maquina, y bajamos rapidamente de nuestro santuario.

Fuera, hacia tanto calor que me quede parado, como si hubiera chocado con una pared.

– ?Vamos! ?Vamos! -me apremiaron Porter y Nolan a coro y, una vez mas, me vi arrastrado.

El automovil arranco; los neumaticos chirriaron y el motor rugio cuando Porter piso el acelerador. Nos dirigimos al norte por el bulevar tratando de abrimos camino a bocinazos entre el trafico de la tarde.

Oi sirenas a lo lejos.

– ?Vaya subidon de adrenalina! -exclamo Porter.

Por la calle vi las caras que nos miraban, siluetas que desfilaban por la ventanilla mientras avanzabamos a toda velocidad hacia el norte. La gente se detenia para ver a que se debia aquel alboroto; los ojos se volvian con curiosidad, con miedo, con emocion. Y nosotros seguiamos adelante, a todo gas. En la distancia, aparecieron unas luces azules intermitentes. «La policia», pense.

– ?Alli, alli! -grito Nolan.

Vi un modesto edificio de apartamentos, rodeado de coches patrulla y automoviles camuflados. Un furgon de operaciones especiales se detuvo con un frenazo al otro lado de la calle, y un equipo de hombres con trajes azules y gorras de beisbol bajo de un salto. Reconoci sus armas automaticas. Llevaban fusiles M-16, como los soldados rasos de Vietnam.

– ?Caray! -exclamo Nolan-. Parece que voy a combatir en la tercera guerra mundial.

Porter ya habia bajado del automovil y corria, apretando el disparador de su camara de la misma manera que un soldado de infanteria aprieta el gatillo de su arma.

El edificio era pequeno; debia de tener cuatro o cinco apartamentos repartidos en dos pisos. Vi una grieta en una de las paredes y una larga mancha bajo el tejado rojo. No habia cesped; solo la calle y el polvo. A la entrada habia una docena de agentes uniformados y de la policia secreta, empunando las pistolas. En ese momento, el equipo de operaciones especiales atraveso la puerta, con las armas listas. El tiempo parecio detenerse bajo el sol. y luego todo termino.

Adverti que los policias se relajaban: enfundaban las armas y hablaban entre si, irritados. Nolan y yo nos abrimos paso a traves de la multitud. Martinez estaba en medio. Me hizo senas para que me acercara.

– Se ha ido -dijo.

– ?Adonde? -pregunte.

– Esta cerca -respondio el detective-. Ahora lo atraparemos.

Wilson bajo las escaleras y se reunio con nosotros. Se volvio hacia Nolan.

– Gracias por la llamada -dijo-. Pero ?que lo ha puesto sobre aviso?

Por un momento guarde silencio.

– He sido yo -admiti al fin.

Los dos detectives me miraron.

– Le he dicho que sabia quien era el.

Martinez solto un grunido y Wilson me volvio la espalda.

– Podriamos haberlo atrapado con facilidad -me recrimino Martinez-. ?Te das cuenta?

No respondi.

– Bueno -prosiguio-; supongo que aun asi mereces que te dejemos echar un vistazo.

Se volvio y nos condujo a los tres al interior del edificio. Alli el aire estaba mas fresco. Mis ojos tardaron un momento en adaptarse a la oscuridad.

– Barato -comento Martinez-. No muy distinto de aquel apartamento en el centro.

Subimos al primer piso. Un miembro del equipo de operaciones especiales fumaba un cigarrillo en la puerta abierta de uno de los apartamentos. Martinez le hizo una sena con la cabeza y dijo:

– Los del laboratorio llegaran enseguida. -Luego, dirigiendose a nosotros, agrego-: Las reglas son las mismas. No toquen nada; solo miren. -Miro a Porter-. Lo dejo a su criterio -dijo-, pero no nos estorbe.

Entramos. El apartamento era pequeno y estaba abarrotado. En un rincon habia una pequena cocina y una nevera; en otro, una cama con una sola sabana sucia. Habia ropa arrebujada en el suelo y se percibia un olor a humedad y a cerrado. El telefono habia sido arrancado de la pared y estaba en el suelo, con los cables retorcidos y pelados. Fije la mirada en la pared.

El asesino habia montado un collage. En el centro habia un enorme poster amarillo, verde y rojo de la masacre de My Lai. A los lados habia docenas de imagenes de distintas formas y tamanos: Jane Fonda, el general Westmoreland, Robert MacNamara, los Siete de Chicago, Lyndon B. Johnson, Daniel Ellsberg, Ho Chi Minh. Habia paginas arrancadas de viejos numero de Life que mostraban a soldados atravesando pantanos y arrozales bajo el fuego; ninos, con los ojos en blanco por la desesperacion, al otro lado de la alambrada de un campo de refugiados.

En algunas fotos, el asesino habia practicado la cirugia creativa: Nixon y Agnew, con los brazos levantados en senal de victoria, acunaban a un nino vietnamita muerto.

Henry Kissinger, con corbata negra, escoltaba a una figura con un vestido de noche y el rostro desesperado de una mujer vietnamita. Las imagenes recubrian la pared desde el suelo hasta el techo, contribuyendo al ambiente pavoroso del apartamento.

Me volvi y vi una grabadora sobre una mesita, junto a la unica ventana del apartamento. Mas alla, habia un espejo colgado en la pared contigua al bano. Estaba hecho anicos; en el centro, tenia un agujero negro. Habia fragmentos de vidrio esparcidos por el suelo.

Volvi a mirar la mesa. Junto a la grabadora, habia una novela abierta, con el lomo gastado. Me acerque. La condicion humana, de Malraux.

Martinez tambien la vio. De mala gana, agarro el libro, despues de envolverse la mano con un trapo. Leyo por un instante y luego me lo tendio para que le echara una ojeada. Habia un pasaje subrayado en una pagina cercana al final.

«Habia visto tanta muerte… -habia destacado el asesino-. A el siempre le habia parecido bien el suicidio, una muerte que se asemeja a la propia vida. La muerte es pasiva, mientras que el suicidio implica accion…»

Martinez y yo nos miramos sin decir nada.

Wilson se acerco a nosotros y Martinez volvio a colocar el libro en el sitio que ocupaba junto a la grabadora.

– Veamos que tiene que decimos ese cabron -dijo Wilson.

Pulso la tecla de reproduccion.

Al principio, solo hubo silencio.

Luego, la risa breve de costumbre.

Entonces se oyo la voz:

– Hola, Anderson. Hola, detectives. -Otra carcajada-. Jamas me atraparan.

Sono un siseo continuo y Wilson se inclino hacia adelante para apagar la grabadora, pero otro sonido lo interrumpio. Era el asesino tarareando. Reconoci la melodia al instante, un recuerdo de las manifestaciones universitarias.

Comenzo a cantar con voz aguda y forzada:

Y uno, dos, tres.

?Por que estamos luchando?

No me lo preguntes, me importa una mierda.

La proxima parada es Vietnam.

Y cinco, seis y siete.

Abrid las puertas del cielo.

Es inutil preguntarse por que.

?Hurra! Todos vamos a mor…

Pero la ultima palabra se perdio, ahogada por la detonacion de la 45 y el ruido del espejo al saltar en pedazos.

– Diablos -dijo Martinez.

Todos dimos un respingo al oir la explosion en la cinta.

– Ya esta -dijo Wilson-. Hemos publicado un boletin con una descripcion de Dolour. Un vecino nos ha descrito

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