Casi sonrio ante la indole modestamente diabolica del plan de Rumplestiltskin. sabia que Ricky estaria trastornado por los interrogantes que rodeaban la muerte de Zimmerman. sabia que sin duda estaria asustado por el allanamiento de su hogar y su consulta. Sabia que estaria inquieto e inseguro, quiza sobrecogido ante la rapida sucesion de los acontecimientos. Rumplestiltskin habia previsto todo eso y especulado sobre la primera reaccion de Ricky: buscar ayuda. ?Y adonde hubiera recurrido? Habria querido hablar, no actuar, porque esa era la naturaleza de su profesion, y por tanto habria acudido a otro analista. Un amigo que pudiera servirle de caja de resonancia. Alguien que habria vacilado y escuchado todos los detalles y ayudado a Ricky a revisar la multitud de cosas desencadenadas con tanta rapidez.
Pero eso ya no ocurriria.
La carta con las acusaciones de violacion, incluida la gratuita y desagradable descripcion de la ultima sesion, habia sido enviada a la jerarquia de la Sociedad Psicoanalitica justo cuando todos se preparaban para las vacaciones de agosto. No habia tiempo para negar con razones la acusacion, ni ningun foro disponible donde hacerlo con efectividad. La horrible acusacion recorreria veloz el mundo del psicoanalisis neoyorquino como un chisme en un estreno de Hollywood. Ricky era un hombre con muchos colegas y pocos amigos de verdad, y el lo sabia. No era probable que esos colegas quisieran mancillar su reputacion entrando en contacto con un medico que podia haber violado el tabu mas importante de la profesion. La acusacion de haber abusado de su posicion como terapeuta y analista para obtener los favores sexuales mas abyectos y sucios, y de haber dado la espalda al dano psicologico que habia provocado era el equivalente psicoanalitico de la peste, lo que le convertia a el en una moderna «Maria Tifoidea», la famosa portadora de la bacteria
Y eso tardaria meses.
Habia otro efecto secundario: la gente que creia conocer a Ricky se plantearia ahora que sabia de el y como. Comprendio que era una mentira envenenada porque el mero hecho de negarla haria que los miembros de su profesion pensaran que se estaba encubriendo.
«Estoy solo -se dijo-. Aislado. Desorientado.» Respiro hondo, como si el aire de la consulta se hubiese solidificado. Comprendio que eso era lo que Rumplestiltskin queria: que estuviese solo.
Volvio a mirar las dos cartas. En la denuncia falsa, su autora habia incluido los nombres de un ahogado de Manhattan y de un psiquiatra de Boston. No pudo evitar estremecerse. Sabia que esos nombres figuraban ahi para el. Se suponia que era el camino que debia seguir.
Penso en la espantosa oscuridad de la consulta la noche anterior. Lo unico que habia tenido que hacer para tener luz era seguir el camino facil y enchufar lo que estaba desconectado. Sospechaba que esto era mas o menos lo mismo. Solo que no sabia donde podria conducirlo ese camino.
Dedico el resto del dia a examinar todos los detalles de la carta de Rumplestiltskin, tratando de diseccionarla mas, y a escribir notas precisas sobre todo lo ocurrido, prestando la mayor atencion a cada palabra hablada, recreando los dialogos como un reportero que prepara una noticia, buscando una perspectiva que se le escapaba con facilidad. Lo que le resultaba mas escurridizo eran las palabras exactas de la mujer, Virgil. No tenia problemas para recordar su figura o la picardia de su voz, pero su belleza era como una cubierta protectora de sus palabras. Eso le inquietaba, porque contradecia su preparacion y su costumbre. Como cualquier buen analista, se pregunto por que era tan incapaz de concentrarse, cuando la verdad era tan evidente que cualquier adolescente reincidente se la podria haber dicho.
Estaba acumulando notas y observaciones, buscando refugio en el mundo interior en el que se sentia comodo. Pero a la manana siguiente, despues de haberse puesto traje y corbata y de haber dedicado un momento a marcar con una equis otro dia en el calendario, empezo de nuevo a sentir la presion de tener el tiempo en contra. Penso que era importante formular por lo menos su primera pregunta y llamar al Times para publicarla en un anuncio.
El calor de la manana parecia burlarse de el y se le condenso debajo del traje casi de inmediato. Supuso que lo seguian, pero se nego a volverse para comprobarlo. De todos modos, tampoco sabria descubrir a una persona que lo siguiera. En las peliculas, al heroe no le costaba demasiado detectar las fuerzas del mal que lo acechaban. Los malos llevaban sombreros negros y una mirada furtiva en los ojos. En la vida real era muy distinto. Todo el mundo es sospechoso. Todo el mundo esta absorto. El repartidor de la esquina delante de una tienda de comestibles, el empresario que caminaba deprisa por la acera, el indigente en un hueco, los rostros tras los cristales del restaurante o un coche que pasaba. Cualquiera podria estar observandole o no. Imposible saberlo. Estaba acostumbrado al mundo concentrado de la consulta de analista, en que los papeles eran mucho mas claros. En la calle, era imposible saber quien podia estar tomando parte en el juego y vigilandole, y quien era solo uno mas de los ocho millones de personas que poblaban de repente su mundo.
Ricky se encogio de hombros y paro un taxi en la esquina. El taxista tenia un nombre extranjero impronunciable y estaba escuchando una extrana emisora de musica de Oriente Medio. Una cantante se lamentaba con una voz aguda que vibraba al cambiar de tono. Cuando empezo una nueva melodia, solo cambio el compas; los gorgoritos parecian los mismos. No entendia ninguna palabra, pero el conductor, encantado, tamborileaba el volante con los dedos siguiendo el ritmo. Asintio cuando Ricky le dio la direccion, y se interno con rapidez en el trafico. Ricky se pregunto cuanta gente subiria a ese taxi cada dia. El taxista no tenia forma de saber si llevaba a sus pasajeros a algun acontecimiento trascendental de su vida o a solo un momento mas. El taxista hizo sonar el claxon en un cruce y lo condujo a traves de las calles abarrotadas sin pronunciar palabra.
Un camion de mudanzas blanco bloqueaba el lado de la calle donde estaba situado el bufete del abogado, solo dejando espacio para que los coches pasaran justito. Tres o cuatro hombres fornidos entraban y salian por la puerta principal del modesto y corriente edificio de oficinas, y subian una rampa de acero hacia el camion con cajas de carton y algun que otro mueble, sillas, sofas y similares. Un hombre con una chaqueta azul y una insignia de seguridad vigilaba como trabajaban los transportistas a la vez que observaba a los transeuntes con un recelo que indicaba que su presencia obedecia a un solo objetivo y su rigidez se encargaria de que este se cumpliera. Ricky bajo del taxi y se acerco al hombre de la chaqueta.
– Estoy buscando las oficinas del senor Merlin. Es abogado…
– Sexto piso, arriba del todo -contesto el hombre sin apartar la vista del desfile de transportistas-. ?Tenia hora concertada? Estan muy ocupados con lo del traslado.
– ?Se trasladan?
– Ya lo ve -senalo el hombre de la chaqueta-. Les va muy bien; ganan mucho, segun tengo entendido. Puede subir, pero no estorbe.
El ascensor zumbaba pero, gracias a Dios, no tenia musica ambiental. Cuando se abrieron las puertas en el sexto piso, Ricky vio de inmediato el bufete del abogado. Una puerta se abrio de golpe y aparecieron dos hombres que se peleaban con una mesa, levantandola e inclinandola, para pasar por el umbral. Una mujer de mediana edad con vaqueros, zapatillas de deporte y una camiseta de diseno los contemplaba atentamente.
– Esa es mi mesa, maldita sea, y me conozco todas sus manchas y rayas. Si le hacen una nueva, tendran que comprar otra.
Los dos hombres se esmeraron con el entrecejo fruncido. La mesa paso por la puerta con unos milimetros de margen. Detras de los hombres habia cajas amontonadas en el pasillo interior, estanterias vacias y mesas: todos los elementos que se relacionarian normalmente con una oficina ajetreada, preparados para ser trasladados. La mujer de los vaqueros echo la cabeza atras y agito su melena color caoba con evidente irritacion. Tenia el aspecto de una mujer a la que le gustaba la organizacion, y el caos de la mudanza le resultaba casi doloroso. Ricky se acerco a ella.
– Estoy buscando al senor Merlin -dijo.
– ?Es un cliente? -La mujer se volvio hacia el-. Hoy no hemos dado ninguna hora. Es el dia del traslado.
– En cierto modo -contesto Ricky.
– Bueno, veamos, ?a que modo se refiere? -repuso la mujer con frialdad.
– Soy el doctor Frederick Starks. El senor Merlin y yo tenemos algo que discutir. ?Esta en la oficina?
La mujer parecio sorprendida. Sonrio de modo desagradable a la vez que asentia con la cabeza.
– Se quien es usted. Pero no creo que el senor Merlin esperara su visita tan pronto.
– ?De veras? Yo me imaginaba que era justo lo contrario.
La mujer aguardo mientras salia otro hombre con una lampara en una mano y una caja de libros bajo el otro brazo. Se volvio y le comento:
