Wilson y Martinez tambien aguardaban en el aparcamiento de la jefatura de policia. El motor del coche patrulla estaba encendido y tenian el aire acondicionado a toda potencia. Esperaban que les hablaran por radio para darles una direccion.

– Ella no grito al ver la automatica. Se tapo la boca con la mano, como para ahogar un grito, pero conservo la calma. Le indique que subiera al coche con el bebe. Parecia aturdida, de modo que hube de repetirselo. Pero no tuve que tocarla, eso fue lo mas extrano. Enseguida comenzo a cooperar; levanto a la nina del cochecito y subio. Plegue el cochecito y lo puse en el asiento trasero, junto con las provisiones que llevaba. Sin soltar la automatica, y procurando que ella no la perdiese de vista, arranque.

De nuevo se quedo callado.

– ?Por que ella? -pregunte.

– Una madre y su bebe -dijo-. Yo queria una madre con su bebe.

Hizo otra larga pausa y yo cerre los ojos.

– Hay una fotografia muy famosa -prosiguio-, tomada al principio de la Segunda Guerra Mundial. En Hong Kong, creo. No, era en Shanghai. Cuando los japoneses bombardearon la ciudad. En el centro de la foto aparece un bebe, cubierto de polvo, con la boca abierta, llorando de miedo y llamando a su madre a gritos. Al fondo, lo unico que se ven son restos quemados, escombros; el cataclismo causado por las bombas. Recuerdo que, al ver esa fotografia, me pregunte donde estaria la madre. Y me pregunte que habria sido de la criatura. Supongo que ambos murieron. Supongo que los ninos siempre mueren.

»Esta mujer, la senora Kemp (?sabe que yo ni siquiera sabia su nombre?), no fue la primera madre que mate. Hubo otra, que tambien llevaba un bebe, con la misma actitud protectora y asustada. En Vietnam. Como ya le he dicho, se produjo un incidente, y ella desempeno un papel importante en el.

»Entonces tomo aliento, con una respiracion rapida y ronca.

En la central telefonica el detective maldecia para si. Eso estaba llevando mas tiempo que la prueba.

– ?Donde estamos? -grito a un tecnico que estaba sentado ante una hilera de pantallas llenas de los numeros electronicos que arrojaban los ordenadores.

– Cayo Vizcaino -respondio el tecnico-. Centrales siete sesenta y cinco.

Sus dedos introducian numeros en el teclado. De pronto, el se recosto en su silla y se volvio hacia el detective.

– ?Lo tengo! -exclamo-. Esta en el cayo.

El detective se volvio hacia el telefono y llamo a la jefatura.

– No hablamos -continuo el asesino-. Ella estaba demasiado alterada. Todo el tiempo preguntaba: «?Que piensa hacer con nosotros?» Creo que temia que la violase. Intente decirselo, pero no quiso escucharme. Finalmente, el sol se puso. Entonces la obligue a comer y le indique que alimentase a la criatura y le cambiara los panales. Yo habia construido el pequeno refugio para la nina, quien poco despues, se durmio. Pero la mujer paso la noche con los ojos clavados en mi. La luz de la luna le daba en la cara, que parecia inflamada de miedo. Despues de mucho tiempo, renuncie a intentar conversar con ella. Me daba igual. Tenia las manos atadas, no podia ir a ninguna parte. Le dije que intentara dormir y la hice apartarse de la nina, hasta el sitio donde ustedes la encontraron. Estaba inquieta, pero el panico deja exhausta a la mayoria de la gente, y finalmente, de madrugada, se durmio.

»Espere hasta estar seguro de que ella no sentiria nada. ?Sabe una cosa? El disparo ni siquiera desperto al bebe. Siguio durmiendo. Sin embargo, las aves levantaron el vuelo de repente, graznando y chillando. En su mayoria eran garcetas y gaviotas; vi sus plumas blancas. -No dijo nada por unos minutos-. Eso es todo -anadio al fin-. Estoy cansado.

– ?No se vaya! -exclame.

– ?Que? Volvere a llamarlo. Mas tarde.

– Quiero que nos veamos -dije-. Cara a cara.

Silencio. Oi que Christine reprimia un grito y susurraba: «?No!»

– No sea ridiculo -espeto el asesino.

Rio brevemente y colgo. Me volvi hacia Christine, pero ella ya estaba llorando, de espaldas a mi. Queria explicarle que esa era la unica oportunidad de atraparlo, pero no pude hallar las palabras, de modo que simplemente me sente frente a ella, sintiendo crecer la distancia entre nosotros.

En el sotano, el detective consulto su reloj. -?Mierda! -dijo-. Ocho minutos.

El automovil de Martinez y Wilson atravesaba rapidamente la oscuridad. Avanzaban por el centro de la ciudad, saltandose los semaforos en rojo. Martinez conducia; mas tarde me conto lo excitado que estaba. Pensaba que todo aquello tocaba a su fin. Mientras Wilson ponia a punto su revolver, casi sin advertir la brusquedad con que su colega doblaba las esquinas. El rugido del motor se intensifico despues de que pasaran por la cabina de peaje y tomasen la autopista. A ambos lados, la luna se reflejaba en las aguas de la bahia y mas alla las luces de los altos edificios de apartamentos que descollaban sobre la costa brillaban como faros. Martinez acelero a ciento veinte, luego a ciento cuarenta, y las ruedas chirriaron al pasar sobre el puente, dejando atras las playas desiertas. En la central telefonica, el detective se enjugo el sudor del rostro.

– Ha colgado -dijo-. ?Donde estaba?

El tecnico, inclinado sobre la pantalla, observaba la ultima criba que realizaba el ordenador. Lanzo una pequena exclamacion de alborozo y apreto el puno.

– ?Lo tengo! -grito. Marco los numeros en el teclado, miro la pantalla que centelleaba y luego introdujo una direccion-. ?La cabina telefonica de la caseta de informacion turistica!

El detective grito la direccion al auricular y luego se dejo caer sobre la silla.

– Lo tienen -dijo.

La voz de la radio sonaba debil, incorporea. Les comunico la direccion a los dos detectives y luego emitio una llamada a todas las unidades del cayo. Martinez solto una palabrota e hizo dar al vehiculo un giro de trescientos sesenta grados: las ruedas chirriaron y el volante vibro bajo sus manos.

– ?Maldicion! -dijo Wilson-. Nos hemos pasado. Los detectives enfilaron el camino de regreso a la carretera, en sentido contrario por la calzada de cuatro carriles.

La caseta de informacion turistica es una construccion pequena con una ventanilla. Solo esta abierta durante la temporada de invierno. Detras de ella, hay un telefono publico, a unos treinta metros de la calle, rodeado de palmeras y helechos. Es un lugar solitario.

Para entonces, el sonido de las sirenas inundaba toda la zona. Los dos detectives llegaron primero: su automovil patino y se inclino a un lado bajo la presion de los frenos. Segun me conto Martinez, ya habia sacado su arma mientras bajaba y se agazapaba en la oscuridad. Wilson corrio con la pistola en la mano hacia la cabina. Estaba vacia.

– ?Maldicion, el puente! -grito Wilson.

Corrio al automovil, tomo la radio y ordeno al operador que mandase cortar el trafico del puente y no dejase salir los vehiculos que circulaban por el. Habia ya media docena de coches de policia frente a la cabina: sus luces proyectaban sombras sobre los helechos y las palmeras, despidiendo destellos rojos y azules en la oscuridad.

Los agentes regresaron a sus coches y se dirigieron hacia el puente, situado a casi cinco kilometros de alli. Martinez avisto la barrera al salir de debajo de los arboles, a la tenue luz de la luna. Habia cuatro automoviles detenidos, esperando. El y Wilson bajaron del coche patrulla, empunando sus armas, y comenzaron a recorrer la fila lentamente, escudrinando en la penumbra a las personas que ocupaban los vehiculos.

En el primero, una camioneta, habia una familia: un hombre, una mujer y dos ninos dormidos en el asiento trasero, cubiertos con una manta. El hombre bajo la ventanilla.

– ?Que sucede? -pregunto-. Venimos de visitar a unos amigos.

Pero ninguno de los dos detectives le respondio. Siguieron caminando hacia el frente: Martinez del lado del conductor y Wilson del lado del acompanante.

En el siguiente automovil, un Volkswagen, habia dos jovenes. Se quedaron mirando las pistolas de los policias en silencio, asustados. Martinez oyo detras de si el sonido de portezuelas que se abrian y se cerraban mientras los demas agentes hacian bajar a la gente. Era vagamente consciente de la presencia de Wilson, que avanzaba al mismo ritmo, como si marcara el paso con el.

En el tercer automovil habia una pareja de personas mayores; los detectives pasaron de largo. La mujer ahogo una exclamacion al ver las armas. Mas tarde, Martinez me dijo que el flujo de la sangre en sus oidos, constante, palpitante, le recordaba el rumor de las olas. Sentia calor bajo el cuello de la camisa; era un momento

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