– Entonces, ?por que no lo haces?

– Yo…

Calle.

– ?Lo ves?

– Lo hare -le asegure-. Es solo que no puedo creer que me pidas eso.

Tuve la impresion de que ella sacudia la cabeza.

– No, no lo hagas. No te lo estoy pidiendo. No se si eso serviria de algo. Solo te sentirias frustrado. Te importa mas esa historia que yo. Siempre fue asi.

– Eso no es cierto. Tu pideme cualquier cosa. Hare lo que me digas. Solo quiero que vuelvas.

Christine contuvo el aliento y solto una risita.

– Ojala pudiera creerte. Suena muy bonito.

– Haz la prueba -la anime.

Rece por que no me lo pidiera. Hubo un segundo de tension. Senti en la mano el plastico del telefono humedo de sudor.

– No -dijo finalmente-. Llamame otra vez. Cuando todo termine.

– Esta bien. Cuando todo termine.

– Si es que alguna vez termina -anadio, y colgo.

Al dia siguiente, por la tarde, llamo el oficial del Pentagono.

– ?Senor! He recopilado la lista que usted solicito. Me estremeci con una oleada instantanea de emocion.

– ?Es muy larga?

– Aproximadamente de ciento setenta y cinco nombres, senor. Uno siete cinco.

– ?Direcciones?

– Si, senor. Pero no puedo garantizarle su exactitud. Estas senas datan de la epoca en que los hombres servian en el ejercito. Desde entonces, muchos factores pueden haberlos llevado a cambiar de residencia. Muchos veteranos se mudan y a menudo no notifican a la Asociacion. Por eso no puedo garantizar su autenticidad, senor.

– Pero los nombres…

– Bueno, eso es distinto, senor. Los registros de esas secciones administrativas en particular estan cuidadosamente archivados. No podia ser de otra manera; queriamos evitar cualquier tipo de irregularidad, no se si me entiende. Todos los que trabajaron en esas oficinas figuran en la lista.

– ?Y O'Shaughnessy?

– El teniente Peter O'Shaughnessy, numero de serie DR uno siete uno cuatro tres cero siete. Las fechas de su expediente coinciden con las que usted me dio. Baja honorable, marzo de 1972. Domicilio actual, Memphis, Tennessee.

De pronto me senti aliviado. «Ha terminado -pense-. Esta vez si que ha terminado.»

– Gracias -dije.

– Ha sido un placer, senor. Le enviaremos la lista; la recibira manana.

La lista llego temprano, en un grueso sobre de papel manila. Sobresalia varios centimetros de la ranura de mi buzon. Lo sopese, lleno de entusiasmo. «El asesino esta aqui -pense-, en la palma de mi mano.» Sabia que no se habia molestado en cambiarse el nombre, que se habia reido ante la idea de tomar esa precaucion rudimentaria. ?Por que asumir una nueva identidad cuando habia disimulado la vieja con tanto cuidado? Y sin embargo, dejaba puertas abiertas. Recorde lo que habian dicho los psiquiatras: el quiere que lo atrapen. «Bien, pues que asi sea - me dije-. El establece sus propias reglas, juega cinendose a ellas…, y yo tambien.»

Abri el sobre y, sin examinar su contenido, me dirigi al despacho de Nolan. El levanto la vista del terminal, con el entrecejo fruncido. Por un momento, nuestras miradas se encontraron; las suyas eran inquisitivas. Luego vio el sobre amarillo en mi mano y sonrio.

– ?Es ese?

– Es este.

Fui a mi escritorio y eche un vistazo a los nombres que figuraban en el papel. El primero era Adams, Andrew S., numero de serie AD 2985734, nacido en Lexington, Kentucky. Pase las hojas hasta llegar a la ultima pagina. Zywicki, Richard, numero de serie CH 1596483, nacido en Chester, Pensilvania. Dirigi la vista hacia una de las esquinas de mi escritorio, donde estaba la gran guia telefonica. «No puede ser tan sencillo», pense, alargando el brazo para agarrada.

Pero lo era.

Mire el nombre que tenia ante mi, con el dedo, ligeramente tembloroso, apoyado en una pagina de la guia telefonica de Miami. Era el nombre numero cuarenta y siete.

Dolour, Alan, numero de serie MB1269854, nacido en Hardwick, Ohio.

Y en la guia telefonica: A. Dolour. Calle 78 NE, 224.

«Es el -me dije-. Sin duda.» Le hice un gesto a Nolan y el se acerco rapidamente a mi escritorio. Sin decir nada, senale ambos nombres. Sus ojos se dilataron por un momento, y luego el asintio. Ya no habia sonrisas.

Entonces sono el telefono.

Sabia que seria el. La coincidencia era demasiado grande para que se tratase de otra persona. Percibi un matiz nuevo en su voz, como si le faltara el aliento, como si tuviese el pecho oprimido y sus pulmones se esforzaran por respirar.

Puse en marcha la grabadora e hice una sena a Nolan con la cabeza. Freneticamente, apunte con el dedo al numero que aparecia junto al nombre en la guia. Nolan asintio y se dirigio a un telefono cercano.

– Soy yo -dijo-. Supongo que ha estado esperando mi llamada.

– Asi es -respondi.

– ?Que ha averiguado? -pregunto, de pronto. Por un instante, temi que se refiriese a la lista que tenia ante mi-. ?Empieza a verlo todo mas claro? -agrego, y comprendi que aun estaba inmerso en la guerra que el mismo habia creado.

– ?Que deberia haber averiguado?

No contesto. Mire a Nolan. Tenia los ojos clavados en el auricular que sostenia. Tomo una hoja de papel del escritorio y garabateo una nota a toda prisa: «Comunica.»

– Todos estabamos implicados -dijo el asesino-. Todos eramos culpables. Usted. Yo. Todos.

– Y ?que queda? -pregunte.

– Nada. Solo oscuridad. El mal. Muerte. Destruccion.

– ?Piensa seguir adelante?

Paso por alto la pregunta.

– Todos estamos enfermos.

– ?Volvera a matar? -grite al telefono.

– Nunca me detendre -respondio.

Decidi jugarmela.

– Se quien es usted.

Oi que tomaba aliento bruscamente. Luego se rio.

– Adios, Anderson. Adios para siempre.

– ?Lo se! -dije-. ?Maldicion, lo se!

– Desaparecido en combate. Sin explicacion.

Comence a pronunciar su nombre, pero el ya habia colgado. Me quede mirando el auricular, sosteniendolo frente a mi como intentando comprender lo que habia ocurrido. Luego tome conciencia de lo que sucedia alrededor. Nolan hablaba por telefono con Martinez y Wilson, dandoles explicaciones rapidas y precisas. Andrew Porter salia corriendo del estudio de fotografias colgandose camaras del cuello, con su mochila cargada de carretes de pelicula y objetivos.

– ?Ahora si! ?Ahora si! -grito-. ?Vamos, vamos! Entonces me puse de pie;

Nolan me alcanzo y ambos seguimos a Porter hacia los ascensores.

– ?Vamos, vamos! -repetia el-. Detened el ascensor -grito-. ?Maldicion, detenedlo!

Me vi arrastrado como por la marea matutina en la playa.

– No pienso perderme esto -dijo Nolan mientras entrabamos en el ascensor-. ?Muevete! -le bramo a la

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