– Si, senor -repitio-. Eso bastara. Ahora permitame ver si lo he apuntado correctamente. Usted quiere un informe de los nombres y las posibles direcciones de los empleados administrativos que cumplieron parte de su servicio en Da Nang.
– Correcto.
Le repeti los numeros de la seccion y la unidad, tal como me los habia proporcionado O'Shaughnessy. Tambien le pedi que verificara sus datos.
– Correcto -respondio-. ?Para cuando necesita esta informacion, senor?
– Lo mas pronto posible.
– Llevara unas veinticuatro horas -dijo-. Pero me encargare de ello personalmente y luego me comunicare con usted.
– Bien.
De pronto, me senti tranquilo, como si dispusiera de todo el tiempo que necesitaba. «Ahora soy yo quien te persigue -pense-; cada vez estoy mas cerca.» Queria que el asesino me llamara para poder decirselo, indirectamente, hacerlo sudar. Cada vez mas cerca.
Por la tarde fui a ver a Martinez y a Wilson al departamento de homicidios. Los segui por el laberinto de escritorios y cubiculos, que no habian cambiado desde mis visitas anteriores. Era como si aun estuviesen interrogando a las mismas personas, como si las mismas voces cansadas repitieran la misma informacion. La luz del sol penetraba en la habitacion, proyectando sombras en los rincones y en el suelo. Las voces se elevaban en el aire cargado de humo y se confundian con el zumbido del aire acondicionado. Hablamos en la sala habilitada como centro de operaciones para el caso del Asesino de los Numeros. Ahora, ademas de la lista de nombres, lugares y fechas, colgaban en las paredes copias del retrato robot policial.
– ?Te ha llamado? -pregunto Wilson.
– Aun no -respondi.
– Lo hara -asevero Martinez-. Siempre lo ha hecho. Cuando un asesino establece una pauta, es muy dificil que la altere. Esto se da tanto en los peores psicopatas (como este tipo) como en los mas frios asesinos a sueldo. Se acostumbran con mucha rapidez al sistema que desarrollan, a su propia manera de hacer las cosas. No se sienten satisfechos si se desvian de sus normas. Es como una firma; a veces sale un poco vacilante, ligeramente distinta, pero el resultado es el mismo. Y la pauta de este tipo consiste en llamarte a ti.
– ?No crees que esa llamada puede haber sido la ultima?
– No. Solo es una teoria, pero creo que se le esta acabando la cuerda. Tal vez uno de los detectives de la calle estuvo a punto de encontrarlo, preguntando por alli; quizas este asustado. Pero no creo que resista la tentacion de volver a hablar contigo. O de matar. Eso se ha vuelto demasiado importante para el. Dudo que renuncie a ello; tiene demasiado ego. Por eso lo atraparemos.
Pense en hablarles de mi conversacion con O'Shaughnessy. «Espera», me dije.
– ?Creeis que estoy en peligro? -les pregunte.
– Es dificil saberlo -dijo Wilson-. Tal vez el ya haya conseguido lo que queria: asustarte y todo eso. Por otro lado, eso podria ser solo el principio. Tenemos que suponer que corres peligro.
– Eso no es logico -replique.
– ?A quien cono le importa la logica? Seguramente a ese tipo no.
Wilson se volvio hacia las paredes.
– Podria haberme matado cien veces -alegue.
– Claro -dijo Martinez-. Pero eso no significa que no habra una centesimoprimera.
Negue con la cabeza. «Ahora no me persigue -pense-. Yo lo persigo a el.»
– Tienes que entender -prosiguio Martinez- que a el le gusta establecer una relacion personal con sus victimas. Por eso se sintio tan frustrado con la mujer y su bebe, en los Glades. Ella no quiso hablar con el. Pero de todas las personas, es contigo con quien ha establecido un vinculo mas estrecho. ?Por que no habria de querer matarte? Ademas, piensa en los titulares a los que daria pie ese asesinato.
– Creo que aun me necesita, que no intentara liquidarme. Es solo una corazonada.
Wilson solto una maldicion.
– Una corazonada que podria costarte la vida. No seas ingenuo. Y no pienses que puedes batirte en duelo con ese cabron. Esto no es el lejano oeste. Ese tipo sabe manejar las armas y conoce muy bien esa pistola.
– No trates de jugar con el -me advirtio Martinez-. Saldras perdiendo con toda seguridad.
– ?Que os hace pensar…?
– Oh, mierda -me corto Wilson-. Debes de tomarnos por unos imbeciles.
– Sabemos lo de la 45 que compraste el otro dia -explico Martinez-. Deshazte de ella antes de que te pegues un tiro o te vueles el pie.
No dije nada.
– Ni se te ocurra -dijo Martinez.
– ?Que novedades teneis? -pregunte, cambiando de tema-. ?Que hareis ahora?
– Volveremos a la calle -respondio Martinez-. Con los retratos robot y los volantes. Eso dara fruto pronto. Algun vecino suspicaz, algun barman que se fija en las caras; alguien reconocera al tipo del dibujo. Y entonces comenzaremos a movernos. Sucedera. Tardara algunos dias, pero sucedera. Todo es cuestion de esperar.
– ?Es todo?
– Es todo lo que podemos decirte.
Imagine el articulo final. Vi las palabras materializandose delante de mi. Primero, la noticia importante: la identidad del asesino, la captura, tal vez el tiroteo. Despues, el hallazgo del domicilio del asesino, la informacion proporcionada por el Pentagono y por O'Shaughnessy. Luego el texto volveria a la accion: una descripcion del enfrentamiento final, el acorralamiento, la derrota del asesino.
Pense en el poema «Los hombres huecos» de T. S. Elliot. Alli no habria gemido alguno, pense, sino una autentica explosion.
El ultimo articulo. Ya no habria mentiras ni medias verdades; ya no habria relatos inexactos ni informacion erronea, solo la verdad: nombres, lugares, hechos, identidades.
Eso lo arreglara todo, pense. La verdad.
Llame a Christine a casa de sus padres, en Madison. Su madre atendio el telefono y vacilo cuando me identifique.
– Quiza no este dispuesta a hablar contigo -dijo-, pero se lo preguntare.
Oi voces al fondo, ruidos, nada inteligible. Momentos despues, Christine se puso al telefono.
– ?Como estas? -pregunto.
– Bien -respondi-. ?Volveras?
Silencio. La oia respirar.
– ?Por que?
– Las cosas pueden volver a ser como antes.
– ?Y el asesino?
– Este asunto casi ha terminado.
– ?Como lo sabes?
– Tengo una pista. Se que es concluyente.
– Y si lo es, ?que te hace pensar que las cosas cambiaran?
– Christine, esto es el fin. Lo presiento.
– Tal vez sea el fin de esta historia -dijo-. Pero habra otras.
– Pues si, claro que las habra. A eso me dedico, despues de todo…
– Es lo unico que te importa -replico-. Dejas a un lado los demas aspectos de tu vida. Ya no hay sitio para nada mas. Especialmente para mi.
– Pero te quiero. Te hare un sitio.
Oi que se le escapaba un sollozo.
– No es verdad -repuso con voz llorosa-. Malcolm, tu sabes que no lo es. Respondeme a esto: si te obligase a elegir entre tus cronicas sobre el asesino y yo, ?que dirias?
– Eso no es justo.
– Nada es justo -murmuro-. ?Tomarias un avion manana mismo para venir a buscarme?
– Claro que si.
