policia de Nueva York en la esquina superior izquierda. Lo abrio y comprobo que contenia un trozo de papel unido a una hoja fotocopiada. Leyo la carta pequena.
Estimado doctor Starks:
En nuestra investigacion descubrimos la hoja adjunta entre los efectos personales de Zimmerman. Como le menciona y parece comentar su tratamiento, se la envio. Por cierto, el caso sobre esta muerte esta cerrado.
Atentamente, Detective J. Riggins Ricky leyo la fotocopia. Era breve, estaba mecanografiada y le provoco un miedo difuso.
A quien lo lea:
Hablo y hablo pero no mejoro. Nadie me ayuda. Nadie escucha a mi yo real. He dejado todo dispuesto para los cuidados de mi madre. Lo encontraran en mi oficina junto con mi testamento, los papeles del seguro y los demas documentos. Pido perdon a todos los implicados, salvo al doctor Starks. Adios a los demas.
ROGER ZIMMERMAN Hasta la firma estaba mecanografiada. Ricky contemplo la nota de suicidio y sintio que sus emociones lo abandonaban.
9
Para Ricky la nota de Zimmerman no podia ser autentica.
En su fuero interno se mantenia firme: era tan poco probable que Zimmerman se suicidara como que lo hiciera el mismo. No mostraba ningun signo de tendencias suicidas, inclinaciones a la autodestruccion ni propension a la violencia contra si mismo.
Zimmerman era neurotico y testarudo, y estaba apenas empezando a comprender la percepcion analitica; era un hombre al que todavia habia que empujar para que consiguiese algo, como sin duda habian tenido que empujarlo a la via del metro. Pero Ricky empezaba a tener problemas para discernir la realidad de lo que no lo era. Incluso con la nota de Riggins delante, tras su visita a la estacion de metro y la comisaria, seguia costandole aceptar la realidad de la muerte de Zimmerman. Seguia alojado en algun lugar surrealista de su mente. Bajo los ojos hacia la carta de suicidio y comprendio que el era la unica persona nombrada. Volvio a reparar en que no estaba firmada a mano, solo habian mecanografiado el nombre. O lo habia hecho el propio Zimmerman si es que el la habia escrito.
La cabeza le daba vueltas y sintio un mareo acompanado de nauseas que sin duda eran psicosomaticas. Subio en ascensor con la sensacion de arrastrar un peso atado a los tobillos y otro sobre los hombros. Las primeras sombras de autocompasion se cernieron sobre su corazon y la pregunta «?por que yo?» perseguia sus pasos lentos. Para cuando llego a su consulta, estaba agotado.
Se desplomo sobre la silla del despacho y cogio la carta de la Sociedad Psicoanalitica. Tacho mentalmente el nombre del abogado, aunque no era tan tonto como para pensar que ya no sabria nada mas de Merlin, quienquiera que fuese. En la carta figuraba el nombre del terapeuta de Boston que su supuesta victima estaba visitando, y Ricky supo que sin duda se pretendia que ese fuera su siguiente contacto. Por un momento deseo ignorar el nombre, no hacer lo que se esperaba de el, pero al mismo tiempo penso que no proclamar con decision su inocencia se consideraria propio de un hombre culpable, de modo que, aunque estuviera previsto y resultara inutil, tenia que hacer esa llamada.
Todavia con el estomago revuelto, marco el numero del terapeuta. Sono una vez y, como medio esperaba, salto un contestador automatico:
«Le habla el doctor Martin Soloman. En este momento no puedo atender su llamada. Por favor, deje su nombre, su numero y su mensaje y le llamare lo antes posible.»
«Por lo menos no se ha ido aun de vacaciones», penso Ricky.
– Doctor Soloman -dijo, intentando sonar con rabia e indignacion-, soy el doctor Frederick Starks, de Manhattan. Una paciente suya me ha acusado de una grave falta de etica. Me gustaria informarle de que esas acusaciones son totalmente falsas. Son una fantasia, sin ninguna base en lo esencial ni en la realidad. Gracias.
Y colgo. La solidez del mensaje lo reanimo un poco. Consulto su reloj. «Cinco minutos -penso-. Diez como mucho, para que me devuelva la llamada.»
En eso acerto. Al cabo de siete minutos sono el telefono.
Contesto con un grave y solido:
– Al habla el doctor Starks.
Su interlocutor parecio inspirar hondo antes de hablar.
– Soy Martin Soloman, doctor. Recibi su mensaje y me parecio que lo mejor seria llamarle de inmediato.
Ricky espero un momento antes de hablar, lo que lleno la linea de silencio.
– ?Quien es esa paciente que me ha acusado?
Fue correspondido con un silencio igual antes de que Soloman contestara.
– No estoy autorizado aun a divulgar su nombre. Me ha dicho que, cuando los investigadores del Colegio de Medicos se pongan en contacto conmigo, se pondra a su disposicion. El mero hecho de denunciarlo a la Sociedad Psicoanalitica de Nueva York ha sido un paso importante en su recuperacion. Necesita seguir con precaucion. Pero esto me parece increible, doctor. Seguro que sabe quienes han sido sus pacientes en un margen tan corto de tiempo.
Y acusaciones como la suya, con los detalles que me ha dado en los ultimos seis meses, sin duda dan credito a lo que dice.
– ?Detalles? ?Que clase de detalles?
– Bueno, no se si debo… -vacilo el medico.
– No sea ridiculo. No he creido ni por un momento que esa persona exista -lo interrumpio Ricky con brusquedad.
– Le aseguro que es real. Y su dolor es considerable -replico el terapeuta, en una imitacion de lo que el abogado Merlin habia afirmado con anterioridad ese mismo dia-. Francamente, doctor, encuentro sus desmentidos muy poco convincentes.
– A ver, entonces, ?que detalles?
– Le ha descrito fisica e intimamente -afirmo Soloman tras vacilar-. Ha descrito su consulta. Puede imitar su voz de un modo que ahora me resulta asombrosamente exacto…
– Imposible -solto Ricky.
– Digame, doctor -quiso saber Soloman tras otra pausa-, en la pared de su consulta, junto al retrato de Freud, ?tiene una xilografia azul y amarilla de un ocaso en Cape Cod?
Ricky se quedo sin respiracion. De las pocas obras de arte que quedaban en su monastica casa, esa era una. Se la habia regalado su mujer en su decimoquinto aniversario de bodas, y era una de las pocas cosas que habian sobrevivido a la purga de su presencia despues de que sucumbiera al cancer.
– La tiene, ?verdad? -continuo Soloman-. Mi paciente dijo que se concentraba en esa obra e intentaba transportarse a la imagen mientras usted abusaba sexualmente de ella. Como una experiencia extracorporea. He conocido otras victimas de delitos sexuales que hacian lo mismo, imaginarse en otro sitio fuera de la realidad.
Es un mecanismo de defensa bastante habitual.
– Nada de eso tuvo lugar nunca.
Ricky trago saliva con dificultad.
– Bueno -repuso Soloman con brusquedad-, no es a mi a quien tiene que convencer.
Ricky vacilo antes de preguntar:
– ?Cuanto tiempo hace que atiende a esta paciente?
– Seis meses. Y todavia nos queda mucho camino por recorrer.
– ?Quien se la mando?
– ?Como dice?
– ?Quien la mando a su consulta?
