Ricky se sintio como un imbecil. Aquellas palabras le sacudian como otros tantos punetazos en un combate desigual. Inspiro hondo y penso en lo estupido que habia sido ir al bufete, y que lo mas inteligente era marcharse. Iba a levantarse, cuando Merlin anadio:

– El infierno puede adoptar muchas formas, doctor Starks.

Piense en mi como en una de ellas.

– ?A que se refiere? -repuso Ricky, y recordo lo que Virgil habia dicho en su primera visita: que iba a ser su guia hacia el infierno, y que de ahi procedia su nombre.

– En tiempos del rey Arturo -prosiguio el abogado, sonriente y nada desagradable, con la confianza de un hombre que ha medido al adversario y lo ha visto claramente inferior- el infierno era muy real para toda clase de personas, incluso las educadas y refinadas. Creian de verdad en demonios, diablos, posesiones de espiritus malignos, lo que usted quiera. Podian oler el fuego y el azufre que esperaban a los impios y creian que los abismos en llamas y las torturas eternas eran consecuencias razonables de una mala vida. En la actualidad, las cosas son mas complicadas, ?verdad, doctor? No creemos que vayamos a sufrir la maldicion del fuego eterno, Y ?que tenemos en su lugar? Los abogados. Y le aseguro, doctor, que puedo convertirle facilmente la vida en algo que recuerde una imagen medieval plasmada por uno de esos artistas de pesadilla. ‘Tendria que elegir el camino facil, doctor. El camino facil. Sera mejor que vuelva a comprobar su poliza de seguros.

La puerta de la sala de reuniones se abrio de golpe y dos de los hombres de la mudanza vacilaron antes de entrar.

– Nos gustaria llevarnos esto ahora -comento uno de ellos-. Es lo unico que falta.

– Muy bien. -Merlin se levanto-. Creo que el doctor Starks ya se iba.

– Si. -Ricky asintio y tambien se puso de pie. Echo un vistazo a la tarjeta del abogado-. ?Es aqui donde deberia ponerse en contacto con usted mi abogado?

– Exacto.

– Muy bien -dijo-. ?Y podremos localizarlo…?

– Cuando quiera, doctor. Creo que lo mejor seria que lo solucionara cuanto antes. Seguro que no le apetece desperdiciar las vacaciones preocupandose por mi, ?no?

Ricky no contesto, aunque se percato de que no le habia mencionado su intencion de irse de vacaciones. Se limito a asentir, se volvio y salio de la oficina sin mirar atras.

Ricky subio a un taxi para ir al hotel Plaza. Estaba a solo doce manzanas de distancia. Para lo que Ricky tenia en mente, parecia la mejor eleccion. El taxi recorrio veloz el centro de ese modo tan particular que tienen los taxis urbanos, con aceleraciones rapidas, adelantamientos, frenazos, cambios de marcha y eslalones a traves del trafico, sin lograr ni mejor ni peor tiempo que si hubieran seguido un camino regular, tranquilo y recto. Ricky observo la licencia del taxista que, como era de esperar, tenia otro incomprensible apellido extranjero. Se recosto y penso en lo dificil que resulta a veces encontrar taxi en Manhattan. Era extrano que hubiera uno libre para el con tanta facilidad cuando salio, aturdido, del bufete del abogado. Como si lo hubiese estado esperando.

El taxista se detuvo en seco junto al bordillo de la entrada del hotel. Ricky pago la carrera a traves de la separacion de plexiglas y bajo del coche. Sin prestar atencion al portero, subio presuroso la escalinata y cruzo las puertas giratorias. El vestibulo estaba repleto de gente. Avanzo con rapidez entre varios grupos, montones de maletas y botones apresurados, hacia The Palm Court. En el extremo donde estaba el restaurante se detuvo, observo el menu un instante y luego se dirigio hacia el pasillo al paso mas rapido que podia sin atraer la atencion, mas bien como alguien que va a perder un tren. Fue directo a la puerta del hotel que daba al sur de Central Park y salio a la calle.

Habia un portero que estaba pidiendo taxis para los clientes que salian. Ricky se adelanto a una familia reunida en la acera.

– ?Me permiten? -dijo a un padre de mediana edad vestido con una camisa de estampado hawaiano y rodeado por tres ninos alborotadores de entre seis y diez anos. Junto a ellos, una esposa anodina cuidaba de toda la prole-. Se trata de una emergencia. No quisiera ser grosero, pero…

El padre miro a Ricky como si ningun viaje familiar de Idaho a Nueva York estuviera completo si alguien no te roba el taxi, y asintio sin decir nada. Ricky subio y oyo como la mujer decia:

– ?Que estas haciendo, Ralph? Era nuestro taxi.

«Este taxista, por lo menos, no es alguien contratado por Rumplestiltskin», penso Ricky mientras le daba la direccion del local de Merlin.

Como sospechaba, el camion de mudanzas ya no estaba aparcado a la puerta. El guarda de seguridad con la chaqueta azul tambien habia desaparecido.

Ricky se inclino y dio un golpecito al plastico que lo separaba del conductor.

– He cambiado de idea -dijo-. Lleveme a esta direccion, por favor. -Leyo la direccion que aparecia en la tarjeta del abogado-.

Pare a una manzana de distancia, ?de acuerdo? No quiero bajarme delante.

El taxista se encogio de hombros y asintio.

Tardaron un cuarto de hora a causa del trafico. La direccion que figuraba en la tarjeta de Merlin estaba cerca de Wall Street.

Olia a prestigio.

El conductor se detuvo una manzana antes de la direccion.

– Es ahi -indico el hombre-. ?Quiere que lo acerque mas?

– No -respondio Ricky-. Aqui esta bien.

Pago y abandono el reducido asiento trasero.

Como medio sospechaba, no habia rastro del camion de mudanzas frente al gran edificio de oficinas. Miro arriba y abajo, pero no vio rastro del abogado, de la empresa ni del mobiliario de oficina. Comprobo la direccion de la tarjeta y se aseguro de estar en el sitio correcto. Echo un vistazo al interior del edificio y vio un mostrador de seguridad en el vestibulo. Un guardia uniformado leia una novela de bolsillo detras de un grupo de pantallas de video y de un tablero electronico que mostraba los movimientos del ascensor. Ricky entro en el edificio y se acerco a un directorio de oficinas colocado en la pared. Lo comprobo deprisa y no encontro a nadie llamado Merlin. Se dirigio hacia el guardia, que levanto la vista.

– ?Puedo ayudarle? -pregunto.

– Si -contesto Ricky-. Tal vez me he confundido. Tengo la tarjeta de este abogado, pero no lo encuentro en el directorio. Deberia instalarse aqui hoy.

El guardia estudio la tarjeta, fruncio el entrecejo y meneo la cabeza.

– La direccion es correcta -afirmo-. Pero no tenemos a nadie con este nombre.

– ?Quizas una oficina vacia? Como le dije, se trasladaban hoy.

– Nadie aviso de eso a seguridad. Y no hay ningun local vacio, desde hace anos.

– Que extrano. Debe de ser un error de imprenta.

– Podria ser -dijo el guardia, y le devolvio la tarjeta.

Ricky penso que habia ganado su primera escaramuza con el hombre que lo acechaba. Pero no estaba seguro de que obtenia con ello.

Cuando llego a casa todavia se sentia algo petulante. No sabia muy bien a quien habia conocido en aquel bufete y se preguntaba si Merlin no seria en realidad el propio Rumplestiltskin. Penso que era una posibilidad cierta, porque no habia duda de que el cerebro del asunto querria ver a Ricky en persona, cara a cara. No estaba seguro de por que lo creia, pero parecia tener algun sentido.

Era dificil imaginar a alguien que obtuviera placer torturandolo sin desear ver sus logros personalmente.

Pero esta observacion no empezaba siquiera a colorear el retrato que sabia que tendria que trazar para adivinar la identidad de ese hombre.

«?Que sabes sobre los psicopatas?», se pregunto mientras subia la escalinata del edificio de piedra rojiza que albergaba su vivienda Y consulta, ademas de otros cuatro pisos. «No mucho», se contesto. Sus conocimientos se referian a los problemas y las neurosis de personas normales y corrientes, y a las mentiras que se contaban a si mismas para justificar su conducta. Pero no sabia nada sobre alguien que creara todo un mundo de mentiras para provocar una muerte. Se trataba de un territorio desconocido para el.

La satisfaccion que habia sentido al ser por una vez mas habil que Rumplestiltskin se evaporo. Se recordo con frialdad lo que habia en juego.

Vio que habian repartido el correo y abrio su buzon. Un sobre largo y estrecho llevaba el membrete de la

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