tienda para comprobar su aspecto y, en lugar del medico disciplinado y sereno que saludaba a sus pacientes con el rostro inexpresivo a la puerta de su consulta, vio a un hombre desalinado y ansioso, perdido en un mar de indecision. Parecia agobiado y acaso un poco asustado.

Dedico unos instantes a recobrar la compostura.

Nunca antes, en sus casi tres decadas de profesion, habia roto la relacion rigida y formal entre paciente y analista. Jamas habia imaginado que iria a casa de un paciente a ver como estaba. Por muy desesperado que pudiese sentirse el paciente, era este quien se desplazaba con su depresion hacia la consulta. El quien se acercaba a Ricky. Si estaba angustiado y abrumado, lo llamaba y pedia hora. Eso formaba parte del proceso de mejora. Por dificil que les resultara a algunas personas, por mucho que sus emociones las incapacitaran, el mero acto fisico de ir a su consulta era un paso fundamental. Verse fuera de la consulta era algo totalmente excepcional. A veces, las barreras artificiales y las distancias que creaba la relacion entre paciente y medico parecian crueles, pero gracias a ellas se llegaba a la percepcion.

Vacilo en la esquina, a media manzana del piso de Zimmerman, un poco sorprendido de estar ahi. Que su vacilacion se diferenciara poco de las veces en que Zimmerman caminaba arriba y abajo frente a su edificio le paso inadvertido.

Dio dos o tres pasos y se detuvo. Sacudio la cabeza y, en voz baja, mascullo:

– No puedo hacerlo.

Una pareja joven que pasaba cerca debio de oir sus palabras, porque el chico dijo:

– Claro que puedes, tio. No es tan dificil.

La chica se echo a reir y simulo darle un golpecito como si lo reprendiera por ser tan ingenioso y maleducado a la vez. Siguieron adelante, hacia lo que les esperara esa noche, mientras que Ricky seguia parado, balanceandose como un bote amarrado, incapaz de desplazarse, pero aun asi zarandeado por el viento y las corrientes.

Recordo las palabras de Virgil: Zimmerman habia decidido dejar el tratamiento a las dos y treinta y siete de esa tarde en una parada de metro cercana.

No tenia sentido.

Miro hacia atras y vio una cabina telefonica en la esquina. Se acerco, introdujo una moneda y marco el numero de Zimmerman.

De nuevo el telefono sono una docena de veces sin que nadie contestara.

Esta vez, sin embargo, Ricky se sintio aliviado. La ausencia de respuesta en casa de Zimmerman parecia eximirlo de la necesidad de llamar a su puerta, aunque le sorprendia que la madre no contestara. Segun su hijo, se pasaba casi todo el dia postrada en cama, incapacitada y enferma, salvo para sus inagotables exigencias y comentarios denigrantes, que soltaba sin cesar.

Colgo y retrocedio. Echo un largo vistazo al edificio donde vivia Zimmerman y sacudio la cabeza. «Tienes que controlar esta situacion», se dijo.

La carta amenazadora, el acoso a la hija de su sobrino y la aparicion de aquella despampanante mujer en su consulta habian alterado su equilibrio. Necesitaba reimplantar el orden en los acontecimientos y trazarse un camino para salir del juego en que estaba atrapado. Lo que no debia hacer era malograr casi un ano de analisis con Roger Zimmerman por estar asustado y actuando con precipitacion.

Decirse estas cosas lo tranquilizo. Dio media vuelta, decidido a regresar a su casa y hacer las maletas para irse de vacaciones.

Sin embargo, vio la entrada de la parada de metro de la calle Noventa y dos. Como muchas otras, consistia en unas simples escaleras que se hundian en la tierra, con un discreto rotulo de letras amarillas arriba. Avanzo en esa direccion, se detuvo un momento en lo alto de las escaleras y bajo, impulsado de repente por una sensacion de error y de miedo, como si algo estuviera saliendo despacio de la niebla y volviendose nitido. Sus pasos resonaron en los peldanos. La luz artificial zumbaba y se reflejaba en las baldosas de la pared. Un tren distante gruno en un tunel. Lo asalto un olor rancio, como al abrir un armario que lleva anos cerrado, seguido de una sensacion de moderado calor, como si las temperaturas del dia hubiesen calentado la parada y esta recien empezara a enfriarse. En ese momento habia poca gente en la estacion, y en la taquilla vio a una mujer negra. Espero un momento hasta que no la atosigara nadie pidiendole cambio y se acerco. Se inclino hacia la rejilla plateada para hablar a traves del cristal.

– Perdone -dijo.

– ?Quiere cambio? ?Direcciones? En aquella pared de alli tiene los planos.

– No es eso. Me gustaria saber algo. Se que puede parecer extrano pero…

– ?Que es lo que quiere?

– Bueno, me gustaria saber si hoy ha ocurrido algo aqui. Esta tarde…

– Para eso tendra que hablar con la policia -afirmo la mujer con energia-. Ha ocurrido antes de mi turno.

– Pero ?que…?

– Yo no estaba. No he visto nada.

– Pero ?que ha pasado?

– Un hombre se lanzo a las vias, O se cayo, no lo se. La policia vino y se fue antes de que empezara mi turno. Lo limpiaron todo y se llevaron a un par de testigos. Eso es todo lo que se.

– ?Que policia?

– La comisaria de la Noventa y seis con Broadway. Hable con ellos. Yo no tengo detalles.

Ricky retrocedio con un nudo en el estomago. La cabeza le daba vueltas y sentia nauseas. Necesitaba aire y ahi dentro no lo habia. Un tren inundaba la estacion con un chirrido insoportable, como si reducir la velocidad para parar fuera una tortura. El sonido lo taladro y lo sacudio como si le dieran punetazos.

– ?Se encuentra bien? -grito la mujer de la taquilla por encima del estrepito-. Parece enfermo.

El asintio y susurro una respuesta que la mujer no pudo oir.

Y, como un borracho que intenta conducir un coche por una carretera sinuosa, zigzagueo hacia la salida.

5

A Ricky le resultaba desconocido todo lo referente al mundo en que se sumio esa noche.

Las imagenes, los sonidos y los olores de la comisaria de la Noventa y seis con Broadway constituian una ventana a la ciudad a la que el nunca se habia asomado y de cuya existencia solo era vagamente consciente. Nada mas entrar se notaba un ligero hedor a orina y vomito que pugnaba con otro mas potente a desinfectante, como si alguien hubiese devuelto copiosamente y la posterior limpieza se hubiera hecho sin cuidado y con prisas. La acritud le hizo vacilar, lo suficiente para verse asaltado por una algarabia insolita, mezcla de lo rutinario y lo surrealista. Un hombre gritaba palabras ininteligibles desde alguna area de detencion fuera de la vista, palabras que parecian reverberar incongruentemente en el vestibulo, donde una mujer hecha un basilisco sostenia a un nino lloroso frente al ancho mostrador de madera del sargento de guardia a la vez que le soltaba imprecaciones en un espanol graneado.

A su lado pasaban policias con la camisa azul empapada de sudor, y sus pistoleras de cuero hacian un extrano contrapunto al crujido de sus relucientes zapatos negros. Un telefono sono en alguna parte, pero nadie contesto. Habia idas y venidas, risas y lagrimas, todo ello salpicado de juramentos de agentes bruscos o de los visitantes esporadicos, algunos de ellos esposados, que eran conducidos bajo los fluorescentes implacables de la recepcion.

Ricky cruzo la puerta, confundido por todo lo que veia y oia, nada seguro de lo que debia hacer. Un policia le rozo al pasar veloz a su lado mientras decia «Quita de en medio», lo que le hizo apartarse de golpe, como si hubieran tirado de el con una cuerda.

La mujer del mostrador levanto un puno y lo blandio ante el sargento de guardia con un torrente final de palabras que fluyeron como una solida muralla de improperios y, tras dar al nino una sacudida para que se volviera, se giro con el entrecejo fruncido y, al salir, empujo a Ricky como si fuera tan insignificante como una cucaracha. Ricky se recompuso y se acerco al sargento. Alguien habia grabado a escondidas JODT en la madera

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