de vida, dificil de aprehender, dificil de conservar. Pero nos encanta.
Nos estrechamos la mano en senal de complicidad.
A la manana siguiente recibi la carta.
Estaba escrita a maquina, sin orden ni concierto, y con una cinta muy gastada, de modo que las palabras apenas habian quedado marcadas en la unica hoja de papel. Examine el sobre barato antes de abrirlo. Habia llegado con el correo matutino, junto con los comunicados de prensa y las declaraciones politicas. No llevaba remite: solo mi nombre, la direccion del
He seguido con mucho interes sus articulos relacionados con la reciente ola de asesinatos que se han cometido en Miami.
Pero solo despues del ultimo homicidio adverti que la pauta que el asesino dice seguir reproduce un incidente que presencie mientras servia en el ejercito de Estados Unidos en Vietnam. El asesinato de la madre y el abandono de la nina me convencieron de que yo fui testigo de los hechos que el asesino intenta recrear.
Estoy dispuesto a hablar solo con usted. Nada de policias, nada de camaras, nadie mas. Si veo alguna otra persona, lo negare todo.
Estare en mi apartamento del numero 671 de la Avenida 13 Noroeste a la una de la tarde en la fecha en que usted reciba esta carta. Apartamento numero cinco.
La carta no estaba firmada.
Conduje mi automovil por el gueto centrico: un conjunto de casas decrepitas de madera y edificios de apartamentos de dos pisos construidos con bloques de hormigon. En las aceras habia una mezcla de indigentes y miembros de la clase mas baja: hombres negros cansados, con el rostro surcado de arrugas que semejaban cicatrices de la edad; vagabundos y personas sin ocupacion fija; habitantes de Miami, con el pelo entrecano por el tiempo y ropa andrajosa. Se recostaban contra las fachadas blancas de los edificios, con la mirada perdida. El sol se filtraba a traves del calor del dia; el cielo tenia el mismo tono celeste, intenso y vivo, que sobre los yates lujosos y las lanchas que atravesaban la bahia. Era un mundo desolado banado en una luz implacable. Al pasar, note que los ojos se posaban en mi. Se oia a lo lejos el ruido profundo y amortiguado del trabajo en una obra en construccion, mezclado con el bullicio de los ninos que correteaban esquivando a los marginados y los sonidos de las partidas de domino que se jugaban sobre la acera. Habia un letrero junto a la puerta del edificio que yo buscaba: «Habitaciones amuebladas.» Se trataba de un tipico edificio centrico, pero estaba pintado de un rojo palido, en contraste con el blanco de las demas viviendas. Tenia tres pisos, por lo que descollaba ligeramente sobre los otros edificios de la manzana. Una escalera externa, de acero negro, empinada, conducia a los pisos superiores. Habia dos apartamentos por piso y un pequeno patio cruzado por tendederos, donde algunas sabanas y camisas ondeaban con la suave brisa.
Me detuve al pie de la escalera dudando, contuve el aliento, acalorado, intentando no dejarme intimidar por las miradas de los vecinos que se habian asomado a la calle para observarme. Supongo que pensaron que era un cobrador o un detective. Ninguno de ellos dijo palabra. Subi la escalera lentamente.
Encontre el apartamento cinco al final de la escalera. No habia ninguna placa ni un buzon con el nombre del inquilino, solo un numero pintado sobre una vieja puerta de madera. La puerta mostraba senales de maltrato: una profunda muesca junto a la cerradura, tal vez como resultado de un robo frustrado. Llame una vez y luego cuatro veces mas. Los golpes reverberaron en el aire caliente que me rodeaba.
La puerta se entreabrio. No alcance a ver el interior, pero senti que los ojos del inquilino me recorrian de arriba abajo, examinandome. Una voz apagada pregunto: «?Viene solo?», y respondi que si.
Tarde un momento en poder de inspeccionar el lugar: el paso de la luz a la oscuridad me habia cegado. Parpadee deprisa, tratando de acelerar la dilatacion de las pupilas.
– Me alegra que este aqui -dijo la persona-. No estoy seguro de lo que habria hecho si usted no hubiese venido.
Baje la vista y vi que la voz provenia de un hombre en una silla de ruedas. Asenti con la cabeza; el hizo girar la silla y luego se dirigio al interior del apartamento. La tenue luz que se colaba por una ventanita arrojaba sombras en la habitacion y arrancaba destellos a los rayos de las ruedas y el acero pulido del armazon.
– Venga -me indico, senalando con una mano un asiento junto a la mesa de la cocina.
Habia pocos muebles en el apartamento: un sofa deformado, una mesa forrada de plastico junto a unos hornillos y una pequena nevera, algunas sillas dispersas. Sobre todas las superficies planas habia ceniceros con colillas. Vi algunas revistas (
Llevaba grandes gafas de aviador con los cristales amarillos: sus mechones rubios, apartados de la frente, le caian sobre las orejas. Tenia una barba de varios dias, que parecia mas oscura por contraste con el amarillo de las gafas. Sus brazos eran largos y musculosos. Iba vestido con una camiseta gris y pantalones vaqueros, pero tenia las piernas tapadas con una sabana blanca. Un costado de su cara parecia hinchado; al percatarse de que lo miraba, dijo:
– No se preocupe. Es solo un absceso en una muela. Manana ire al hospital de veteranos para que me la saquen. Alli me atienden bastante bien.
Sus ojos se volvieron hacia la grabadora.
– ?Va a usar esa cosa?
Costaba entender sus palabras, debido a la hinchazon.
– Si me lo permite -respondi.
Se encogio de hombros.
– Diablos, ?por que no?
Guardo silencio. Al cabo de un momento, prosiguio:
– ?Sabe? He pasado tanto tiempo preguntandome si usted apareceria por aqui, que ahora no se que decir.
– ?Por que no comenzamos por su nombre? -sugeri, mientras pulsaba la tecla de grabacion.
– No estoy seguro de que deba decirselo -repuso-. Tiene que prometerme que no lo usara.
– ?Por que?
– Porque conozco a ese tipo, el asesino, y se que no dudaria un instante en venir a acabar conmigo. -Se rio-. Ya estoy bastante acabado -dijo, senalando sus piernas-. Tengo que tratar de conservar lo poco que me queda.
Reflexione un momento. ?Por que no? Primero conseguiria la historia, luego el nombre.
– Esta bien. Le garantizo el anonimato, pero se que la policia querra hablar con usted.
– Dejeme pensarlo -dijo-. Primero le contare lo que se.
Titubeo de nuevo.
– Supongo que no sacare un centavo de esto; ?para los gastos, tal vez?
Negue con la cabeza.
– Me lo imaginaba. Pero habia que intentarlo, ?sabe? La pension que recibo del Tio Sam no da para mucho. Este no es un lugar muy bonito donde vivir.
Volvi a asentir.
– ?Que le ocurrio? -pregunte-. Es decir, si no le importa.
Sacudio la cabeza energicamente.
– Ya no me molesta mucho.
Se llevo la mano a la cara y se froto el menton. Oi el sonido del roce de los dedos con la barba. Entonces hablo, al principio en un tono enfatico, dirigido a la grabadora.
– Me llamo Mike Hilson. Fui soldado del ejercito de Estados Unidos. Me hirio un fragmento de metralla cuando nos bombardeaban con morteros en enero de 1971, cerca de un pueblucho del que ni siquiera recuerdo el nombre. En la peninsula de Batangan. Un autentico estercolero. ?Sabe que es lo peor? Que ya me quedaba poco tiempo alli. Habia pasado nueve meses en el interior del pais y casi estaba a punto de largarme, conseguir que me trasladasen del peloton de combate a Saigon, o a Da Nang, o a algun otro lugar para trabajar como archivador
