– No lo recuerdo…
– ?Me esta diciendo que una mujer que sufre esta clase de trauma emocional eligio su nombre en la guia telefonica?
– Tendria que buscarlo en mis notas.
– Seria suficiente con que lo recordara.
– Aun asi, tendria que buscarlo.
– Comprobara que nadie se la mando -siseo Ricky-. Lo eligio por alguna razon evidente. Asi que se lo preguntare otra vez: ?por que usted, doctor?
– Tengo fama en esta ciudad por mis logros con las victimas de delitos sexuales -afirmo Soloman tras pensarlo.
– ?A que se refiere con eso de «fama»?
– He escrito algunos articulos sobre mi trabajo en la prensa local.
– ?Declara a menudo en juicios?
Ricky pensaba con rapidez.
– No tan a menudo. Pero estoy familiarizado con el proceso.
– ?Que a menudo es no tan a menudo?
– Dos o tres veces. Y se adonde quiere ir a parar. Si, han sido casos prominentes.
– ?Ha sido alguna vez un testigo experto?
– Pues si. En varios pleitos civiles, incluido uno contra un psiquiatra acusado mas o menos de lo mismo que usted. Soy profesor en la Universidad de Massachusetts, donde enseno diversos metodos de recuperacion para las victimas.
– ?Aparecio su nombre en la prensa poco antes de que esta paciente fuera a verlo? ?De modo destacado?
– Si, en un articulo del Boston Globe. Pero no veo que…
– ?E insiste en que su paciente es creible?
– Si. He hecho terapia con ella durante seis meses. Dos horas a la semana. Ha sido de lo mas coherente. Nada de lo que ha dicho hasta este momento me haria dudar de su palabra. Doctor, usted y yo sabemos que resulta casi imposible mentir a un terapeuta, sobre todo durante un espacio prolongado de tiempo.
Unos dias antes, Ricky habria estado de acuerdo con esta afirmacion. Ahora ya no estaba tan seguro.
– ?Y donde se encuentra ahora su paciente?
– De vacaciones hasta la tercera semana de agosto.
– ?No le dejo un numero de telefono donde poder localizarla en agosto?
– No. Creo que no. Le di hora para finales de mes y nada mas.
Ricky se lo penso muy bien e hizo otra pregunta:
– ?Y tiene unos extraordinarios, sorprendentes y penetrantes ojos verdes?
Soloman vacilo. Cuando hablo, fue con una reserva glacial.
– Asi pues, la conoce.
– No -dijo Ricky-. Solo intentaba adivinar.
Y colgo.
«Virgil», se dijo.
Ricky contemplaba el grabado que figuraba de modo tan prominente en los recuerdos ficticios de la falsa paciente de Soloman.
No tenia ninguna duda de que Soloman era real, ni de que habia sido escogido con cuidado. Tampoco habia duda de que el famoso doctor Soloman no volveria a ver a la joven tan bella y tan angustiada que habia solicitado sus cuidados. Por lo menos en el contexto que Soloman esperaba. Ricky sacudio la cabeza. Habia muchos terapeutas cuya vanidad era tan grande que les encantaba la atencion de la prensa y la devocion de sus pacientes. Actuaban como si tuvieran una percepcion totalizadora y completamente magica de las costumbres del mundo y los actos de las personas, y expresaban opiniones y hacian declaraciones apresuradas con ligereza muy poco profesional. Ricky sospechaba que Soloman correspondia al tipo de esos psiquiatras de tertulia que adoptan la postura de saber las cosas sin el trabajo que cuesta llegar a percibirias. Es mas facil escuchar a alguien un rato e improvisar que sentarse dia tras dia y penetrar las capas de lo mundano y trivial en busqueda de lo profundo. Lo unico que le inspiraban los miembros de su profesion que se prestaban a dictamenes judiciales y articulos periodisticos era desprecio.
Pero Ricky comprendia que la reputacion, la fama y la popularidad de Soloman darian credibilidad a la acusacion. Al aparecer su nombre en esa carta, esta ganaba el peso suficiente para el proposito de la persona que la concibio.
«?Que has averiguado hoy?», se pregunto Ricky.
Mucho. Pero sobre todo que los hilos de la red en que se encontraba atrapado habian sido tendidos meses antes.
Volvio a contemplar el grabado de la pared.
«Estuvieron aqui -penso-. Mucho antes del otro dia.» Recorrio la consulta con la mirada. No habia nada seguro. Nada era privado. Habian estado ahi meses atras y el no lo habia sabido.
La rabia le sacudio como un punetazo en el estomago, y su primera reaccion fue agarrar aquel grabado y arrancarlo de la pared.
Lo tiro a la papelera que tenia junto a la mesa, con lo que se partio el marco y el cristal se hizo anicos. Resono como un disparo en las reducidas dimensiones de la habitacion. De sus labios salieron palabrotas, inusitadas y fuertes, que llenaron el aire de dardos. Se volvio y se aferro a los lados del escritorio, como para no perder el equilibrio.
Con la misma rapidez que surgio, la colera desaparecio, sustituida por otra oleada de nauseas. Se sentia mareado y la cabeza le daba vueltas, como cuando uno se levanta demasiado deprisa, sobre todo si tiene una gripe o un fuerte resfriado. Ricky se tambaleo emocionalmente. Respiraba con dificultad, mas bien resollaba, y parecia que alguien le hubiera cenido una cuerda alrededor del torax.
Tardo varios minutos en recobrar el equilibrio y, aun asi, seguia sintiendose debil, casi agotado.
Echo un nuevo vistazo alrededor de la consulta, pero ahora parecia distinta. Era como si todos los objetos cotidianos se hubieran vuelto siniestros. Penso que ya no podia fiarse de nada de lo que tenia a la vista. Se pregunto que mas habria contado Virgil al medico de Boston; que otros detalles de su vida estarian ahora expuestos en una denuncia presentada al Colegio de Medicos. Recordo las veces en que pacientes suyos lo habian visitado, consternados, despues de que les entraran a robar en casa o de que los atracaran, y habian hablado de como una sensacion de violacion les habia afectado la vida. El los escuchaba con comprension y objetividad clinica, sin haber entendido nunca en realidad lo primaria que era esa sensacion. Ahora lo comprendia mejor.
El tambien se sentia violado.
De nuevo recorrio la habitacion con la mirada. Lo que antes le parecia seguro estaba perdiendo con rapidez esa cualidad. «Hacer que una mentira parezca real es complicado -penso-. Exige planificacion.’› Se ubico detras del escritorio y vio que el contestador automatico parpadeaba. El contador de mensajes estaba tambien iluminado en rojo, y marcaba el numero cuatro. Pulso la tecla que activaba la maquina para escuchar el primer mensaje. Reconocio de inmediato la voz de un paciente, un redactor de mediana edad del New York Times; un hombre atrapado en un empleo bien remunerado pero monotono, dedicado a revisar textos para la seccion de ciencia escritos por reporteros mas jovenes e impetuosos.
Era un hombre que ansiaba hacer mas cosas con su vida, investigar la creatividad y la originalidad, pero que temia el trastorno que satisfacer ese deseo pudiera acarrear a una vida muy bien reglamentada. Sin embargo, este paciente era inteligente, culto, y efectuaba grandes avances en la terapia desde que habia comprendido la relacion entre la rigida educacion que le habian inculcado sus padres, profesores de universidad del Medio Oeste, y su miedo a correr riesgos. A Ricky le caia bastante bien, y creia muy probable que terminara el psicoanalisis y viera la libertad que le proporcionaria como una oportunidad, lo que es una enorme satisfaccion para cualquier terapeuta.
«Doctor Starks -decia el hombre despacio, casi renuente, al identificarse-, lamento dejarle un mensaje en el contestador durante sus vacaciones. No quiero importunarle pero en el correo de esta manana me ha llegado una carta muy inquietante.»
Ricky inspiro hondo. La voz del paciente siguio despacio.
