regresar, por fin, a los ojos de Virgil, que brillaban expectantes.

– ?Lo ves, Ricky? -musito ella-. No eres tan viejo. ?Notas como te hierve la sangre? Una ligera animacion en la entrepierna, ?no?

Tengo una buena figura, ?verdad? -Solto una risita-. No hace falta que contestes. Conozco bien la reaccion. La he visto antes, en muchos hombres.

Siguio mirandolo, como segura de que podia adivinar la direccion que seguiria la mirada de el.

– Siempre existe ese momento maravilloso, Ricky -comento Virgil con una ancha sonrisa-, en que un hombre ve por primera vez el cuerpo de una mujer. Sobre todo el cuerpo de una mujer que no conoce. Una vision que es toda aventura. Su mirada cae en cascada, como el agua por un precipicio. Entonces, como pasa ahora contigo, que preferirias contemplar mi entrepierna, el contacto visual provoca algo de culpa. Es como si el hombre quisiera decir que todavia me ve como una persona mirandome a la cara pero, en realidad, esta pensando como una bestia, por muy educado y sofisticado que finja ser. ?No es acaso lo que esta pasando ahora?

El no contesto. Hacia anos que no estaba en presencia de una mujer desnuda, y eso parecia generar una convulsion en su interior. Le retumbaban ?os oidos con cada palabra de Virgil, y era consciente de que se sentia acalorado, como si la elevada temperatura exterior hubiese irrumpido en la consulta.

Virgil siguio sonriendole. Se dio la vuelta una segunda vez para exhibirse de nuevo. Poso, primero en una posicion y luego en otra, como la modelo de un artista que trata de encontrar la postura correcta. Cada movimiento de su cuerpo parecia aumentar la temperatura de la habitacion unos grados mas. Finalmente, se agacho despacio para recoger la gabardina negra del suelo. La sostuvo un segundo, como si le costara volver a ponersela. Pero enseguida, con un movimiento rapido, metio los brazos por las mangas y empezo a abrocharsela. Cuando su figura desnuda desaparecio, Ricky se sintio arrancado de algun tipo de trance hipnotico o, por lo menos, como creia que debia de sentirse un paciente al despertar de una anestesia. Empezo a hablar, pero Virgil levanto una mano.

– Lo siento, Ricky -le interrumpio-. La sesion ha terminado por hoy. Te he dado mucha informacion y ahora te toca actuar.

No es algo que se te de bien, ?verdad? Lo que tu haces es escuchar.

Y despues nada. Bueno, esos tiempos se han acabado, Ricky. Ahora tendras que salir al mundo y hacer algo. De otro modo… Sera mejor que no pensemos en eso. Cuando el guia te senala, tienes que seguir el camino. Que no te pillen de brazos cruzados. Manos a la obra y todo eso. Ya sabes, al que madruga Dios le ayuda. Es un consejo buenisimo. Siguelo.

Se dirigio con rapidez a la puerta.

– Espera -dijo Ricky impulsivamente-. ?Volveras?

– Quien sabe -contesto Virgil con una sonrisita-. Puede que de vez en cuando. Veremos como te va.

Abrio la puerta y se marcho.

Escucho un momento el taconeo de sus zapatos en el pasillo.

Luego se levanto de un brinco y corrio hacia la puerta. La abrio, pero Virgil ya no estaba en el pasillo. Se quedo ahi un instante y volvio a entrar en la consulta. Se acerco a la ventana y miro fuera, justo a tiempo de ver como la joven salia por el portal del edificio. Una limusina negra se acerco a la entrada y Virgil subio en ella. El coche se alejo calle abajo, de forma demasiado repentina para que Ricky pudiese haber visto la matricula o cualquier otra caracteristica de haber sido lo bastante organizado e inteligente como para pensar en ello.

A veces, frente a las playas de Cape Cod, en Wellfleet, cerca de su casa de veraneo, se forman unas fuertes corrientes de retorno superficial que pueden ser peligrosas y, en ocasiones, mortales. Se crean debido a la fuerza del oceano al golpear la costa, que acaba por excavar una especie de surco bajo las olas en la restinga que protege la playa. Cuando el espacio se abre, el agua entrante encuentra de repente un nuevo lugar para regresar al mar y circula por este canal subacuatico. Entonces en la superficie se produce la corriente de retorno. Cuando alguien queda atrapado en esta corriente hay un par de cosas que debe hacer y que convierten la experiencia en algo perturbador, quizas aterrador y sin duda agotador, pero mas que nada molesto. Si no las hace, lo mas probable es que muera. Como la corriente de retorno superficial es estrecha, no hay que luchar nunca contra ella. Hay que limitarse a nadar paralelo a la costa, y en unos segundos el tiron violento de la corriente se suaviza y lo deja a uno a poca distancia de la playa. De hecho, las corrientes de retorno superficial suelen ser tambien cortas, de modo que uno se puede dejar llevar por ellas y cuando el tiron disminuye situarse en el lugar adecuado y nadar de vuelta a la playa. Ricky sabia que se trataba de unas instrucciones sencillisimas que, comentadas en un coctel en tierra firme, o incluso en la arena caliente a la orilla del mar, hacen que salir de una corriente de retorno superficial no parezca mas dificil que sacudirse una pulga de mar de la piel.

La realidad, por supuesto, es mucho mas complicada. Ser arrastrado inexorablemente hacia el oceano, lejos de la seguridad de la playa, provoca panico al instante. Estar atrapado por una fuerza muy superior es aterrador. El miedo y el mar son una combinacion letal. El terror y el agotamiento ganan al banista. Ricky recordaba haber leido en el Cape Cod Times por lo menos un caso cada verano de alguien ahogado, a escasos metros de la costa y la seguridad.

Intento controlar sus emociones, porque se sentia atrapado en una corriente de retorno superficial.

Inspiro hondo y lucho contra la sensacion de que lo arrastraban hacia un lugar oscuro y peligroso. En cuanto la limusina que llevaba a Virgil hubo desaparecido de su vista, encontro el telefono de Zimmerman en la primera pagina de su agenda, donde lo habia anotado y despues olvidado, ya que nunca se habia visto obligado a llamarlo. Marco el numero pero no obtuvo respuesta.

Ni Zimmerman. Ni su madre sobreprotectora. Ni un contestador ni servicio automatico. Solo un tono de llamada reiterado y frustrante.

En ese momento de confusion decidio que debia hablar directamente con Zimmerman. Aunque Rumplestiltskin lo hubiera sobornado de algun modo para que abandonara el tratamiento, quiza lograse arrojar algo de luz sobre la identidad de su torturador.

Zimmerman era un hombre amargado pero incapaz de callarse nada. Ricky colgo con brusquedad el auricular y agarro la chaqueta. En unos segundos estaba fuera.

Las calles de la ciudad seguian llenas de luz diurna, aunque ya era el atardecer. El resto del trafico de la hora punta atascaba aun la calzada, aunque la multitud de peatones que saturaba las aceras se habia reducido un poco. Nueva York, como toda gran ciudad, aunque presumiera de veinticuatro horas de vida al dia, seguia los mismos ritmos que cualquier otro sitio: energia por la manana, determinacion a mediodia, apetito por la noche. No presto atencion a los restaurantes abarrotados, aunque mas de una vez percibio un olor apetitoso al pasar por delante de alguno.

Pero en ese momento el apetito de Ricky Starks era de otro tipo.

Hizo algo que no hacia casi nunca. En lugar de tomar un taxi, se dispuso a cruzar Central Park a pie. Penso que el tiempo y el ejercicio le ayudarian a dominar sus emociones, a controlar lo que le estaba pasando. Pero a pesar de su formacion y de sus cacareados poderes de concentracion, le costaba recordar lo que Virgil le habia dicho, aunque no tenia dificultad en evocar hasta el ultimo matiz de su cuerpo, desde su sonrisa juguetona hasta la curva de sus senos o la forma de su sexo.

El calor del dia se habia prolongado al anochecer. Al cabo de pocos metros, noto que el sudor se le acumulaba en el cuello y las axilas. Se aflojo la corbata, se quito la chaqueta y se la echo al hombro, lo que le daba un aspecto desenvuelto que contradecia lo que sentia. El parque todavia estaba lleno de gente que hacia ejercicio y mas de una vez se hizo a un lado para dejar pasar a un grupo de corredores. Vio gente disciplinada que paseaba al perro en las zonas habilitadas para ello y paso junto a varios partidos de beisbol en campos dispuestos de tal modo que los perimetros se tocaban. A menudo, un jugador exterior derecho estaba mas o menos junto al exterior izquierdo de otro partido. Parecia existir una extrana etiqueta urbana para este espacio compartido, de modo que cada jugador concentraba la atencion en su propio partido sin inmiscuirse en el otro. De vez en cuando, una pelota bateada invadia el terreno del otro campo, y los jugadores encajaban diligentemente esa interrupcion antes de seguir con el suyo. Ricky penso que la vida rara vez era tan sencilla y tan armoniosa.

«Normalmente nos estorbamos los unos a los otros», penso.

Tardo otro cuarto de hora de paseo a buen ritmo en llegar a la manzana de la casa de Zimmerman. Para entonces estaba sudado de verdad, y deseaba llevar unas zapatillas de deporte viejas en lugar de aquellos mocasines de piel que parecian irle pequenos y amenazaban con provocarle llagas. Tenia empapada la camiseta y manchada la camisa azul, el cabello apelmazado y pegado a la frente. Se detuvo frente al escaparate de una

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