durante un tiempo, con un horario regular. Bueno, el caso es que esa noche empezaron a llover proyectiles de mortero, y me desperte y oi gritos de «?Nos atacan! ?Nos atacan!» y las explosiones. Todo el mundo corria buscando refugio. Menos yo.
»Estaba ahi tendido boca abajo, preguntandome por que no podia moverme y a que demonios se debia el entumecimiento de mi espalda. Entonces todo empezo a dar vueltas y me senti mareado, como cuando uno ha bebido demasiado y esta en el ultimo segundo antes de perder el conocimiento. Y eso fue lo que ocurrio. En el hospital de la base me extrajeron un trozo de metal y despues me enviaron de vuelta a casa, a Estados Unidos. El unico problema era que ya no podia usar las piernas. Tampoco podia tener una ereccion. Estuve unos tres anos en el hospital de veteranos y despues me echaron a la calle. -Paseo la mirada vidriosa por la habitacion, las paredes desnudas y agrietadas, los muebles gastados.
– No parece un hogar, ?verdad? Pues le dire que es una vista mucho mas agradable que el pabellon de paraliticos. Hay una enfermera que viene por las tardes a echarme una mano. Me las apano, ?sabe?; el hospital no esta muy lejos. Voy alli mas o menos dia si dia no. Salgo a comprar la comida, todo eso. -Hizo un amplio gesto con la mano…
– ?Es usted de por aqui?
– Mis padres lo eran. Murieron hace un ano en un accidente de trafico, en el norte. Los dos pasaron a mejor vida. Tengo una hermana, vive en Orlando. Eso es todo.
– Bueno -dije-. Hableme del asesino.
Rio.
– No conozco su verdadero nombre. Eso era bastante comun en la guerra. Todo el mundo tenia un apodo. A mi me llamaban Brillantina porque me peinaba como en el instituto. En el peloton a todos nos llamaban por un sobrenombre distinto. Era casi como si no quisieramos ensuciar nuestro nombre autentico matando en la guerra.
Bajo la mano y tamborileo sobre la rueda de la silla. Comenzo a hablar de la guerra, del peloton. Cuando se entusiasmaba, golpeteaba la silla con los dedos para recalcar sus recuerdos. A veces se recostaba en la silla, levantaba las ruedas delanteras y las hacia girar bajo sus piernas mientras ordenaba sus ideas.
– Habia un negro de Arkansas al que llamabamos Negrote y otro chico del Bronx, de Nueva York, al que llamabamos Calles. Un tipo, reclutado en alguna facultad de postin de Boston, era Universitario. ?Entiende a que me refiero? En el ejercito nos obligaban a prendernos esas plaquitas de identificacion en la camisa, aun cuando llevabamos uniforme de faena. Hilson, decia la mia. Creo que nadie, excepto algunos de los oficiales, me llamo jamas por ese nombre. Y si algun tipo no me conocia lo suficiente para llamarme Brillantina, me gritaba alguna palabrota, y eso daba el mismo resultado. -Extrajo un cigarrillo de un paquete abierto que tenia frente a si y lo encendio-. Usted tiene que entender que en 1970 ese era un lugar muy extrano. Yo todavia no logro comprenderlo del todo, y eso que lo que hago la mayor parte del tiempo es pensar en ello. Se lo debo al ejercito. -Senalo la silla-. Y tanto que si.
Solto el humo formando anillos que se elevaron hacia el techo del apartamento.
– ?Estuvo usted alli? -pregunto.
Mi mente se lleno de imagenes de esos anos: el instituto, la universidad. Me asalto un recuerdo fugaz de la conversacion con mi padre. Huir o no huir, esa habia sido la cuestion. Recorde la carta de reclutamiento en la que se me emplazaba a presentarme para un examen fisico. Me habian vuelto a declarar disponible para el servicio militar. Mi padre se habia puesto furioso y me habia echado la bronca con el rostro enrojecido. Yo no habia rellenado en su momento la solicitud de que renovasen mi prorroga por estudios. «Mierda -habia exclamado mi padre-. ?Como es posible?» Yo no le respondi. No me habia olvidado. Habia recordado los formularios: todo lo que tenia que hacer era escribir mi nombre, mi numero de clasificacion, el numero de creditos que habia obtenido en la universidad y mi direccion. Luego debia depositarlos en el buzon de la secretaria: ellos se encargaban del resto. Pero los formularios habian permanecido sobre mi escritorio durante meses. De vez en cuando, los contemplaba extranado, preguntandome por que no queria rellenados. Era como desafiar al mundo real, el que existia fuera de la universidad: «Venid a buscarme.» Y lo intentaron.
Sin embargo, solucione el asunto con bastante facilidad. El servicio de asesoramiento local sobre reclutamiento, que tenia oficinas en la universidad, me saco del aprieto. Fui aplazando mi reconocimiento medico durante el semestre critico y, cuando me llego el turno de presentarme, deje pasar la fecha. Al final, renovaron mi prorroga. Fue asi de simple.
Sentado en ese pequeno apartamento, pense en todos los aspectos en que la guerra habia afectado a mi vida. Todos los dias leia las ultimas noticias: miraba las fotografias en blanco y negro de los hombres sin rostro, con cascos y uniformes que avanzaban por aquel extrano pais. Yo participaba en marchas, repartia panfletos, coreaba consignas en docenas de manifestaciones, saludaba con el puno en alto a cientos de oradores diferentes. Pero en realidad no sabia lo que hacia.
En mi ultimo ano de la universidad, el ocupante del cuarto contiguo en la residencia de estudiantes era un veterano de la guerra: un hombre alto de cabello negro y rebelde que le caia en grandes rizos sobre las orejas y el cuello. Cojeaba al caminar y usaba baston, como recuerdo de una herida en el pie. En la pared de su habitacion tenia una foto de si mismo, tomada por un fotografo de la revista
Mi vecino no participaba en manifestaciones: tampoco asistia a las reuniones ni a los discursos. Rehusaba hablar de la guerra y daba con la puerta en las narices a los activistas de la universidad que acudian a pedirle su apoyo. «No lo entendeis», decia, y luego cerraba la puerta. Una vez le pregunte por que, pero el simplemente sacudio la cabeza.
Una manana, poco despues de la graduacion, vi su fotografia en el periodico. Un grupo de veteranos habia organizado una marcha hacia el Congreso; aquellos soldados con sus viejos trajes de faena habian avanzado en una fila desigual, desacompasados, por las calles que conducian al Capitolio. Iban a devolver sus medallas. La fotografia, transmitida por Associated Press, mostraba a mi vecino de pie junto a una cerca, arrojando su condecoracion a los escalones del Congreso. El pie de imagen decia que devolvia una Estrella de Plata, la segunda medalla mas importante que otorga la nacion en reconocimiento del valor. Me pregunte que habria hecho el para merecer ese honor. Era como si los veteranos llevasen dos vidas: la del hogar, la normalidad, las hamburguesas con queso y los automoviles veloces; y, por otro lado, la de la guerra. Nunca volvi a ver a mi vecino, pero lei en la revista de ex alumnos de la universidad que se habia graduado en medicina.
– No -respondi-. Me libre.
– Estudiante, ?eh? Apuesto a que consiguio una prorroga -dijo el hombre de la silla de ruedas.
– Asi es.
Solto una risa que degenero en tos, y me miro.
– Ah, deberia haber estado alli. Quiero decir, fue algo realmente increible.
– Lo se.
Nego con la cabeza.
– No. No, no lo sabe. Tendria que haber estado alli. Ese es el problema. Nadie lo comprende a menos que haya estado alli.
– Cuentemelo -le pedi.
La frase de la que vivo.
El hombre volvio a toser.
– Esta bien -dijo-. Pongase comodo y relajese. Tengo una buena historia de guerra para usted.
Oi voces procedentes del pasillo, pasos sobre el cemento del rellano. El hombre de la silla de ruedas se volvio rapidamente en aquella direccion; sus manos se aferraron a los brazos de la silla con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Una voz grito: «?Que te den, tio!», y se oyeron pisadas que se alejaban corriendo. El hombre se relajo, visiblemente aliviado. Aliso la sabana que cubria sus piernas.
– A veces los ninos del vecindario tratan de entrar. Cabrones. Deberia conseguir una pistola y matar a uno o dos. Tal vez asi me dejarian en paz. Tal vez este no sea el mejor barrio de la ciudad, pero para mi esta bien.
Siguio con la vista el movimiento de mi boligrafo sobre el papel y luego miro hacia la grabadora.
– Bien -dijo-, como le decia, todos nos conociamos por apodos, y el tipo que pienso que esta cometiendo esos
