Siete mujeres.
De las siete que acudieron a el por aquel entonces para recibir tratamiento, dos estaban casadas, tres prometidas o con relaciones estables y dos sexualmente inactivas. Su edad oscilaba entre los veinte y pocos y los treinta y pocos anos. Todas eran lo que solia llamarse «mujeres profesionales», en el sentido de que eran corredoras de bolsa, secretarias ejecutivas, abogadas o empresarias.
Habia tambien una editora y una profesora universitaria. Cuando Ricky se concentro, empezo a recordar las distintas neurosis que habian llevado a cada una de ellas a su puerta. Cuando estas enfermedades empezaron a aflorar a su memoria, los tratamientos hicieron lo mismo.
Despacio, volvieron a el voces, palabras pronunciadas en su consulta. Momentos concretos, avances, comprensiones que regresaron a su conciencia, propiciados por las preguntas directas del viejo medico. La noche envolvio a los dos hombres y lo anulo todo salvo la pequena habitacion y los recuerdos de Ricky Starks.
No estaba seguro de cuanto rato habia pasado en el proceso, pero sabia que era tarde. Se detuvo casi a mitad de un recuerdo y miro de repente al hombre sentado frente a el.
Los ojos del doctor Lewis seguian brillando con una energia de otro mundo, alimentada, en opinion de Ricky, por el cafe, pero mas bien por los recuerdos o quiza por otra cosa, alguna fuente oculta de entusiasmo.
Ricky sintio sudor en la nuca. Lo atribuyo al aire humedo que se colaba por las ventanas abiertas y que auguraba una lluvia refrescante que no llegaba.
– No esta ahi, ?verdad, Ricky? -pregunto de pronto el doctor Lewis.
– Son las mujeres que trate.
– Y todos los tratamientos tuvieron mas o menos exito por lo que me cuentas y por lo que recuerdo que me dijiste en nuestras sesiones. Y apostaria a que todas ellas siguen llevando una vida relativamente productiva. Detalle, anadire, que podria comprobarse investigando un poco.
– Pero ?que…?
– Y las recuerdas a todas. Con precision y detalle. Y ese es el fallo, ?no crees? Porque la mujer que buscas en tu memoria es alguien que no sobresale. Alguien a quien has bloqueado de tu capacidad de recuerdo.
Ricky empezo a tartamudear una respuesta, pero se detuvo porque la veracidad de esta afirmacion le resultaba evidente.
– ?No recuerdas ningun fracaso, Ricky? Porque ahi es donde encontraras tu relacion con Rumplestiltskin. No en los exitos.
– Creo que ayude a esas mujeres a solucionar los problemas a que se enfrentaban. No consigo recordar a ninguna que se marchara aun trastornada.
– No seas orgulloso, hombre. Intentalo otra vez. ?Que te dijo el senor R en su pista?
Ricky se sorprendio un poco cuando el viejo analista uso la misma abreviatura que a Virgil le gustaba emplear. Intento recordar con rapidez si habia dicho «senor R» durante la tarde, y le parecio que no. Pero de repente ya no estuvo seguro. Penso que podria haberlo dicho. La indecision, la incapacidad de estar seguro, la perdida de conviccion eran como vientos encontrados en su interior. Se sintio zarandeado y mareado, a la vez que se preguntaba como su capacidad de recordar un simple detalle habia desaparecido de modo tan vertiginoso. Se movio en el asiento, con la esperanza de que la alarma que sentia no se reflejara en su cara o su postura.
– Me dijo que la mujer que buscaba estaba muerta -comento-.
Y que yo le prometi algo que luego no cumpli.
– Bueno, concentrate en esa segunda parte. ?Hubo alguna mujer a la que negaras tratamiento que se situe en este margen de tiempo? ?Quiza brevemente, unas cuantas sesiones, y que despues se marchara? Sigues queriendo pensar en las mujeres con las que empezaste tu consulta privada. ?Tal vez fuera alguien en la clinica donde trabajabas?
– Podria ser, pero ?como podria…?
– De algun modo, este otro grupo de pacientes era menos importante para ti, ?verdad? ?Acaso no eran tan prosperas? ?Tenian menos talento? ?Menos educacion? Y tal vez no aparecieron con tanta nitidez en la pantalla del radar del joven doctor Starks.
Ricky se abstuvo de responder, porque vio tanto la verdad como el prejuicio en lo que decia el viejo medico.
– ?No constituye una especie de promesa que un paciente cruce la puerta y empiece a hablar? La de desahogarse. Tu, como analista, ?no estas a la vez afirmando algo? ?Y, por lo tanto, prometiendo? Tu ofreces la esperanza de una mejora, de una readaptacion, de un alivio para el tormento, como cualquier otro medico.
– Por supuesto, pero…
– ?Quien vino y despues dejo de hacerlo?
– No lo se…
– ?A quien atendiste durante quince sesiones, Ricky?
La voz del viejo analista era de repente exigente e insistente.
– ?Quince? ?Por que quince?
– ?Cuantos dias te dio Rumplestiltskin para que averiguases su identidad?
– Quince.
– Dos semanas mas un dia. Una cifra que se suele mencionar pero no significar. Deberias haber prestado mas atencion a ese numero, porque ahi esta la conexion. ?Y que quiere que hagas?
– Que me suicide.
– Asi pues, Ricky, ?con quien tuviste quince sesiones y despues se suicido?
Ricky cambio de postura. De repente le dolia la cabeza.
«Deberia haberlo visto -penso-. Es muy obvio.»
– No lo se -balbucio.
– No lo sabes -dijo el viejo analista, con cierto enfado-. Lo que sucede es que no quieres saberlo. Hay una gran diferencia. -Lewis se levanto-. Es tarde y estoy decepcionado. He pedido que te prepararan la habitacion de huespedes. Esta en el primer piso, a la derecha. Tengo algunas cosas que resolver esta noche. Quiza por la manana, despues de que hayas reflexionado un poco mas, podamos hacer verdaderos progresos.
– Creo que necesito mas ayuda -indico Ricky con voz debil.
– Has recibido ayuda -contesto Lewis, y senalo el hueco de la escalera.
El dormitorio, pulcro y ordenado, tenia el toque impersonal de una habitacion de hotel. Estaba claro que no solia usarse. A mitad del pasillo habia un bano con un aspecto parecido. Ninguno de los dos espacios proporcionaba demasiada informacion sobre el doctor Lewis o su vida. No habia frascos de medicamentos en el armario del bano ni revistas junto a la cama o libros en algun estante, ni fotografias familiares en las paredes. Ricky se metio en la cama tras comprobar en el reloj que ya pasaba mucho de la medianoche. Estaba agotado y necesitaba dormir, pero no se sentia seguro y la cabeza le daba vueltas, de modo que al principio el sueno le fue esquivo. El canto de los grillos y alguna que otra luciernaga que chocaba contra la ventana armaban el doble de jaleo que la ciudad.
Echado en la cama en medio de la penumbra, fue filtrando ruidos hasta que pudo distinguir la voz distante del doctor Lewis. Aguzo el oido y, pasado un momento, decidio que el viejo analista estaba enfadado por algo, que su tono, tan regular y modulado durante las horas que paso con Ricky, tenia ahora un mayor apremio y tenor. Intento distinguir las palabras, pero no lo consiguio. Luego oyo el sonido inconfundible de un telefono al ser colgado de golpe. Unos segundos mas tarde, oyo los pasos del viejo medico en las escaleras y una puerta que se abria y cerraba con rapidez.
Lucho por mantener los ojos abiertos en la oscuridad.
«Quince sesiones y despues murio -penso-. ?Quien fue?»
16
No supo cuando se durmio, pero desperto cuando unos haces de luz brillante entraron por la ventana y le dieron en la cara. La manana de verano podria haber parecido perfecta, pero Ricky arrastraba el peso del recuerdo y la decepcion. Habia esperado que el viejo medico le condujese directo a un nombre, pero en lugar de
