– Ahora bien, lo importante es que la radio, el
Le hable de las paginas y mas paginas que habia llenado de citas.
– Bien -dijo Nolan-. No se las entregues. Deja que te interroguen, presta declaracion, haz lo que haga falta. Pero no te desprendas de esas notas por nada del mundo. ?Que te ha dicho el tipo?
– Que siente impulsos muy fuertes de matar y de hablar.
– Increible. Creo que ese sera el tema principal. ?Que mas?
– Me ha contado muchas cosas de su vida; anecdotas, en realidad. No se muy bien con que objeto. Despues ha descrito el asesinato de los ancianos.
– ?En detalles?
– Con pelos y senales.
– Dios mio -exclamo Nolan-. ?Que noticia!
Christine queria acompanarme a la jefatura de policia. Dijo que no soportaba la idea de quedarse sola, que tenia la sensacion de que, de alguna manera, el asesino rondaba cerca. Le dije que si venia se aburriria y que tenia que trabajar por la manana. Espere mientras ella se preparaba para irse a dormir; la observe quitarse la ropa y dejarla en el suelo. Pense en su desnudez y, por un instante, paso por mi mente la imagen de los ancianos. Luego, con la misma rapidez, la deseche y le cubri los senos con las manos, apartando la fina sabana bajo la que dormiamos. Ella cerro los ojos y se tendio de costado, vuelta hacia mi. Le acaricie el cuello; luego extendi el brazo y apague la luz.
– Ojala pudieras acostarte junto a mi -dijo-, aunque solo fuera para abrazarme. No se si podre dormir.
– No seas tonta -replique en la oscuridad.
Antes de irme echaria el cerrojo a la puerta. Ademas, regresaria por la manana. Examine a la luz mortecina que, se colaba desde la calle por la ventana los contornos de su cuerpo. Me pregunte por que no me sentia mas excitado; luego ahuyente este pensamiento. Sali del dormitorio, cerre la puerta y volvi a la sala. Mis ojos recorrieron la habitacion en busca de mis notas.
Esa noche, Martinez me aguardaba en el vestibulo del edificio de la jefatura. Llevaba un traje azul, sin corbata; la camisa abierta, dejaba al descubierto el vello de su pecho. Cuando entre, me sonrio.
– Una azafata -dijo.
– ?Que? -pregunte, mientras le estrechaba la mano.
– Rubia. De National Airlines. Unos veintitres anos. Estaba ensenandome a volar. -Sonrio de nuevo.
– Lo siento -dije.
Se encogio de hombros.
– El trabajo antes que el placer. De todos modos, jamas debi darle su numero a Wilson. Apuesto a que el le encanta eso de levantarse de la cama en mitad de la noche.
Subimos al ascensor con un par de agentes de uniforme. Me miraron por un momento y luego me dieron la espalda. Hablaban de una pelea en la que habian tenido que intervenir esa noche. Uno de ellos se quejaba de un desgarro muscular en la espalda; el otro no lo compadecia demasiado.
– Por aqui -me indico Martinez cuando las puertas se abrieron en la tercera planta.
Por un instante, las luces me cegaron y tuve que parpadear. El departamento de homicidios estaba en una oficina grande dividida en docenas de compartimentos mas pequenos mediante tabiques que no llegaban al techo. Dentro de cada uno, habia un par de escritorios orientados en direcciones opuestas, otras tantas sillas y telefonos. Los escritorios eran viejos, de metal gris, y tenian marcas de cigarrillos.
Los detectives, de pie en las puertas, nos miraban pasar por los pasillos. Sus trajes y corbatas de alguna manera resultaban incongruentes con el marco deprimente que los rodeaba. Vi a un hombre negro con las manos esposadas a la espalda sentado en uno de los reducidos despachos. Estaba recostado en la silla, oyendo hablar a un detective. Tenia una mueca de desden permanente en el rostro y, periodicamente, sacudia la cabeza. Me fije en las paredes. Eran verdes y reflejaban la luz fluorescente. En ellas habia colgadas fotografias de criminales y carteles de personas buscadas por la justicia, una lista de guardias y un gran letrero escrito a mano que decia: «Todos los agentes asignados al caso del Asesino de los Numeros deben presentarse a diario ante el sargento Wilson o el oficial de servicio.» Segui a Martinez por la oficina y me detuve para echar un vistazo a un escritorio.
Sobre el habia docenas de fotografias en color. Adverti que se trataba de imagenes del escenario de un crimen.
En ellas aparecia un cadaver cubierto de sangre, encogido dentro del maletero de un coche. Martinez se detuvo al verme. Entro en el despacho y tomo una de las fotografias.
– ?Alguna vez habias visto los destrozos que hace una pistola de calibre doce disparada a bocajarro? No es muy bonito, ?verdad? Esto es cosa del hampa. La noticia apenas llego a publicarse en la seccion local
Estudie la fotografia. El rostro ensangrentado de la victima estaba paralizado en una expresion de horror, con la boca abierta y los ojos en blanco. El disparo lo habia alcanzado en el pecho, que ahora estaba hecho un revoltijo de entranas y sangre. Cerre los ojos y devolvi la foto. Por un segundo me senti mareado.
– ?Habeis detenido al culpable? -pregunte.
– Solo es cuestion de tiempo. Tenemos a un sujeto en una celda que aun no se decide a hablar. El conducia el coche en el que los asesinos se dieron a la fuga. No creo que le atraiga mucho la idea de pagar por lo que hicieron ellos.
Seguimos caminando hacia el fondo entre el murmullo de voces y los timbrazos de los telefonos. Se oia una docena de conversaciones al mismo tiempo; el ruido parecia un telon de fondo para la actividad, como en la redaccion. Los detectives entraban y salian de la oficina: algunos llevaban hojas de papel, otros se ajustaban la pistolera. El ulular de sirenas penetraba desde el exterior a traves de la pared y se elevaba sobre el zumbido de los acondicionadores de aire.
Pasamos junto a un despacho que tenia la puerta cerrada, pero en ella habia una ventanilla. Martinez se asomo.
– Ah -dijo-, la hora de la confesion.
Eche una ojeada y vi a otro hombre negro. Estaba fumando un cigarrillo. Habia dos detectives con el; uno de ellos tomaba notas. En el rincon habia un taquigrafo. Sus dedos se movian sobre el teclado.
– Mato a su esposa -explico Martinez-. Ella habia estado tomandole el pelo. Se hallaban en casa, y el decidio demostrarle quien mandaba alli. La molio a golpes.
Seguimos caminando y vi a Wilson esperando a la entrada de una oficina.
– Gracias por venir -dijo-. ?Habias estado aqui antes?
– No.
– No es muy bonito, ?verdad?
Negue con la cabeza.
– Escucha, quiero que nos cuentes que te dijo el asesino, y despues, cuando el taquigrafo termine su trabajo en la otra sala, lo mandaremos llamar y podras contarlo de nuevo. A veces, la segunda vez se recuerdan mas cosas. ?Tomaste notas?
Vacile.
– Si. Pero las necesito para mi articulo.
Wilson clavo la vista en mi.
– ?Y una copia?
Me encogi de hombros.
– ?Por que no? Es lo mismo que si fuera una cinta. Me vino a la memoria lo que me habia dicho Christine. Yo tambien era un ciudadano. Y no le habia prometido al asesino que no cooperaria con la policia.
– Pero no olvideis nuestro pacto -senale-. Nada de filtraciones a otros periodicos. No quiero tener que atender llamadas telefonicas del resto de los medios antes de publicar la historia en mi propio periodico.
– De acuerdo -dijo Wilson-. Comprendo. -Parecia furioso-. Todo el mundo tiene que sacar tajada de esto.
