– No hay mucho que ver -dijo-. Al mirarla no se percibe nada especial. Su aspecto es igual que el de los demas ninos, llora como ellos, se mueve como ellos. Me pregunto en que sera diferente. -Hizo una pausa y luego me pregunto, mientras caminabamos hacia el ascensor-: ?Por que? Es decir, ?que razon podria haber?
Sacudi la cabeza.
– La rabia, supongo. La vulnerabilidad. La crueldad. Yo tampoco lo se.
Era una mujer joven; tenia el cabello negro recogido bajo su cofia de enfermera, lo cual no la favorecia. Se despidio de mi con una sonrisa, y la puerta del ascensor se cerro con un sonido metalico.
Pense en lo que yo mismo habia dicho. Era absurdo buscarle una logica a los asesinatos. Pertenecian a un plano diferente, a otro tiempo; pero no tenian sentido, y eso era lo principal. Eran brutales, eso era lo principal. Eran inconcebibles, eso era lo principal.
Tambien me pregunte por que era incapaz de odiar al asesino, a diferencia de tantas personas a quienes habia visto y entrevistado, cuyas palabras habian llegado a traves de mis dedos a las columnas del periodico.
Por la tarde, Porter paso por mi escritorio. Con una mano sostenia el cuerpo de una camara mientras con la otra le acoplaba una serie de lentes que llevaba en una correa colgada de su cuello. Cuando termino, levanto la camara y miro la redaccion a traves de ella.
– ?Sabes que hice anoche? -pregunto, y sin esperar mi respuesta agrego-: Fui al escenario de lo que los policias llaman «un caso de violencia domestica». Fue en Carol City, en el barrio de clase trabajadora; ya sabes, la mayoria de la gente que vive ahi son negros que cada semana traen a casa un cheque por trabajar como basureros. Cuando llegue alli, habria cuatro o cinco coches de la policia aparcados en el patio delantero y en la calle.
»Parece ser que un tipo paso por el salon de billar despues del trabajo y perdio una buena parte de su paga. Tenia que pagar el alquiler a fin de mes y las facturas de los servicios publicos, debia dinero a la tienda de comestibles, ya no tenia credito en el supermercado, ese tipo de cosas. Entonces, como era de esperarse, el hombre y su esposa comenzaron a gritarse, lo suficiente para que los vecinos lo oyeran casi todo. En cierto momento, la mujer le arreo una bofetada. A el eso no le hizo mucha gracia, asi que le devolvio el golpe, justo en la boca. Y le gusto, ?sabes?, asi que decidio seguir golpeandola. Ella comenzo a retroceder hasta que se encontro arrinconada contra el fregadero de la cocina.
»El tipo se estaba poniendo muy violento, estaba a punto de pegarle una buena paliza. Entonces ella agarro lo primero que encontro, que resulto ser un enorme cuchillo de cocina, y le lanzo un golpe con el. Le dio en el cuello y le secciono la yugular. El se desplomo a sus pies.
»Ella se quedo alli, llorando y gritando, hasta que los vecinos llamaron a la policia. El tipo se debe de haber desangrado en un par de segundos. Bueno, la policia llego, saco fotos, le tomo declaracion alli mismo y la acuso de homicidio. Se la llevaron al centro de detencion femenino. Tome una buena foto de la policia llevandosela de la casa: en la imagen ella tiene una expresion confundida y angustiada. Cuando la subieron al coche patrulla, ella pidio ayuda. ?Sabes a quien llamo? A su marido, el hombre que acababa de matar.
Me miro desde el otro lado del escritorio, se levanto un faldon de la camisa, limpio una de las lentes con el y luego miro a traves de ella. Al cabo de un instante, prosiguio:
– Le pregunte a uno de los policias cuantos homicidios habian cometido ultimamente, sin contar los de nuestro muchacho, claro esta. Me miro y dijo: «Bueno, los de costumbre. Por lo general matan a alguien cada noche.» Entonces se me ocurrio algo: no habria diferencia. Ninguna diferencia en absoluto. No hace falta que atrapen al asesino.
Se quedo callado.
– No te sigo -dije.
– Supon -explico- que ignorasemos al asesino, que lo dejaramos continuar con lo que esta haciendo. Eso no cambiaria el promedio anual. Es decir, se cometera la misma cantidad de asesinatos en la ciudad, haga lo que haga el asesino. En realidad, el no es mas que otra estadistica. Otro acto de furia entre otros cientos. El marido de esa mujer esta tan muerto como cualquiera de las victimas del asesino. Tambien lo estaba el tipo que mataron la noche anterior, y lo estara aquel al que maten esta noche. El no es distinto de los demas: solo mas consciente de sus actos. -Porter se enderezo y solto una risotada-. ?Te das cuenta de lo cinicos que nos volvemos?
Pero yo no participe de su humor.
Sin embargo, su historia me dio una idea. Esa noche acudi con un equipo del departamento de homicidios al escenario de otro crimen: un homicidio en un bar del gueto del centro. El muerto estaba tendido boca arriba con una navaja clavada en el pecho. Las luces intermitentes de un anuncio de cerveza que habia en la ventana se reflejaban en la sangre que manchaba el suelo del bar. Al fondo, se oian los golpes de un taco contra las bolas: dos parroquianos jugaban al billar, ajenos al espectaculo macabro pero comun que se desarrollaba ante ellos.
En otro rincon, una prostituta observaba con expresion de rabia contenida a los detectives y al forense que trabajaban rapida y eficientemente junto al cadaver. El sospechoso ya estaba esposado en el asiento trasero de un coche patrulla, mirando por la ventanilla a la multitud de curiosos que se habia congregado alrededor.
Escribi todo eso y enumere los asesinatos perpetrados en la ciudad desde el primero de los crimenes del asesino. El articulo aparecio en primera plana bajo el titulo:
LOS HOMICIDIOS «CORRIENTES» CONTINUAN.
Como era un dia de pocas noticias, me concedieron mucho espacio.
Me encontre con Porter despues de la publicacion del articulo. Me sonrio desde el otro extremo de la oficina e hizo el gesto universal con el pulgar levantado. El jefe de redaccion me envio una nota por el correo interno; decia: «Buen articulo. Ayuda a ver las cosas con la debida perspectiva.»
Sin embargo, me pregunte algo: si hubiese sido el asesino quien entro en ese bar y hubiese matado al hombre con su 45, ?el juego de billar se habria interrumpido?
Porter encontro la fotografia que habia descrito el asesino. Pase una tarde sentado a mi escritorio, mirandola, dejando volar mi imaginacion, oyendo en mi mente las explosiones de las bombas. Tambien pense en mi padre. Me pregunte cuantos ninos habrian llorado despues de cada uno de sus ataques. Imagine a mi padre encorvado sobre los mandos del B-52, contemplando a traves de la mira de bombardeo… ?que? ?Una ciudad? ?Un ferrocarril? ?Una fabrica? Para el serian formas sin sustancia, como dibujos en una hoja de papel. El leeria las coordenadas de un plan de ataque, ajustaria la mira en el morro del avion y, en el momento justo o lo mas aproximado posible, soltaria la carga. Cerca del avion estallarian los proyectiles antiaereos y este saldria propulsado a mayor velocidad, mas ligero despues de soltar las bombas, alejandose de la furia y del humo, hacia el cielo y las nubes.
Casi todas sus misiones arrancaban del norte de Africa; mi padre despegaba de una pista de tierra entre colinas polvorientas y atravesaba el Mediterraneo hacia Italia y Sicilia. Imagine que sentiria alli suspendido entre el azul del mar y el azul infinito del cielo. Supuse tambien que habria vivido momentos de terror, cuando parecia que la tierra se acercaba a el vertiginosamente y el aire se estremecia con las explosiones. El nunca hablaba mucho de la guerra en si. En cambio, hablaba del regreso, las celebraciones y los desfiles, la exaltacion de la victoria antes del retorno a la rutina. Segun me conto, fue una epoca embriagadora, de euforia y ligereza de espiritu. Lo maravillaba el simple hecho de estar intacto, de que todos sus organos y sus extremidades funcionasen correctamente. Casi sentia la sangre correrle por las venas. Entonces le hizo una visita su hermano, que aun estaba hospitalizado, recuperandose de la perdida de su ojo.
Sentado en mi escritorio, levante una mano y me tape con ella el ojo derecho. Pasee la vista por el hervidero de actividad de la redaccion. Tuve que volver la cabeza para verlo todo: reporteros trabajando al telefono, redactores frente a los terminales de ordenador. Imagine a mi tio volviendo la cabeza al oir que se abria la puerta de su cuarto de hospital.
Por un instante, el bullicio de los telefonos y las voces se desvanecio e intente representarme en la mente a los dos hombres, frente a frente. ?Que se dijeron? Uno, intacto; el otro, mutilado. Sus vidas discurrian por caminos diferentes.
Cuando yo era nino, el mediano de los tres hermanos, mi padre dirimia nuestras disputas con un simulacro de juicio. Cada uno de nosotros tenia unos minutos para explicar su punto de vista. Mi hermano hablaba con rapidez y entusiasmo; exponia hechos, impresiones y deseos de forma lineal. De su boca salia un torrente de palabras rapidas y persuasivas. Mi hermana hablaba entrecortadamente, vacilaba; el llanto le quebraba la voz y,
