notas en la libreta-. ?Alguna vez ha disparado con una de esas?
Negue con la cabeza.
– Bien -dijo, sonriendo-, pues esta es su oportunidad.
Nos guio a un cobertizo contiguo. Alli habia una diana rodeada de sacos de arena y las paredes estaban insonorizadas. Abrio un baul.
– Tome esto -dijo, alargandome un par de protectores auditivos-. Y aqui esta el objeto de tanta atencion.
Entonces saco la automatica. Por un segundo, la luz fluorescente del lugar se reflejo en los costados del arma; luego la vi de frente, negra, amenazadora. Me la entrego y apoyo las manos en mis hombros para situarme frente al blanco. Era una silueta humana, como aquellas que utilizan los policias en sus practicas. La pistola me parecio extraordinariamente pesada y, por un momento, no estuve seguro de poder sostenerla. El armero me enseno la postura adecuada, que consistia en sujetar el arma con ambas manos. Ensaye una vez, apuntando con el canon corto. Entonces me parecio que mi campo visual se reducia hasta abarcar unicamente la diana. El comerciante me entrego el cargador con las balas y sonrio. Lo inserte en el arma y note que el peso de esta aumentaba; me produjo cierto placer oir el chasquido que emitio el cargador al encajar en la culata.
– Muy bien -dijo el hombre, junto a mi codo-. Dispare. Apriete con suavidad, ?entiende?
Afiance los pies en el suelo y dispare.
El estampido retumbo en la habitacion y percibi el olor a polvora. Era como si alguien me hubiese golpeado la mano con un martillo; los dedos me hormigueaban, como electrizados. Deje caer la mano que empunaba la pistola a un costado y me quite los protectores.
– No esta mal para un principiante -comento el armero.
Tomo la pistola y le quito el cargador. Volvio a guardarla en la caja y luego senalo el blanco.
– ?Que le parece?
Mi disparo le habia volado la parte superior de la cabeza a la figura. La contemple por un momento; luego di media vuelta y segui al hombre al interior de la tienda.
– ?Ve a que me refiero? -dijo-. Esa es un arma seria, no como esas pistolas para mujeres, una 25 automatica o alguna de esas armas baratas que se consiguen en cualquier parte. Una 45 solo sirve para una cosa: para matar a la gente con rapidez y eficiencia.
El hombre nos acompano casi hasta la puerta de la tienda. Se detuvo junto a la caja registradora para hablar con un hombre de traje que examinaba una pistola grande.
– Esa, senor, es el Cadillac de las armas -asevero-. Una Colt Python, de canon largo. Es lo maximo en precision y control, y su impacto es mas fuerte que el punetazo de un peso pesado. Casi todos los policias que se pasan por aqui compran esa pistola, en su version de canon corto. La equipan con cartuchos Magnum o con balas comunes del calibre 38 para las practicas. Supongo, senor, que esta pistola es para usted, ?verdad?
El hombre de negocios nego con la cabeza.
– No -respondio-. En realidad, buscaba algo para mi esposa.
El dueno lanzo una mirada fria al vendedor, que estaba tras la caja registradora.
– Entonces, senor, usted necesita algo que la dama pueda manejar. Supongo que ella no es particularmente corpulenta.
– Es verdad -dijo el hombre-, es mas bien menuda. Tiene miedo, y quiero comprarle algo que la haga sentirse mas tranquila. -El hombre de negocios se volvio hacia mi y hacia algunas de las demas personas que esperaban ser atendidas-. Creo que esta preocupada por estos asesinatos.
– Y no le falta razon -observo una mujer.
– Todos lo estamos -anadio un hombre con camisa de sport.
– Pero no es solo este asesino -dijo la misma mujer-. Hay demasiados delitos. Y la policia no parece capaz de hacer nada al respecto. Solo vienen y toman declaracion. Eso es lo que hicieron cuando alguien entro a robar en casa. -Me miro y reparo en que tomaba notas-. ?Es usted periodista?
– Asi es.
– Bueno, puede citarme, pero no quiero que publiquen mi nombre…
El hombre de negocios intervino otra vez en la conversacion.
– Lo que me preocupa es que cualquier sinverguenza que venga aqui en busca del sol y de la vida facil vea las noticias y decida aprovecharse de la situacion. Es decir, ?quien le impide hacer una de las suyas y luego cargarle el muerto a este asesino? La policia no sabra que diablos pensar.
Hubo un coro de asentimientos. El hombre de la camisa de sport nos enseno un 38 especial.
– Bueno -dijo-, quizas esto ayude a disuadirlo. Y pienso luchar porque eso no cambie. Recuerden que la Constitucion dice que todos tenemos derecho a adquirir y portar armas. Bueno, maldicion, no pienso dejar que cualquier loco asesine a mi familia sin plantarle cara.
Se oyeron mas expresiones de aprobacion. El dueno los interrumpio para recuperar la atencion del hombre de negocios.
– Si lo desea, senor, puedo mostrarle alguna automatica ligera.
El hombre se volvio de nuevo hacia el.
– Si, esta bien. Pero tambien me llevare esta Python. Y un poco de municion. ?Adonde puedo ir para practicar? No he disparado un tiro desde que cumpli el servicio militar.
– Bien, senor. -El dueno me miro-. Tenemos un campo de tiro, puede probarla alli. Si lo desea, le reservare hora en una galeria de tiro. Ahora bien -dijo, acercandose a la vitrina-, aqui hay algo para su esposa. -Era una nueve milimetros niquelada-. Pesa un poco mas que las que suelo recomendar -prosiguio el armero sin abandonar su tono sereno y servicial-. Pero, por otra parte, corren tiempos especiales. Quiza quiera compararla con esta.
Le tendio al hombre una automatica del calibre 25 con un acabado negro, pulido, brillante.
– Bien -dijo el hombre de negocios. Luego se volvio hacia a mujer que esperaba-. Tal vez usted pueda ayudarme: mi esposa es apenas un poco mas menuda que usted.
– Con gusto -respondio la mujer; dio un paso al frente y empuno las armas.
Supongo que las reacciones que vi en la tienda de armas eran predecibles. Tambien lo era la escena en el parque Morningside, cerca de los columpios donde jugaban los ninos. Sus voces parecian elevarse hasta el cielo, transportadas por la brisa que se colaba entre los grandes arboles de la bahia. Habia un grupo de mujeres sentadas en bancos cerca de los cajones de arena. Tenian un aire vigilante, receloso, expectante.
– Los ninos tienen que jugar -dijo una de ellas, sin quitar ojo a los chiquillos de los columpios-. Ellos no comprenden el peligro como nosotros. Y uno no puede mantenerlos encerrados en casa: eso solo les provocaria pesadillas. No se les puede explicar, porque esos crimenes son inexplicables, especialmente para un nino. Por eso… -Hizo una pausa y se volvio hacia las otras mujeres, que movian la cabeza en senal de asentimiento-. Por eso traemos aqui a los ninos para que jueguen como cualquier dia de verano, como si no ocurriera nada malo. Pero la realidad es otra, se respira en el ambiente.
Otra mujer se unio a nosotros, estirandose la manga de la camisa, con ansiedad.
– ?Que se puede hacer si una tiene hijos mayores? De once, doce anos o adolescentes. ?Como hacer que se queden en casa? ?Como protegerlos?
Se aparto de la sien un mechon de cabello entrecano y dirigio la mirada por un momento hacia el agua, mas alla de los troncos marrones de los arboles y de las sombras que estos proyectaban sobre el cesped.
– Estoy muy preocupada -prosiguio-. Les advierto a mis hijos que no deben ir solos a ninguna parte. Les digo que regresen antes del anochecer. Les digo que, si no las tienen todas consigo, llamen a casa o a los vecinos y, si ven algo sospechoso, telefoneen a la policia o pidan ayuda o hagan
– Es como una enfermedad -agrego la primera mujer-. Como… como si todos los males que han permanecido ocultos durante los ultimos anos de pronto se hubiesen desatado aqui. Nada menos que en Miami. Uno pensaria que estas cosas solo pasan en Washington, en Chicago o en Nueva York, o tal vez en San Francisco… pero Miami parece un lugar tan inocente… -Levanto la vista hacia el sol-. ?Como puede ser capaz un hombre de hacer algo asi? -pregunto-. Y ?cuantas veces lo repetira?
Porter alzo la mirada de sus camaras y lentes.
