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Ricky Starks cerro de un golpe la puerta de su casa al entrar. El ruido retumbo en sus oidos y resono en el rellano vacio y poco iluminado de la escalera. Giro la llave en el doble cerrojo de la puerta principal que tan pocas veces usaba. Movio el picaporte para asegurarse. Despues, inseguro de que bastara con los cerrojos, atranco una silla contra la puerta a modo de anticuado refuerzo.
Le costo refrenarse para no amontonar tambien el escritorio, cajas, estanterias, todo lo que tuviera a mano, contra la puerta para atrincherarse dentro. El sudor le escocia los ojos y, aunque el aire acondicionado zumbaba afanoso fuera de la ventana de la consulta, sentia oleadas repentinas de calor. Un soldado, un policia, un piloto, un montanista, cualquiera versado en las diversas vertientes del peligro, las habria reconocido como lo que eran: ataques de panico. Pero Ricky se habia pasado tantos anos apartado de todos esos extremos que desconocia hasta los signos mas evidentes.
Se alejo de la puerta y contemplo su casa. Una tenue luz sobre la puerta proyectaba unas extranas sombras en los rincones de la sala de espera. Oyo el aire acondicionado y, mas alla, los ruidos apagados de la calle, pero aparte de eso, solo un silencio agobiante.
La puerta de la consulta estaba abierta. De pronto tuvo la sensacion de que, cuando habia dejado el refugio de su hogar esa tarde minutos despues de la visita de Virgil, habia cerrado esa puerta tras el, como era su costumbre. La aprension le carcomio y lo lleno de dudas. Contemplo la puerta abierta mientras trataba de recordar con desesperacion sus pasos exactos al irse.
Se vio poniendose la corbata y la chaqueta, inclinandose para anudarse los cordones de los zapatos, dandose unas palmaditas en los bolsillos para comprobar que llevaba la cartera y las llaves. Se vio cruzando el piso y saliendo por la puerta principal, esperando a que bajara el ascensor del tercer piso, saliendo a la calle, donde el bochorno seguia. Todo esto estaba de lo mas claro. No habia sido una salida distinta a millares de otras en millares de dias. Fue a la vuelta cuando todo parecia torcido o algo deforme, como ver su imagen reflejada en un espejo de feria, distorsionada por mucho que uno se contorneara y girara.
«?Cerraste esta puerta?», grito para sus adentros. Se mordio el labio, frustrado, y procuro recordar el tacto del pomo en la mano, el ruido de la puerta al cerrarse a su espalda. El recuerdo le eludio, y permanecio inmovil, incapaz de recordar ese simple acto cotidiano. Y entonces se hizo una pregunta aun peor, aunque todavia no se percato demasiado de ello: «?Por que no puedes recordarlo?».
Inspiro hondo y se tranquilizo pensando que debio de dejarla abierta por descuido.
Pero siguio sin moverse. De repente se sintio desfallecer. Casi como si se hubiese estado peleando, o al menos, lo que imaginaba que seria pelear con alguien, porque de golpe cayo en la cuenta de que nunca se habia peleado con nadie, aparte de las esporadicas peleas de adolescentes que parecian increiblemente distantes en el tiempo.
La oscuridad parecia burlarse de el. Aguzo el oido hacia la habitacion oscura. «Ahi dentro no hay nadie», se aseguro. Pero como si quisiera subrayar la mentira, dijo en voz alta:
– ?Hola?
El sonido de esa unica palabra pronunciada en aquel reducido espacio tenso a Ricky. Lo invadio la sensacion de estar haciendo el ridiculo. Se dijo que un nino se asustaba de las sombras, no un adulto. En particular, uno como el, que habia pasado toda su vida adulta tratando con secretos y terrores ocultos.
Avanzo intentando recobrar la compostura. Se recordo que estaba en casa. Estaba a salvo.
Aun asi, quiso encender la luz deprisa mientras vacilaba en el penumbroso umbral y palpo la pared con la mano hasta encontrar el interruptor, que acciono al instante.
No paso nada. La negrura de la habitacion permanecio intacta.
Solto un grito ahogado. Pulso el interruptor varias veces, como si se negara a admitir que no habia luz en la habitacion.
– ?Por todos los demonios! -maldijo en voz alta, pero no entro.
En lugar de eso, espero a que los ojos se le acostumbraran a la penumbra, sin dejar de escuchar atentamente para intentar captar cualquier ruido revelador de que no estaba solo. Se tranquilizo pensando que, cuando se tenia una experiencia inquietante como le habia pasado a el esa tarde, la mente jugaba toda clase de malas pasadas. Aun asi, espero unos segundos hasta que pudo distinguir la habitacion oscura y la recorrio con los ojos varias veces.
Luego cruzo el reducido espacio en direccion a la mesa y la lampara que habia en un rincon. No se sentia distinto a un ciego, con las manos extendidas delante para intentar detectar obstaculos en un lugar donde no habia ninguno. Al calcular mal la distancia se dio un buen golpe en la rodilla contra la mesa, lo que desato un torrente de improperios: varios «mierda» y «cono» y un solo «joder», nada propios de Ricky, quien antes de los acontecimientos de aquel dia rara vez soltaba un juramento.
Rodeo con cuidado la mesa, encontro por fin la lampara con la mano y, con un suspiro de alivio, acciono el interruptor.
Tampoco funcionaba.
Ricky se agarro a la mesa para tranquilizarse. Se dijo que probablemente se trataba de algun tipo de apagon, debido al calor y la demanda de electricidad de la ciudad, pero por la ventana podia ver que las farolas de la calle brillaban, y el aire acondicionado seguia zumbando alegremente. Se dijo entonces que no era imposible que dos bombillas se fundiesen a la vez. Poco probable, pero posible.
Con una mano en la mesa, se volvio hacia la tercera lampara que tenia en la consulta. Era una lampara de pie negra, de hierro fundido, que su mujer habia comprado varios anos atras para llevar a su casa de veraneo en Wellfleet, pero de la que el se habia aduenado para el rincon de su consulta, tras su butaca, a la cabeza del divan. La utilizaba para leer y, los dias oscuros y lluviosos, para aligerar la habitacion de la penumbra de la ciudad, de modo que la climatologia no influyese demasiado en los pacientes. Se encontraba a unos cuatro metros de la lampara, una distancia que ahora le parecio mucho mayor. Visualizo la consulta, sabiendo que lo separaban solo unos cuantos pasos y no habia nada entre el y su butaca, y que, una vez ahi, encontraria la lampara. Deseo que entrara mas luz de la calle por las ventanas, pero la poca que habia parecia detenerse en el cristal, como si no fuera capaz de penetrar en la habitacion. «Cuatro pasos -se dijo-. Y no te golpees la rodilla con la butaca.»
Avanzo con cuidado, palpando el vacio con los brazos extendidos. Doblaba la cintura un poco y alargaba las manos en busca A del tacto tranquilizador de su vieja butaca de piel. Parecio tardar mas de lo que habia imaginado, pero la butaca estaba donde siempre, y encontro el brazo, el respaldo, y ocupo el asiento de piel con un crujido acogedor que agradecio. Localizo con las manos la mesita donde tenia el dietario y el reloj, y alargo la mano hacia la lampara situada detras. El conmutador estaba justo debajo de la bombilla y lo busco a tientas hasta encontrarlo. La encendio con un tiron decidido.
La oscuridad no cambio.
Acciono el conmutador una docena de veces y la habitacion se lleno de clics.
Nada.
Ricky se quedo inmovil en el asiento, intentando dar con una explicacion logica para que ninguna de las lamparas de su consulta funcionara. No la encontro.
Respiraba hondo escuchando la noche, buscando distinguir los sonidos secundarios de la ciudad. Con los nervios de punta, aguzo el oido a la vez que el resto de sus sentidos se aunaba para decidir si estaba realmente solo. Una parte de el queria salir disparado hacia la puerta, huir por el pasillo y buscar a alguien que lo acompanara de vuelta a su casa. Contuvo este impulso y reconocio el panico que implicaba. Se obligo a conservar la calma.
No oyo nada, pero eso no significaba que no hubiera nadie en su casa. Trato de imaginar donde podria esconderse alguien, en que armario o rincon, bajo que mesa. Y se concentro en esos sitios, como si desde su asiento de analista tras el divan pudiera examinar esas zonas ocultas. Pero ese esfuerzo fue tambien infructuoso o, como minimo, insatisfactorio. Intento recordar donde tenia una linterna o velas. Seguramente en un estante de la cocina, junto a las bombillas de recambio. Siguio sentado un minuto mas, reacio a abandonar su conocido asiento, y solo logro levantarse convenciendose de que buscar alguna clase de luz era la unica reaccion
