eso seguia tan a la deriva como antes en el mar embravecido de la memoria. Esta sensacion de fracaso era como una resaca que le martilleaba las sienes. Se puso los pantalones, los zapatos y la camisa, cogio la chaqueta y, despues de mojarse la cara y peinarse para procurar tener un aspecto algo presentable, bajo las escaleras. Caminaba con determinacion, pensando que lo unico en que se concentraria seria en el escurridizo nombre de la madre de Rumplestiltskin. Iba con la sensacion de que la observacion del doctor Lewis sobre relacionar dias y sesiones era acertada. Aun seguia oculto el contexto de la mujer. Tal vez habia descartado con demasiada rapidez y arrogancia a las modestas mujeres que habia atendido en la clinica psiquiatrica para concentrarse en las que habian sido sus primeros psicoanalisis particulares. Penso que habia atendido a esa mujer en un momento en que el mismo estaba haciendo elecciones: sobre su rumbo profesional, sobre convertirse en analista, sobre enamorarse y casarse. Era una epoca en que miraba directamente al frente, y su fracaso se habia producido en un mundo que habia querido descartar.
Penso que por eso estaba tan bloqueado. Su paso escaleras abajo cobro vigor con la idea de que podria atacar estos recuerdos como un bombardero de la Segunda Guerra Mundial: bastaria con lanzar una bomba lo bastante potente al tejado de la historia reprimida para hacerla saltar por completo. Confiaba en que, con la ayuda del doctor Lewis, podria llevar a cabo ese ataque.
La luz solar y el calor del campo que entraban en la casa parecian disipar todas las dudas y preguntas que hubiera podido tener sobre el viejo analista. Los aspectos inquietantes de su anterior conversacion se desvanecieron con la claridad de la manana. Asomo la cabeza en el estudio en busca de su anfitrion, pero la habitacion estaba vacia. Cruzo el pasillo central de la casa hacia la cocina, donde podia oler aroma de cafe.
El doctor Lewis tampoco estaba ahi.
Ricky probo con un «hola» en voz alta, pero no obtuvo respuesta. Miro la cafetera y vio que el recipiente se calentaba sobre la placa termica y que habia preparada una taza para el. Habia un papel apoyado contra ella, con su nombre escrito a lapiz en la parte exterior. Se sirvio cafe y abrio la nota mientras sorbia la infusion amarga y caliente. Leyo:
DOCTOR LEWIS
Retrocedio de golpe, como si le hubiesen abofeteado.
El cafe parecio escaldarle la lengua y la garganta. Se sonrojo, lleno de confusion y rabia. Releyo las palabras tres veces, pero en cada ocasion se volvian mas confusas y menos claras, cuando deberia verlas mas nitidas. Doblo la hoja de papel y se la metio en el bolsillo. Se acerco al fregadero y vio que el monton de platos de la noche anterior estaban lavados y ordenados sobre la encimera.
Vertio el cafe en la pila de porcelana blanca, abrio el grifo y observo como el liquido marron se arremolinaba desague abajo. Aclaro la taza y la dejo a un lado. Se agarro un momento al borde del marmol para intentar tranquilizarse. Entonces oyo un coche que subia por el camino de grava de la entrada.
Lo primero que se le ocurrio fue que se trataba de Lewis, que volvia con una explicacion, asi que casi corrio hasta la puerta.
Pero lo que vio, en cambio, lo sorprendio.
Era el mismo taxista que lo habia recogido el dia anterior en la estacion de Rhinebeck. El hombre le saludo con la mano y bajo la ventanilla a la vez que el coche se detenia.
– Hola, doctor. ?Como esta? Sera mejor que se de prisa si no quiere perder el tren.
Ricky vacilo. Se volvio hacia la casa porque le parecio que tendria que hacer algo, dejar una nota o hablar con alguien -pero por lo que sabia, estaba vacia-. Una mirada al establo reacondicionado le indico que el coche de Lewis tampoco estaba.
– Venga, doc. No tenemos mucho tiempo y el proximo tren no sale hasta ultima hora de la tarde. Se pasara el dia en la estacion si pierde este. Suba, tenemos que ponernos en marcha.
– ?Como ha sabido que tenia que recogerme? -pregunto Ricky-. Yo no lo llame.
– Pues alguien lo hizo. Seguramente el hombre que vive aqui.
Recibi un mensaje en el busca diciendo que viniera aqui a recoger al doctor Starks enseguida, y que me asegurara de que llegara al tren de las nueve y cuarto. Asi que queme neumaticos y aqui estoy, pero si no sube no va a tomar ese tren, y le aseguro que aqui no hay demasiado que hacer para distraerse todo un dia.
Poco despues, Ricky se sentaba en el asiento trasero. Sintio algo de culpa por dejar la casa abierta, pero la desecho con un interior “a la mierda».
– Muy bien -dijo-. Vamonos.
El taxista acelero con brusquedad, levantando grava y polvo.
En unos minutos llegaron al cruce en que la carretera de acceso al puente de Kingston-Rhinecliff sobre el Hudson se encuentra con River Road. Un policia de trafico de Nueva York ocupaba el centro de la calzada y bloqueaba el paso por la serpenteante carretera nacional. El policia, un hombre joven con un sombrero de ala ancha, una guerrera gris y la tipica expresion dura de estar de vuelta de todo que contradecia su juventud, indico al taxi que se parara a la izquierda. El conductor bajo la ventanilla y le grito desde el otro lado de la carretera.
– Oiga, ?no puedo pasar? Tengo que llegar antes de que salga el tren.
– Imposible -dijo el policia sacudiendo la cabeza-. La carretera esta bloqueada a un kilometro de aqui hasta que la ambulancia y la grua terminen con su trabajo. Tendran que dar un rodeo. Si se dan prisa, llegaran a tiempo.
– ?Que ha pasado? -pregunto Ricky.
El taxista se encogio de hombros.
– ?Oiga! -grito el hombre al policia-. ?Que ha pasado?
– Un hombre mayor que iba con prisas se salio de la carretera en una curva -explico el policia-. Se estrello contra un arbol. Puede que tuviera un ataque cardiaco y perdiera el conocimiento.
– ?Ha muerto? -quiso saber el taxista.
El policia se encogio de hombros.
– Los de la ambulancia estan ahi ahora. Han pedido unas tijeras hidraulicas.
– ?Que coche era? -pregunto Ricky, que se incorporo de golpe y, asomado a la ventanilla del conductor, repitio gritando-: ?Que clase de coche era?
– Un viejo Volvo azul -dijo el policia mientras indicaba al taxi que siguiera la marcha.
El taxista acelero.
– Mierda -dijo-. Tenemos que dar la vuelta. Vamos a llegar justos.
– ?He de verlo! -exclamo Ricky, presa del nerviosismo-. El coche…
– Si nos paramos no llegaremos a tiempo.
– Pero ese coche, el doctor Lewis…
– ?Cree que se trata de su amigo? -pregunto el taxista, y siguio alejandose del lugar del accidente, de modo que Ricky no alcanzo a verlo.
– Tenia un viejo Volvo azul.
– Joder, aqui hay a montones.
– Pare, por favor…
– La policia no le dejara acercarse. Y aunque pudiera, ?que haria?
Ricky no tenia respuesta a eso. Se dejo caer de nuevo en el asiento, como si le hubieran abofeteado. El taxista acelero bruscamente.
– Llame a la policia de trafico de Rhinebeck. Ahi le daran detalles. O llame a urgencias del hospital y ellos le informaran. A no ser que quiera ir ahora, pero no se lo aconsejo. Estaria sentado esperando a los medicos de urgencias y tal vez al forense y al policia que lleve la investigacion, y seguiria sin saber mucho mas que ahora. ?No tiene que ir a algun lugar importante?
