Sentia que el pez tiraba del sedal, los metros de delgado filamento que lo sujetaban, con todo su peso, torciendo la cabeza; lo notaba en las sacudidas de la cana. Pasaron cinco minutos, luego otros cinco. Vi que el sedal comenzaba a aflojarse.

– Esta subiendo -senalo el oficial-. Demasiado pronto. Mierda.

– ?Que significa eso de que se ha enganchado por el vientre? -pregunto Nolan.

El oficial de cubierta se lo explico rapidamente.

– Significa que el pez se ha tragado la carnada entera y que el anzuelo se le ha clavado en el estomago, no en la boca. Significa que, si llegara a soltarse, moriria desangrado. Y significa un dolor insoportable para el; esta subiendo, y un pez grande como este tiene mucho aguante. Maldicion.

Continue recogiendo hilo y en cuestion de segundos vislumbre la forma azul en el agua. Debia de medir mas de un metro ochenta y pesar mas de cuarenta y cinco kilos.

– Mierda -barboto el oficial de cubierta, inclinandose sobre el espejo de popa, con la mirada fija en el pez. Se dirigio al costado y agarro un arpon.

– ?Apartense de la borda! -grito el capitan-. ?Cuando salga se movera como un condenado!

Tire un poco mas del pez y el capitan hizo girar el barco para colocar al oficial en posicion. Este era un hombre delgado, de piel bronceada, una melena rubia que le llegaba hasta los hombros y largos musculos en los brazos.

– Cuando suba -me indico-, levantese de la silla enseguida.

Hubo unos instantes de silencio.

– Ya se ve la sutileza -senale.

La parte mas fina del sedal estaba solo unos centimetros por debajo de la punta de la cana.

El oficial de cubierta agarro el mango del arpon e hizo girar el garfio, de modo que el sol le arranco un destello.

Extendio la mano hacia la sutileza, murmuro «Alla vamos» y de pronto el arpon surco el aire con violencia en direccion al pez. Se produjo una lluvia de agua marina y oimos que la cola del pez vela golpeaba el costado del barco. Se levanto una gran ola que empapo la cubierta y al oficial.

– ?Mierda! ?Mierda! ?Mierda! -bramo.

Mientras su voz se elevaba por encima del rumor del oleaje salte de la silla y escudrine el verde y azul de la corriente del Golfo.

Alcance a divisar al pez vela, que chorreaba sangre y descendia hacia el frio y la oscuridad. El oficial de cubierta tenia en la mano el arpon roto.

– Ira a morir alla abajo -dijo-. Un triste fin para un hermoso pez. Servira de alimento a los tiburones, el todos los peces. -Dirigiendose al capitan, anadio-: Se ha movido en el ultimo momento y le he dado al sedal con el arpon.

El capitan asintio con la cabeza.

– Lo siento -me dijo el oficial.

Me encogi de hombros.

Parecia injusto; no para mi, sino para el pez. Si el anzuelo se le hubiese enganchado en la boca, el habria luchado, se habria retorcido y saltado, sacudiendo la cabeza, y habria tenido una buena posibilidad de salvarse. Un fallo minimo en el sedal o en el carrete le habria permitido liberarse y regresar a la fresca seguridad de las profundidades.

Me pregunte si el pez sabria que moriria, o si buscaba la oscuridad por instinto. Lo imaginaba surcando las aguas, con su espada apuntando al frente y su pequeno cerebro de pez sumiendose en las tinieblas debido a la proximidad de la muerte.

El asesino no llamo ese dia, ni el siguiente.

Sin embargo, Christine habia perdido todo su optimismo. Decia que el llamaria, que estaba jugando con nosotros, que le gustaba comprobar que cada dia se hablaba menos de el en el periodico para luego actuar de nuevo y volver a los titulares. Me conto que el asesino era el tema de conversacion favorito de los pacientes del pabellon: se sentian a salvo porque sabian que el no podia traspasar aquellas paredes blancas ni penetrar en los limpios pasillos del hospital. En el quirofano, los medicos tambien hablaban del asesino. Los mas jovenes describian las heridas de bala que habian visto durante su periodo de servicio en Vietnam o de prestacion social en los hospitales de los guetos, en e! norte. Christine decia que habia descubierto una nueva clase de temor: no el panico subito que se siente cuando uno ve que un coche se le echa encima, sino una tenue aprension que hacia que cada acto que ella realizaba durante el dia, por insignificante que fuese, como lavarse las manos, le pareciera mas importante. Cada bocanada de aire se le antojaba cargada de sustancia, y el esfuerzo de respirar, una decision consciente. Era como si estuviese pendiente del tiempo, esperando el momento en que avanzara la accion de la obra y el telon se levantara para dar comienzo a una nueva escena.

Para mi la rutina ya no existia. Cada vez que sonaba el telefono, me ponia rigido. Cuando no sonaba, estaba tenso. A veces dejaba el aparato descolgado y salia a recorrer la ciudad con una libreta en el bolsillo. Cuando Porter me acompanaba, realizabamos entrevistas en la calle y todas las voces se elevaban hacia el cielo azul.

La ciudad era una bestia que despertaba de un largo periodo de hibernacion; sus sentidos adormecidos comenzaban a afinarse y a ponerse alerta.

Estabamos hablando de mi familia; de mi padre, sus libros, sus leyes.

– Este asesino ha acabado con el imperio de la ley -dije-. No se puede dictar ninguna disposicion adecuada para la situacion que ha creado.

Christine se mostro de acuerdo. La observe estirar los brazos, con los dedos extendidos, echar la cabeza hacia atras.

– Me pregunto si, en este tipo de situacion, la gente tiende a unirse o a distanciarse aun mas.

Me puse de pie y atravese la sala hacia ella. Cuando me sente a su lado, Christine apoyo la cabeza en mi regazo.

Le acaricie la espalda y, por un momento, ella se quedo callada.

Entonces sono el telefono.

– No contestes -dijo Christine-. Esta es nuestra casa.

Continuo sonando, tuve la sensacion de que el volumen de los timbrazos iba en aumento.

– Por favor -insistio-. Dejalo.

Pero me puse de pie y fui a contestar. Vacile por un segundo, sintiendo la vibracion del auricular bajo mis dedos.

Luego lo levante.

Silencio.

– ?Quien es? -pregunte.

Pero lo adivine.

– Ha llegado la hora otra vez -dijo el asesino.

Y supe que nada habia cambiado.

9

– He leido su articulo, el de las reacciones de la gente -dijo-. Me ha gustado en particular la parte sobre la armeria. Me pregunto cuantas de esas personas se las ingeniaran para pegarse un tiro mientras intentan aprender a manejar su arma. Eso es algo que vi en la guerra; a veces, el miedo era tan fuerte que superaba la aversion natural al dolor autoinfligido. Sucedia en los campamentos, esos lugares polvorientos, calurosos y desagradables donde nos sentabamos a esperar la proxima incursion en la selva, que era un sitio aun peor. En los campamentos, el tiempo transcurria muy lentamente; uno siempre tenia la impresion de que tardaba el doble en hacer cualquier cosa, por el calor tan intenso. El sudor me chorreaba por los brazos.

»Como decia, en los campamentos reinaba una especie de quietud militar. Se oian los sonidos comunes:

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