– Si -afirmo Ricky, aunque no estaba seguro de ello.

– ?Era un buen amigo suyo?

– No -contesto Ricky-. No era ningun amigo. Solo alguien a quien conocia. A quien creia conocer.

– Pues ya ve -dijo el taxista-. Creo que llegaremos a tiempo a la estacion.

Volvio a acelerar para pasar un semaforo en ambar justo cuando se ponia rojo.

Ricky se recosto en el asiento tras echar un solo vistazo por encima del hombro a traves de la ventanilla trasera, donde el accidente y quien lo hubiera tenido permanecian fuera de su vista. Intento ver luces parpadeantes y oir sirenas, pero no lo consiguio.

Arribaron a la estacion en el ultimo minuto. Las prisas en llegar parecian haber obstaculizado cualquier oportunidad de analizar su visita al doctor Lewis. Corrio frenetico por el anden casi vacio, sus zapatos resonando con fuerza, mientras el tren se detenia con el ruido agresivo de sus frenos hidraulicos. Como en el viaje de ida, solo habia unas pocas personas esperando para viajar a Nueva York entre semana y a media manana. Un par de hombres de negocios que hablaban por sus moviles, tres mujeres que al parecer iban de compras y algunos adolescentes con ropa informal. El calor creciente del verano parecia exigir un ritmo lento que no era habitual en Ricky. Le parecio que la urgencia del dia estaba fuera de lugar y que no volveria a la normalidad hasta que hubiese regresado a la ciudad.

El vagon estaba casi vacio, solo habia unas pocas personas repartidas por las hileras de asientos. Se dirigio a la parte posterior, se sento en un rincon x’ apoyo la mejilla contra la ventanilla para i 8o contemplar el paisaje, sentado de nuevo en el lado donde podia ver el rio Hudson.

Se sentia como una boya soltada de su amarre: antes, un indicador solido y fundamental de bajios y corrientes peligrosas; ahora, a la deriva y vulnerable. No sabia muy bien que pensar de la visita al doctor Lewis. Tal vez habia avanzado algo, pero no estaba seguro. No se sentia mas proximo a lograr encontrar su relacion con el hombre que le amenazaba que antes de haber viajado rio arriba. Despues, pensandolo mejor, se dio cuenta de que eso no era cierto. El problema era que tenia alguna clase de bloqueo entre el y el recuerdo adecuado. La paciente correcta, la relacion correcta parecia estar fuera de su alcance, por mucho que alargara la mano hacia ella.

Habia algo de lo que estaba seguro: todo lo que habia logrado en la vida era irrelevante.

El error que habia cometido, origen de la colera de Rumplestiltskin, se situaba en sus inicios en el mundo de la psiquiatria y el psicoanalisis. Se situaba justo en el momento en que habia abandonado el dificil y frustrante trabajo de tratar a los necesitados y se habia dirigido hacia los mas inteligentes y adinerados: los ricos neuroticos, como un colega suyo solia llamar a sus pacientes. Los hipocondriacos.

Admitirlo le enfurecio. Los hombres jovenes cometen errores, eso es inevitable en cualquier profesion. Ahora ya no era joven y no cometeria el mismo error, fuera cual fuese. La idea de que le siguieran considerando responsable de algo que habia hecho hacia mas de veinte anos y de una decision similar a las que tomaban decenas de otros medicos en las mismas circunstancias le sacaba de quicio. Lo encontraba injusto y nada razonable. Si no hubiera estado tan afectado por todo lo ocurrido, podria haber visto que en esencia su profesion se basaba mas o menos en el concepto de que el tiempo solo agrava las heridas de la psique. Reconduce estas heridas, pero nunca las cura.

Al otro lado de la ventanilla el rio fluia. No sabia cual deberia ser su siguiente paso, pero habia algo de lo que estaba seguro: queria regresar a su casa, queria estar en un lugar seguro, aunque solo fuera un rato.

Siguio mirando por la ventanilla todo el viaje, casi en trance.

En las distintas paradas, apenas alzo los ojos o se movio en su asiento. La ultima parada antes de la ciudad era Croton-on-Hudi8i son, a unos cincuenta minutos de la estacion de Pennsylvania. El vagon seguia vacio en un noventa por ciento, con muchos asientos libres, asi que a Ricky le sorprendio que otro pasajero se sentara a su lado, dejandose caer en el asiento con un ruido sordo.

Se volvio de golpe, asombrado.

– Hola, doctor -le saludo el abogado Merlin-. ?Esta libre este asiento?

Merlin parecia agitado y tenia la cara un poco sonrojada, como alguien que ha tenido que correr los ultimos cincuenta metros para alcanzar el tren. El sudor le perlaba ligeramente la frente y se seco la cara con un panuelo de hilo blanco.

– Casi pierdo el tren -explico innecesariamente-. Tengo que hacer mas ejercicio.

Ricky inspiro hondo antes de preguntar:

– ?Por que esta aqui?

Aunque penso que era una pregunta bastante estupida, dadas las circunstancias.

El abogado termino de secarse la cara, se extendio el panuelo en el regazo y lo aliso antes de doblarlo y volverselo a guardar en el bolsillo. Luego dejo un maletin de piel y una pequena bolsa de viaje impermeable junto a sus pies.

– Para animarlo, doctor Starks -contesto tras aclararse la garganta-. Para animarlo.

La sorpresa inicial de Ricky habia desaparecido. Cambio de postura para procurar ver mejor al hombre que tenia sentado a su lado.

– Me mintio. Fui a su nueva direccion.

– ?Fue a las nuevas oficinas?

El abogado parecio algo aturdido.

– En cuanto acabamos la conversacion. No habian oido hablar de usted, nadie del edificio. Y no habian alquilado ninguna oficina a alguien llamado Merlin. ?Quien es usted, senor Merlin?

– Soy quien soy -afirmo-. Esto es insolito.

– Si -coincidio Ricky-. Insolito.

– Y un poco desconcertante. ?Por que fue a mis nuevas oficinas despues de hablar conmigo? ?Cual era el proposito de su visita, doctor Starks?

El tren gano algo de velocidad y dio una sacudida que hizo que os hombros de ambos entrechocaran con una intimidad incomoda.

– Porque no crei que fuera quien dijo ser, ni tampoco nada de lo que me conto. Una sospecha que poco despues confirme, porque cuando llegue al lugar que indicaba su tarjeta de visita…

– ?Le di una tarjeta?

Merlin meneo la cabeza y esbozo una sonrisa.

– Si -aseguro Ricky, irritado-. Lo hizo. Estoy seguro de que lo recordara.

– ?El dia del traslado? Eso lo explica todo. Fue un dia dificil.

Turbador. ?Acaso no dicen que la muerte, un divorcio y una mudanza son las tres cosas mas estresantes que existen? Afectan el corazon, y apuesto que tambien la mente.

– Eso me han dicho.

– Bueno, el primer lote de tarjetas de visita que ordene a la imprenta llego con una direccion equivocada. Las nuevas oficinas estan solo a una manzana. El encargado de la tienda lo anoto mal y no nos dimos cuenta enseguida. Debi de haber entregado una docena antes de ver el error. Son cosas que pasan. Segun tengo entendido, a ese pobre hombre lo despidieron porque la imprenta tuvo que comerse todo el pedido y hacer tarjetas nuevas. -Merlin se metio la mano en el interior de la chaqueta y saco un tarjetero de piel-. Tenga. Esta esta bien.

Ricky la observo e hizo un gesto de rehusaria.

– No le creo -solto-. No voy a creer nada de lo que me diga.

Ni ahora ni nunca. Tambien merodeo por mi casa con el mensaje en el Times un par de dias despues. Se que era usted.

– ?Por su casa? Que extrano. ?Cuando fue eso?

– A las cinco de la manana.

– Vaya. ?Como puede estar tan seguro de que era yo?

– El repartidor describio sus zapatos a la perfeccion. Y el resto de su persona de forma aceptable.

Merlin sacudio la cabeza. Sonrio del modo felino que Ricky recordaba de su primer encuentro. El abogado confiaba en su habilidad de seguir mostrandose escurridizo para que no pudiera comprometerlo. Una aptitud importante para cualquier abogado.

– Bueno, supongo que me gusta pensar que mi ropa y mi aspecto son exclusivos, doctor Starks, pero imagino que la realidad es menos exigente. Mis zapatos, por bonitos que sean, pueden comprarse en muchas zapaterias y

Вы читаете El psicoanalista
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату