cuando fueramos un poco mayores.
»Ibamos completamente desnudos. Me acuerdo de cada centimetro de su cuerpo, la piel bronceada de sus brazos y sus piernas, pero rosada en las partes que le cubria el vestido. Nos tendiamos juntos, a veces nos abrazabamos, y no he olvidado la sensacion de su cuerpo junto al mio, agradable, calido, a la sombra de los arboles y arbustos. No me cansaba de mirada, de contemplar todos los rincones secretos de su cuerpo. A veces extendia los dedos y la acariciaba suavemente, procurando no molestarla de ningun modo. Era como tocar la luz, y recuerdo que yo temblaba, de veras, temblaba de emocion, al mirar sus ojos cerrados…
Se interrumpio y la linea quedo en silencio.
– ?Y que sucedio? -pregunte.
– Mi madre nos descubrio. Lo recuerdo como una sucesion de fotogramas. Primero yo, incorporandome de pronto al oir un sonido extrano procedente de los arbustos, luego apresurandome por recoger mi ropa. Mi madre gritando, furiosa, con una voz atronador a como un disparo. La nina llorando. Me escabulli entre las zarzas y, esa noche, cuando regrese a casa, mi madre me obligo a quitarme la ropa para que mi padre viese los aranazos y cortes que me habia hecho al tratar de escapar de ella.
– ?Y?
– Me pegaron. -Su voz sono como si estuviese encogiendose de hombros-. A ella tambien. Las dos familias se pusieron de acuerdo para arrancar los arbustos y cortar algunos arboles. «Sacaremos buena lena de aqui», recuerdo que dijo mi padre mientras levantaba el hacha por encima de su cabeza y descargaba un golpe en la base de un abedul.
»La otra familia se mudo a otra parte poco despues. Nunca supe por que. Otro empleo, otra oportunidad. ?Quien sabe?
– ?Nunca lo averiguo?
– Yo la amaba -dijo-. No, nunca lo averigue.
Entonces se impuso el silencio, y mi mente comenzo a trabajar a toda velocidad. Pense en los cambios de
