– Muy bien -dijo finalmente-, lo incluire todo. Sera un batiburrillo, pero es lo mejor que podemos hacer. Te vere por la manana. Y cuando llegues a casa, desconecta el telefono.

Antes de que yo colgara, anadio:

– Ah, el articulo aparecera con tu firma, como siempre.

Menee la cabeza, pero me quede callado. No podia resignarme a decir que no queria figurar como el autor, que deseaba perder todo contacto con el caso y con el asesino. No lo dije porque no podia. No habria sido verdad.

Aquella noche, el dibujante de la policia termino por fin su bosquejo. Los dos detectives estaban sentados a un lado mientras Christine y yo hablabamos con el artista que realizaba el retrato robot del asesino. Christine negaba con la cabeza y decia: «No era exactamente asi», pero cuando los pomulos, las cejas y el menton cobraron forma en el papel, me parecio que la semejanza era cada vez mayor. El dibujante agrego unas grandes gafas de aviador, lo que acentuo el parecido. Christine se encogio de hombros.

– En realidad no lo vi bien. No podria asegurarlo.

Martinez me miro. Yo asenti.

– Es un comienzo -dijo el detective.

Wilson contemplo el retrato robot por un momento antes de cerrar el puno y agitarlo ante los ojos inexpresivos que lo miraban desde el papel.

Bien entrada la noche, lleve una copia del retrato a la oficina. Nolan ya se habia marchado, pero el redactor jefe nocturno estaba alli. Poso la vista en Christine por un instante, estudiandola y admirandola al mismo tiempo; luego tomo el bosquejo y se dirigio a la mesa de redaccion. Quitaron una fotografia de la ultima edicion y colocaron el retrato junto a la noticia con la leyenda: «?HA VISTO USTED A ESTE HOMBRE?» En la redaccion habia un ejemplar de la edicion anterior y vi en el mi nombre debajo de otro titular, pero los ojos se me nublaron al leer las palabras. Ya no eran mias.

Volvimos a casa en silencio. A esa hora, ya no habia gente en las calles, excepto algunos de los marginados de Miami: personas sin ocupacion fija, ancianos, jovenes, algunos en autobuses, otros haciendo autostop, otros que simplemente vagaban por ahi. Muchos vivian bajo las vias de acceso a la autopista; construian chabolas con cajas de carton y recogian objetos de la basura. Hombres mayores cubiertos de llagas deambulaban en silencio por la oscuridad, buscando, en general, su proximo trago y su proxima borrachera. Se relacionaban a menudo con los jovenes, los fugitivos que iban hacia el sur por la Interestatal 95, la amplia carretera que llegaba hasta el centro de Miami, desde Maine.

Por las noches, los dos grupos salian a la calle. Nos paramos frente a un semaforo y vimos a un par de adolescentes que le tomaban el pelo a un anciano. Le habian quitado una gorra de beisbol de la cabeza y se la arrojaban el uno al otro; el viejo se retorcia y daba vueltas tratando de recuperarla.

– ?Por que hacen eso? -pregunto Christine.

No supe que responderle. Mientras los observabamos, el viejo finalmente trastabillo y cayo al suelo. Se quedo tendido, jadeando por el esfuerzo y tal vez debido a un enfisema. Los dos jovenes lo miraron por un momento y luego le tiraron la gorra. El viejo no intento agarrarla y permanecio tumbado.

Vi que un automovil se detenia y alguien bajaba una ventanilla. Los dos jovenes se acercaron a el y, despues de un cruce de palabras, uno de ellos se dirigio al otro lado y desaparecio por la puerta abierta. El otro adolescente siguio con la mirada las luces que se alejaban y luego se alejo hasta perderse en su propia oscuridad. Nuestro semaforo se puso verde y acelere para subir por la rampa de acceso a la autopista.

– ?De que iba eso? -pregunto Christine.

– Un ligue -respondi-. Un homosexual maduro conduciendo por la ciudad en busca de una pareja para la noche.

Christine emitio un grunido de desagrado y luego nos quedamos callados.

En el aeropuerto, anunciaron su vuelo por megafonia. Christine me acaricio la mejilla.

– Debes de estar cansado -dijo-. Siento mucho que las cosas tengan que ser asi.

Me encogi de hombros.

– La verdad es que no hemos tenido mucho contacto ultimamente -comento.

Asenti.

– ?Me llamaras? -pregunte.

– Claro.

– ?Regresaras?

Vacilo.

– No lo se.

Hubo un momento de silencio entre nosotros.

– ?Y si el decide ir a por ti? -pregunto-. ?No tienes miedo?

– Creo que no -respondi.

Christine fruncio el ceno.

– No. Ese es el problema. Tu lo ves todo. Y sin embargo estas totalmente ciego a lo que sucede en realidad. -Los ojos se le humedecieron-. Lo siento mucho -dijo.

Se dio la vuelta, tomo su bolso, unas revistas y un ejemplar de los cuentos de Hemingway. Con firmeza y rapidez atraveso la puerta de embarque para subir al avion. Levante la mano para despedirme con un gesto, pero cambie de idea y la baje. De todos modos, ella no miro atras.

Luego mis pensamientos se centraron de nuevo en el asesino.

Esa tarde, ante mi escritorio, saque todas las notas que habia escrito sobre el asesino. Las examine, elabore una lista de rasgos, pistas y todos los intentos de descubrir la identidad del hombre, y me quede mirandola. Empezaba asi:

Hijo unico.

Ninez en Ohio. Adolescencia en la ciudad. Padre: vengativo, debil. Madre: seductora, fuerte.

Ejercito.

Crueldad.

Habia otras caracteristicas, extraidas de la conversacion mas reciente. Debajo de todo, escribi: «?No hay prorrogas!»

Entonces, uno tras otro, tache todos los renglones. Todos los articulos, todas las palabras y oraciones que habian llenado las columnas del periodico, no significaban nada. Ahora carecian de sentido y de sustancia. Baje la vista y adverti que habia trazado un gran signo de interrogacion en la pagina. Sonrei. «Muy apropiado», dije en silencio, para que no me oyeran los demas periodistas. Despues de todo lo que habia ocurrido, de todo lo que se habia dicho, en realidad yo no sabia nada. Fije la mirada en el retrato robot y evoque las conversaciones con el asesino. Recorde algo que el habia dicho: estabamos solos el y yo. Ahora lo comprendia.

El dueno de la armeria levanto la vista cuando entre. La tienda estaba vacia, salvo por un par de hombres que miraban las pistolas que estaban en exhibicion en una vitrina cerrada. El dueno sonrio, y vi que estaba leyendo el Journal. Extendio la mano.

– ?Sabe? Justamente estaba leyendo su ultimo articulo. Tenia el presentimiento de que lo veriamos por aqui. Quiere estar preparado por si el vuelve a intentado, ?verdad?

– Correcto -respondi.

Se froto las manos.

– No vienen por aqui muchos jovenes como usted -prosiguio-. Es decir, vienen muchos jovenes, pero no son como usted: educados, con trabajos de oficina. No, en su mayoria, los clientes de su edad son obreros de la construccion, policias, algun bombero a quien le agrada practicar tiro cazando patos o tal vez ciervos en los Glades. Claro que desde que este asesino comenzo a hacer de las suyas en la ciudad vienen personas de todo tipo. Pero no como usted.

Como yo guardaba silencio, continuo:

– Creo que tiene algo que ver con la guerra, usted me entiende. No les apasionan las armas. Pistolas, rifles…, diablos, ni siquiera una buena honda. Claro que es solo una teoria, una observacion. Se aprende mucho de la vida en una tienda de armas.

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