– Si -respondio Ricky-, es muy triste. -Se obligo a sonreirle y ella le devolvio el gesto-. Digame, Lu Anne, ?que vio?
La mujer tosio un par de veces, como para aclararse la garganta.
– El senor quiere saber que vi -solto mirando a Ricky-. Quiere saber sobre el hombre que murio y la mujer bonita.
– ?A que mujer bonita se refiere? -pregunto Ricky intentando conservar la calma.
– El senor no sabe lo de la mujer bonita.
– No, no lo se. Pero me interesa -aseguro para animarla.
Los ojos de Lu Anne se desviaron a lo lejos, como si se concentrara en algo mas alla de su vision, como un espejismo, y hablo con tono amable.
– El senor quiere saber lo de la mujer bonita que se me acerca justo despues de que el hombre hiciera ?zas! Y me habla muy bajito cuando me pregunta: «?Lo has visto, Lu Anne? ?Has visto como el hombre se lanzaba bajo el tren? ?Has visto como se acercaba al borde cuando el tren iba a pasar? Era el expreso, claro, y no para, no, nunca para, tienes que tomar el metropolitano si quieres subirte a un tren. Y ?has visto como se tiraba? ?Terrible, terrible!». Ella me dice: «Lu Anne, ?has visto como se suicidaba?
Nadie lo ha empujado. Nadie en absoluto, Lu Anne. Tienes que estar totalmente segura de eso, Lu Anne. Nadie ha empujado al hombre. ?Zas!, solo se ha lanzado». Eso me dice la mujer. Que triste. Debia de tener muchas ganas de morirse de repente, ?zas! Y entonces hay un hombre a su lado, al lado de la mujer bonita y me dice: «Lu Anne, tienes que contarle a la policia lo que has visto, decirle que el hombre ha pasado entre los demas hombres y mujeres que habia en el anden y ha saltado, ?zas! Muerto». Y la mujer bonita me dice: «Se lo diras a la policia, Lu Anne. Es tu obligacion como ciudadana contarles que viste saltar al hombre». Y me da diez dolares. Diez dolares solo para mi. Pero me lo hace prometer.
Me dice: «Lu Anne, promete que iras a la policia y les contaras que viste al hombre saltar a la via». Y yo le digo: «Si, lo prometo». Y he venido a contarselo a la policia, tal como ella me dijo y como yo le prometi. ?Tambien le dio diez dolares a usted?
– No -musito Ricky-. No me dio diez dolares.
– Oh, que lastima -contesto Lu Anne meneando la cabeza-.
Mala suerte.
– Si. Es una lastima -coincidio Ricky-. Y mala suerte, tambien.
Levanto la mirada y vio que la detective cruzaba la oficina hacia ellos.
Parecia aun mas agotada por los acontecimientos del dia de lo que Ricky habia supuesto antes, al verla al otro lado de la oficina.
La detective Riggins se movia con una parsimonia que revelaba musculos doloridos, fatiga y un estado de animo socavado en parte por el calor del dia y, sin duda, por pasarse la tarde tratando laboriosamente de recoger los restos del infortunado senor Zimmerman, y reconstruyendo despues sus ultimos momentos antes de lanzarse a las vias. Que lograra esbozar una leve sonrisa a modo de presentacion le sorprendio.
– Hola -dijo-. Creo que esta aqui por el senor Zimmerman.
– Pero antes de que pudiera contestar, Riggins se volvio hacia Lu Anne y anadio-: Lu Anne, pedire a un agente que la lleve a pasar la noche al albergue de la calle Ciento dos. Gracias por venir. Ha sido de gran ayuda. Quedese en el albergue, ?entendido? Por si necesito volver a hablar con usted.
– La senorita dice que me quede en el albergue pero no sabe que detestamos el albergue. Esta lleno de gente mezquina y loca que te roba y te apunala si se entera de que una mujer bonita te ha dado diez dolares.
– Me asegurare de que nadie se entere y no correra peligro. Por favor.
– Lo intentare, detective -dijo Lu Anne, lo que contradecia la negacion que hacia con la cabeza.
Riggins indico la puerta, donde un par de agentes uniformados estaban esperando.
– Esos hombres la llevaran, ?vale?
Lu Anne se levanto y sacudio la cabeza.
– El viaje en coche sera divertido, Lu Anne. Si quiere, les pedire que pongan las luces y la sirena.
Eso hizo sonreir a Lu Anne, que asintio con entusiasmo infantil. La detective hizo senas a los policias de uniforme y dijo:
– Ponedle la alfombra roja a esta testigo. Luces y accion todo el trayecto, ?de acuerdo?
Ambos agentes se encogieron de hombros, sonrientes. No tenian objeciones, siempre y cuando Lu Anne subiera y bajara del coche lo bastante rapido como para que su hedor a sudor y suciedad no se quedara impregnado en el interior.
Ricky observo que la mujer perturbada asentia y hablaba de nuevo consigo misma mientras se alejaba arrastrando los pies acompanada por los policias. Se volvio y vio que la detective Riggins tambien contemplaba su marcha.
– No esta tan mal como otros -suspiro ella-. Y no se mueve demasiado. Siempre puedes encontrarla en el ultramarinos de la calle Noventa y siete, en la parada de metro donde estaba hoy o en la entrada al Riverside Park de la calle Noventa y seis. Desde luego esta loca, pero no es desagradable, como otros. Me gustaria saber quien es realmente. ?Cree que puede haber alguien en algun lugar preocupado por ella, doctor? ?En Cincinnati o Minneapolis?
Familia, amigos, parientes que se pregunten que ha sido de su excentrica tia o prima. A lo mejor es heredera de una fortuna del petroleo o ganadora de la loteria. Eso estaria bien, ?verdad? Me gustaria saber que le paso para acabar asi. Para que todas las sustancias quimicas del cerebro le burbujeen descontroladas. Pero ese es su ambito, no el mio.
– No soy demasiado partidario de las medicaciones -dijo Ricky-, a diferencia de algunos de mis colegas. Pero una esquizofrenia tan profunda como la suya necesita medicacion. Lo que yo hago seguramente no ayudaria demasiado a Lu Anne.
Riggins le indico su mesa, que tenia una silla dispuesta al lado.
Cruzaron juntos la oficina.
– Usted se basa en hablar, ?eh? La articulacion de los problemas, ?no? ?Venga a hablar y hablar, y mas hablar, y tarde o temprano todo se resuelve?
– Eso seria una simplificacion excesiva, detective. Pero no imprecisa.
– Tengo una hermana que estuvo en terapia despues de divorciarse. Le sirvio para enderezar su vida. Por otra parte, mi prima Marcie, que es una de esas personas que esta siempre hundida, asistio a una durante tres anos y acabo mas jodida que antes de empezar.
– Lamento oir eso. Como en cualquier profesion, hay muchos grados de competencia. -Ambos se sentaron a la mesa-. Pero…
Riggins le interrumpio.
– Dijo que era el terapeuta del senor Zimmerman. ?Correcto?
Saco un bloc y un lapiz.
– Si. Se psicoanalizo durante un ano. Pero…
– ?Y detecto alguna tendencia suicida agudizada el ultimo par de semanas?
– No. En absoluto -aseguro Ricky.
– ?De veras? -La mujer arqueo las cejas con leve sorpresa-.
– ?Nunca?
– Asi es. De hecho…
– Entonces ?estaba haciendo progresos con su analisis?
Ricky vacilo.
– ?Y bien? -le urgio ella-. ?Estaba mejorando? ?Logrando el control? ?Se sentia mas seguro? ?Mas preparado para enfrentarse al mundo? ?Menos deprimido? ?Menos enfadado?
De nuevo, Ricky dudo antes de responder.
– Diria que no habia hecho lo que usted o yo considerariamos un gran avance. Seguia luchando con los temas que lo atormentaban.
Riggins sonrio cansinamente. Sus palabras sonaron tensas:
– Asi que, despues de cerca de un ano de tratamiento casi constante, cincuenta minutos al dia, cinco dias a la semana, pongamos cuarenta y ocho semanas al ano, ?podria decirse que seguia deprimido y frustrado?
Ricky se mordio el labio un instante y luego asintio.
