casero con una pizca de canela. Tambien tomaron cafe solo, que parecia anunciar que les esperaban horas que requerian energia. Ricky penso que jamas habia tenido una cena tan corriente y tan extrana a la vez. Estaba hambriento e indignado por igual. La comida sabia exquisita un instante y, acto seguido, se le volvia terrosa y fria en el paladar.
Por primera vez en lo que le parecieron anos, recordo comidas que habia tomado solo, en unos minutos robados a la cabecera de la cama de su mujer cuando la medicacion contra el dolor la sumia en una especie de sopor los ultimos dias de su agonia. El sabor de esa cena le resulto muy parecido.
El doctor Lewis retiro los platos y los amontono en el fregadero. Se lleno la taza de cafe por segunda vez e hizo un gesto a Ricky para regresar al estudio. Se sentaron en los asientos que habian ocupado antes, uno frente a otro.
Ricky contuvo su enfado ante el caracter esquivo del anciano.
Se propuso usar la frustracion en beneficio propio. Era mas facil decirlo que hacerlo. Se movio en la butaca sintiendose como un nino al que rinen injustamente.
Lewis lo miro, y Ricky supo que el anciano era perfectamente consciente de todos los sentimientos que lo invadian, con la misma habilidad de un adivino en una feria.
– A ver, Ricky, ?por donde quieres empezar?
– Por el pasado. Hace veintitres anos. La primera vez que nos vimos.
– Recuerdo que eras todo teorias y entusiasmo.
– Creia que podia salvar al mundo de la desesperacion y la locura. Yo solo.
– ?Y fue asi?
– No. Ya lo sabe. Es imposible.
– Pero salvaste a unos cuantos…
– Espero que si. Eso creo.
– Una vez mas -dijo Lewis con una sonrisa algo felina-, la respuesta de un psicoanalista. Evasiva y escurridiza. La edad proporciona otras interpretaciones, por supuesto. Las venas se endurecen, lo mismo que las opiniones. Deja que te haga una pregunta mas concreta: ?a quien salvaste?
Ricky dudo, como si rumiara la respuesta. Quiso guardarse lo primero que le vino a la cabeza pero le resulto imposible, y las palabras le resbalaron de la lengua como si estuvieran recubiertas de aceite.
– No pude salvar a la persona que mas quena.
– Sigue, por favor.
– No. Ella no tiene nada que ver en esto.
– ?De verdad? -El viejo psicoanalista enarco las cejas-. Supongo que estas hablando de tu mujer.
– Si. Nos conocimos. Nos enamoramos. Nos casamos. Fuimos inseparables durante anos. Despues se puso enferma. No tuvimos hijos debido a su enfermedad. Murio. Segui adelante solo. Fin de la historia. No esta relacionada con esto.
– Claro que no -dijo Lewis-; pero ?cuando os conocisteis?
– Poco antes de que usted y yo empezaramos mi analisis. Nos conocimos en una fiesta. Los dos acababamos de titularnos; ella era abogada y yo medico. Nuestro noviazgo tuvo lugar mientras hacia mi analisis con usted. Deberia recordarlo.
– Lo recuerdo. ?Y cual era su profesion?
– Abogada. Acabo de decirlo. Tambien deberia recordarlo.
– Si, pero ?que clase de abogada?
– Bueno, cuando nos conocimos acababa de incorporarse a la Oficina de Defensores de Oficio de Manhattan como abogada de acusados por delitos de poca importancia. Se fue abriendo paso hasta el departamento de delitos graves, pero se canso de ver que todos sus clientes iban a la carcel o, peor aun, que no iban. Asi que de ahi paso a un bufete privado muy exclusivo y modesto. En su mayoria, litigios de derechos civiles y trabajos para la Union Americana de Derechos Civiles. Demandar a caseros de apartamentos de los barrios pobres y presentar apelaciones para condenados equivocadamente. Era una persona bien intencionada que hacia lo que podia. Le gustaba bromear diciendo que pertenecia a la pequena minoria de licenciados de Yale que no ganaba dinero.
Ricky sonrio, oyendo mentalmente las palabras de su mujer.
Era una broma que habian compartido felices muchos anos.
– Entiendo. En el periodo en que empezaste el tratamiento, el mismo en que conociste y cortejaste a tu mujer, ella se dedicaba a defender a delincuentes. Siguio adelante y trato con muchos tipos marginales enfadados a los que, sin duda, enfurecio aun mas al emprender acciones legales en su contra. Y ahora tu pareces estar mezclado con alguien que se incluye en la categoria de delincuente, aunque mucho mas sofisticado que los que tu mujer debio de conocer; pero ?crees que no hay ningun posible vinculo?
Ricky vacilo con la boca abierta antes de contestar. Se habia quedado helado.
– Rumplestiltskin no ha mencionado…
– Solo era una sugerencia -comento Lewis, agitando una mano en el aire-. Algo en que pensar.
Ricky dudo mientras se esforzaba en recordar. El silencio se prolongo. Ricky empezo a imaginarse como un hombre joven, como si de golpe se hubiera abierto una fisura en un muro en su interior. Podia verse mucho mas joven, rebosante de energia, en un momento en que el mundo se abria para el. Era una vida que guardaba poco parecido y relacion con su existencia actual. Esa incongruencia, que tanto negaba e ignoraba, de repente lo asusto.
Lewis debio de notarlo, porque dijo:
– Hablemos de quien eras hace unos veinte anos. Pero no del Ricky Starks ilusionado con su vida, su profesion y su matrimonio, sino del Ricky Starks lleno de dudas.
Quiso contestar deprisa, descartar esta idea con un movimiento rapido de la mano, pero se detuvo en seco. Se sumergio en un recuerdo profundo y rememoro la indecision y la ansiedad que habia sentido el primer dia que cruzo la puerta de la consulta del doctor Lewis en el Upper East Side. Miro al anciano sentado frente a el, que al parecer estudiaba cada gesto y movimiento que hacia, y penso lo mucho que el hombre habia envejecido. Se pregunto si a el le habia pasado lo mismo. Tratar de recuperar los dolores psicologicos que lo habian llevado a un psicoanalista tantos anos atras era un poco como el dolor fantasma que sienten los amputados: la pierna ha sido cortada, pero la sensacion permanece, emana de un vacio quirurgico real e irreal a la vez.
«?Quien era yo entonces?», penso Ricky. Pero contesto con cautela.
– Me parece que habia dos clases de dudas, dos clases de ansiedades, dos clases de temores que amenazaban con incapacitarme.
La primera clase se referia a mi mismo y surgia de una madre demasiado seductora, un padre frio y exigente que murio joven, y una infancia llena de logros en lugar de carino. Era, con mucho, el mas joven de mi familia, pero en lugar de tratarme como a un bebe querido, me fijaron unos niveles imposibles de alcanzar. Por lo menos, esa es la situacion simplificada. Es el tipo que usted y yo examinamos a lo largo del tratamiento. Pero el acopio de esas neurosis hizo mella en las relaciones que tenia con mis pacientes.
Durante mi tratamiento tenia pacientes en tres sitios: en la clinica para pacientes externos del hospital Columbia Presbyterian, una breve temporada atendiendo enfermos graves en Bellevue…
– Si -asintio el doctor Lewis-. Un estudio clinico. Recuerdo que no te gustaba demasiado tratar a los verdaderos enfermos mentales.
– Si. Exacto. Administrar medicaciones psicotropicas e intentar evitar que las personas se lastimen a si mismas o a los demas…
– Ricky penso que la afirmacion de Lewis contenia alguna provocacion, un anzuelo que el no habia picado-. Y tambien en esos anos, quiza de doce a dieciocho pacientes en terapia que se convirtieron en mis primeros analisis. Eran los casos que le mencione mientras segui la terapia con usted.
– Si, lo recuerdo. ?No tenias un analista supervisor, alguien que observaba tus progresos con esos pacientes?
– Si. El doctor Martin Kaplan. Pero el…
– Murio -lo interrumpio el viejo analista-. Le conocia. Un ataque cardiaco. Muy triste.
Ricky empezo a hablar pero reparo en que Lewis hablaba con un tono extranamente impaciente. Tomo nota de ello y prosiguio.
– Tengo problemas para relacionar nombres y caras.
– ?Estan bloqueados?
