– ?Por que iba a detenerse?

– ?Como dice? -inquirio la primera mujer.

– El quiere que tengamos miedo. Quiere que todo el mundo tenga pesadillas. Por eso hace lo que hace. Mientras usted y yo y todos en esta ciudad reaccionemos como personas normales, con temor y aprension, con… oh, maldicion, con miedo, usted me entiende. El cuenta con eso. -Se volvio hacia mi-. ?Y no hay mas que ver como lo ayudamos!

En el trayecto de regreso, en el coche, le pregunte que lo habia movido a cambiar de actitud.

– Creia que esto no era mas que una noticia para ti. ?Que ocurre?

– Me estoy volviendo cinico -respondio-. Mas de lo que jamas pense que podria llegar a ser.

– Eso fue lo que me llamo Nolan -dije-. Cinico.

– Tiene razon. Todos lo somos. Pero no tengo por que sentirme orgulloso.

– Te volveras loco -senale.

Aferro el volante con fuerza y viro a la derecha para adelantar a otro automovil, luego acelero y regreso al carril izquierdo. Circulabamos a toda velocidad por Biscayne Boulevard entre los edificios de oficinas, los arboles de las urbanizaciones exclusivas. Era una zona de contrastes: un centro financiero por el que iban y venian hombres atildados y mujeres con ropa de diseno daba paso a un conjunto de moteles con letreros que proclamaban que disponian de camas de agua y un circuito cerrado de television en el que emitian peliculas porno. Me fije en una prostituta que estaba en una esquina. Llevaba una peluca con un mono algo deshecho, cuyos rizos le caian como una cascada oscura sobre los hombros. Llevaba una blusa rosa con un escote por el que practicamente se le salian los pechos y pantalones cortos rojos que dejaban al descubierto parte de las nalgas. Se percato de que la miraban justo en el instante en que el semaforo cambiaba de color. Me sonrio y me hizo senas con el dedo para que me acercara. Sacudi la cabeza y ella fruncio los labios.

Porter piso el acelerador a fondo y dejamos atras el cruce rapidamente.

– Supongo que si -dijo-. A veces, los contrastes son demasiado fuertes para mi. -Vacilo y me miro de reojo-. ?Sabes que estaba haciendo antes de que vinieses a buscarme al cuarto oscuro para que te acompanase a Miami Beach? Estaba revelando mi encargo anterior. Eran fotos para la seccion de vida y estilo; creo que el articulo se titulaba «Moda para el calor veraniego». Las tome en un parque. Estaba alli con el redactor de la seccion, tres modelos y un par de relaciones publicas. Las muchachas llevaban puestos trajes de bano y pareos. Tratabamos de fotografiadas en poses provocativas pero que no resultaran ofensivas para los lectores de nuestro «periodico familiar». -Pronuncio las dos ultimas palabras con sarcasmo-. Mas tarde me rei al pensar el cuidado exquisito que puse en sacar fotos de buen gusto de aquellas chicas tan guapas para despues asistir a la escena mas repugnante que jamas haya visto. Y eso esta bien, es material de primera plana. Se que parece una hipocresia, pero fotografiar a esos pobres ancianos tendidos en el suelo me hizo sentir sucio. Me hizo sentir que el demente era yo, por enfocar sus cadaveres con mi camara y robarles la poca dignidad que les quedaba. A veces pienso que soy un parasito. Todos lo somos.

– Escucha -dije-, si quieres dejar esta noticia, puedo hablar con Nolan. El convencera al jefe de fotografia.

– No -contesto, en un tono repentinamente despreocupado-. ?Lo ves? Eso es lo mas absurdo de todo. No quiero dejarlo. No soportaria no enterarme de lo que pasa, no estar alli. -Se rio-. Todos nos estamos volviendo locos. Con una historia como esta, no se puede evitar. Nadie puede. ?Te has fijado en ese tipo que estaba comprando armas? Es probable que acabe tiroteandose con su esposa alguna noche, despues de una discusion y unas copas de mas. Al menos estaran bien armados. ?Dios mio! ?Crees que el asesino es consciente de todo esto?

– Si.

– Si -convino Porter-, seguro que si. -Luego anadio-: ?Lo ves? Nadie tiene el menor escrupulo.

Estaciono el coche con facilidad en el aparcamiento del Journal. Guardo su equipo y cerro el maletero de un golpe.

Detras del edificio se divisaban las aguas de la bahia. Pense en la sensacion de estar en un barco, navegando frente a Miami Beach por Goverment Cut, el canal donde juegan los grandes delfines y hienden la superficie con su lomo gris.

Les gusta saltar detras de los barcos de los pescadores deportivos que van en busca de peces grandes. Los delfines giran sobre si mismos y subitamente atraviesan la estela, se retuercen y caen ruidosamente: luego dan media vuelta y se lanzan otra vez a traves de la estela. A veces, las aguas parecen vivas cuando se agitan contra el azul del cielo matutino.

No habia vuelto a navegar desde finales de primavera, el fin de semana en que cayo Saigon, a miles de kilometros de aqui. Nolan estaba alli, y tambien otros colegas. Por la manana, topamos con una manada de delfines grandes, minutos despues de cruzar la aparente linea de demarcacion que se aprecia en el agua y que senala la corriente del Golfo. Estabamos sentados en las sillas de pesca, hablando de beisbol y de la guerra, bebiendo cerveza a pesar de que aun era temprano. El sol brillaba ya sobre nosotros y el aire salado parecia adherirse a mi piel, mezclandose con el sudor y el frio de la lata de cerveza. Los sedales estaban sujetos por dos profundizadores que emitian un sonido agudo al soltarse, un sonido que se elevaba por encima del constante ruido de los dos motores diesel que nos propulsaban a la velocidad adecuada para la pesca al currican.

El delfin habia venido y probado la carnada. Para cuando los sedales se tensaron, los peces habian iniciado su danza entre las olas. Eran hermosos: con su cabeza achatada y gruesa, su largo cuerpo azulplateado y verde nadaban justo por debajo de la superficie y saltaban proyectando en todas direcciones gotas de agua que destellaban al sol. Conseguimos subir esos dos a bordo y luego a tres mas, antes de perder el cardumen. Tenian buen tamano; pesaban entre seis y nueve kilos cada uno. Nos dimos palmaditas en la espalda, bebimos mas cerveza y reanudamos la conversacion en el punto en que la habiamos interrumpido. Mas tarde, pico el pez vela.

Nolan acababa de finalizar una perorata sobre la cobertura informativa de la caida de Saigon: era un discurso emotivo acerca de las imagenes impactantes de esos dias. Habiamos publicado en primera plana una foto de gente colgada de los patines de un helicoptero que despegaba de la azotea de la embajada estadounidense.

Una figura se aferraba con un solo brazo, pataleando como si intentara nadar en el aire, mientras pugnaba por agarrarse tambien con el otro brazo. Parecia obvio que el hombre caeria, pero el debia decidir en que momento soltarse, y se apreciaba que ese cuerpo que se retorcia en el aire estaba dominado por el panico. La fotografia habia molestado a la gente: el periodico habia recibido a lo largo de la mayor parte del dia llamadas de lectores molestos o enfurecidos, y solo unos pocos habian telefoneado para charlar.

Yo escuchaba la voz de Nolan, que se confundia con el ruido del motor, y observaba como el cebo rebotaba sobre la superficie, dejando atras una pequena estela, y en sus costados plateados relucia el sol. Era una imagen hipnotica, y comence a sentir que la cerveza se me subia a la cabeza. Al principio no me fije en la figura que seguia a la carnada: parecia una mancha oscura en el agua. Entonces vi emerger la larga espada y el capitan rompio a gritar: «?Miren, miren, maldita sea, un pez vela grande! ?En el profundizador derecho, en el derecho, muevanse!»

El sedal salto del profundizador y los gritos se intensificaron.

Comence a soltar hilo.

– ?Ya esta! ?No sueltes mas! -bramo el capitan-. ?Es hora de sacarlo del agua!

Accione el freno del carrete y puse el dedo en el sedal. Senti que el pez volvia a mordisquear la carnada: luego hubo una explosion de agua, y de pronto el pez salto desde el azul, recortado contra el cielo: su vientre brillaba.

– ?Buen pez! -exclamo el capitan.

Yo eche el cuerpo hacia atras con fuerza, para clavar el anzuelo. El pez vela continuaba saltando y retorciendose; el sol se reflejaba en el agua que le escurria por los costados.

Entonces, con la misma rapidez, se sumergio.

– ?Por donde se ha enganchado? -le pregunto el capitan al oficial de cubierta.

Este se volvio hacia el puente, protegiendose los ojos del sol con la mano.

– No veo la aleta dorsal -respondio con tristeza-. Creo que se ha enganchado por el vientre.

– Oh, maldicion -mascullo el capitan. Su voz habia perdido el entusiasmo y ahora reflejaba furia.

– Oh, no -dije-. Espero que no.

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