del mostrador, una opinion que, al parecer, nadie se habia molestado en borrar.
– Disculpe -empezo Ricky, pero fue interrumpido.
– Nadie pide disculpas realmente. Lo dicen, pero nunca es de verdad. Pero que caray, yo escucho a todo el mundo. Asi que, ?por que pide disculpas?
– No me ha entendido bien. Lo que queria decir es…
– Nadie dice lo que quiere decir. Eso es algo importante que te ensena la vida. Todo iria mejor si mas gente lo aprendiera.
El sargento debia de tener cuarenta y pocos anos y exhibia una sonrisa indiferente que parecia indicar que, llegado a este punto de su vida, ya habia visto todo lo que valla la pena ver. Era un hombre fornido, de cuello ancho, de culturista, y un cabello negro y lacio que llevaba peinado hacia atras. El mostrador estaba lleno de formularios e informes de incidentes, dispuestos, al parecer, sin orden ni concierto. De vez en cuando agarraba un par y los grapaba con un punetazo que propinaba a la anticuada grapadora antes de lanzarlos a una bandeja metalica de rejilla.
– Si me lo permite, volvere a empezar -dijo finalmente Ricky con brusquedad.
El sargento sonrio de nuevo sacudiendo la cabeza.
– Nadie puede volver a empezar, por lo menos que yo sepa.
Todos decimos que queremos encontrar una manera de empezar la vida de nuevo, pero las cosas no son asi. Pero que caray, pruebe. Quiza sea el primero. A ver, ?en que puedo ayudarle?
– Hoy ha habido un incidente en la parada de metro de la calle Noventa y dos. Un hombre se ha caido…
– Salto, he oido. ?Es usted un testigo?
– No. Pero conocia a ese hombre, creo. Era su medico. Necesito informacion…
– Medico, ?eh? ?Que clase de medico?
– Seguia un tratamiento psicoanalitico conmigo.
– ?Es psiquiatra?
Ricky asintio.
– Un trabajo interesante -comento el policia-. ?Usa un divan de esos?
– Exacto.
– ?De veras? ?Y la gente todavia tiene cosas que contar? En mi caso, me parece que me echaria una siesta en cuanto recostara la cabeza. Un bostezo y me quedaria frito. Pero la gente habla mucho, ?verdad?
– A veces.
– Genial. Bueno, hay uno que ya no hablara mas. Sera mejor que hable con quien lleva el caso. Cruce la puerta doble, siga el pasillo, la oficina queda a la izquierda. Se lo han dado al detective Riggins. O lo que quedaba de el despues de que el expreso de la Octava Avenida pasara por la estacion de la calle Noventa y dos a casi cien kilometros por hora. Si quiere detalles, ahi se los daran.
Hable con Riggins.
El policia senalo un par de puertas que daban a las entranas de la comisaria. En ese momento, Ricky oyo como un sonido creciente surgia de algun lugar que parecia situado debajo y encima de ellos alternativamente. El sargento sonrio.
– Ese tio me va a destrozar los nervios antes de que acabe mi turno -comento, y se volvio para recoger un fajo de papeles y lo grapo, produciendo un ruido parecido a un disparo-. Si no se calla, lo mas probable es que yo mismo precise un psiquiatra al final de la noche. Lo que usted necesita, doctor, es un divan portatil.
Se rio e hizo un movimiento con la mano para alejar a Ricky en la direccion correcta, y la brisa que levanto hizo vibrar los papeles.
A la izquierda habia una puerta con el rotulo DETECTIVES.
Ricky Starks la empujo para entrar en un despacho pequeno con mesas deprimentes de metal gris y la misma iluminacion hiriente.
Parpadeo un instante, como si el resplandor le escociera los ojos como agua salada. Un detective con camisa blanca y corbata roja sentado a la mesa mas cercana lo miro.
– ?Que quiere?
– ?Detective Riggins?
– No, no soy yo. -Sacudio la cabeza-. Esta alli, hablando con el ultimo testigo del hombre que se ha suicidado hoy.
Ricky miro al otro lado de la habitacion y vio a una mujer de mediana edad con una camisa de hombre azul celeste y una corbata de seda a rayas con el nudo muy suelto, mas como una soga alrededor del cuello que otra cosa, unos pantalones grises que parecian fundirse con la decoracion y unas incongruentes zapatillas de deporte blancas con una banda naranja iridiscente. Llevaba el cabello rubio oscuro recogido con severidad en una coleta, lo que la hacia parecer un poco mayor de los treinta y cinco anos que Ricky podria haberle dado. Tenia unas diminutas patas de gallo. La mujer estaba hablando con dos muchachos negros que vestian vaqueros exageradamente holgados y gorras colocadas en un angulo extrano, como si se las hubieran pegado torcidas a la cabeza. Si Ricky hubiese estado un poco mas al corriente de las cuestiones mundanas, habria reconocido la moda del momento, pero solo penso que su aspecto era extrano y un poco inquietante. Si se hubiese encontrado a ese par en la calle, sin duda se habria asustado.
El detective que estaba sentado frente a el le pregunto de golpe:
– ?Ha venido por el hombre que se ha suicidado hoy en el metro?
Ricky asintio. El hombre descolgo el telefono y senalo unas sillas junto a una pared de la oficina. En una de ellas habia una mujer desalinada y sucia de edad indefinida, cuyo cabello plateado e hirsuto parecia explotarle en multiples direcciones y que al parecer hablaba sola. La mujer llevaba un abrigo raido que no dejaba de cenirse cada vez con mas fuerza, y se balanceaba levemente en el asiento, como siguiendo el compas de la electricidad que le invadia el cuerpo. El diagnostico de Ricky fue inmediato: indigente y esquizofrenica. No habia atendido profesionalmente a nadie con su afeccion desde sus dias de universidad, aunque a lo largo de los anos se habia cruzado con muchas personas parecidas que caminaban por las calles como casi cualquier otro neoyorquino. En los ultimos anos, el numero de indigentes en la calle parecia haber disminuido, pero Ricky suponia que simplemente los habian enviado a otras ubicaciones en una maniobra politica destinada a lograr que los turistas entusiastas y las personas acomodadas y adineradas que transitaban el centro de la ciudad no tuvieran que verlos con tanta frecuencia.
– Tome asiento al lado de Lu Anne -dijo el detective-. Informare a Riggins de que esta usted aqui.
Ricky se puso tenso al oir el nombre de la mujer. Inspiro hondo y se acerco a la hilera de sillas.
– ?Puedo sentarme aqui? -pregunto a la vez que senalaba la que estaba situada junto a la mujer.
Ella levanto los ojos, algo sorprendida.
– El senor quiere saber si se puede sentar aqui. ?Quien cree que soy yo? ?La reina de las sillas? ?Que deberia decirle? ?Si? ?No?
– Puede sentarse donde quiera…
Lu Anne tenia unas unas mugrientas y rotas, cicatrices y ampollas en las manos y, en una, un corte que parecia infectado, con la piel hinchada alrededor de una costra morada. Ricky penso que debia de ser doloroso, pero no dijo nada. Lu Anne se froto las manos como un cocinero que espolvorea un plato con sal.
Ricky se sento en la silla. Se movio, como si tratara de ponerse comodo, y pregunto:
– ?Asi que usted estaba en el anden cuando ese hombre se cayo a la via?
Lu Anne levanto la mirada hacia los fluorescentes y contemplo el resplandor brillante e implacable.
– Asi que el senor quiere saber si yo estaba ahi cuando el hombre salto delante del tren -contesto despues de estremecerse ligeramente-. No se imagina lo que yo vi, toda la sangre y la gente que gritaba, algo terrible. Y despues llego la policia.
– ?Usted vive en la estacion de metro?
– El senor quiere saber si vivo ahi. Pues bien, deberia decirle que a veces. A veces vivo ahi.
Lu Anne aparto por fin la mirada de los fluorescentes y, con un rapido parpadeo, parecio mover la cabeza como si viera fantasmas por la habitacion. Pasado un momento, se volvio hacia Ricky.
– Lo vi -dijo-. ?Estaba usted tambien ahi?
– No, pero conocia al hombre que murio.
– Oh, que triste. -Lu Anne sacudio la cabeza-. Muy triste para usted. Algunos conocidos mios han muerto. Fue triste para mi entonces.
