– Si. Deberia recordarlos perfectamente, pero resulta que no consigo relacionar caras y nombres. Recuerdo una cara y un problema, pero no logro asignarle un nombre. Y viceversa.

– ?Por que crees que te pasa?

– Estres -contesto Ricky tras una pausa-. Debido a la clase de tension a la que estoy sometido, las cosas sencillas se vuelven imposibles de recordar. La memoria se distorsiona y deteriora.

El anciano asintio de nuevo.

– ?No te parece que Rumplestiltskin lo sabe? ?No te parece que conoce bastante los sintomas del estres? Tal vez, a su modo, tiene mucho mas conocimiento que tu, el medico. ?Y eso no te dice mucho sobre quien podria ser?

– ?Un hombre que sabe como reacciona la gente ante la presion y la ansiedad?

– Claro. ?Un soldado? ?Un policia? ?Un abogado? ?Un empresario?

– O un psicologo.

– Si. Alguien de nuestra propia profesion.

– Pero un medico nunca…

– Nunca digas nunca.

Ricky se reclino, escarmentado.

– He de concretar mas -dijo-. Debo descartar a las personas que atendi en Bellevue, porque estaban demasiado enfermas para producir a alguien tan malvado. Eso me deja mi consulta privada y los pacientes que trate en la clinica.

– Empecemos por la clinica.

Ricky cerro los ojos por un momento, como si eso pudiera ayudarle a evocar el pasado. La clinica para pacientes externos del Columbia Presbyterian era un laberinto de pequenas salas en la planta baja del enorme hospital, cerca de la entrada de urgencias. La mayoria de los pacientes provenia de Harlem o del South Bronx.

Eran sobre todo personas de clase obrera, pobres y luchadoras, de varias razas, tendencias y posibilidades, que consideraban la enfermedad mental y la neurosis como algo exotico y distante. Ocupaban la tierra de nadie de la salud mental, entre la clase media y la indigencia. Sus problemas eran reales: drogadicciones, abusos sexuales, malos tratos fisicos, madres abandonadas por su marido con hijos de ojos frios y endurecidos, cuyas metas en la vida parecian reducirse a unirse a una banda callejera. Sabia que en este grupo de desesperados y necesitados habia bastantes personas que se habian convertido en peligrosos delincuentes. Traficantes de droga, proxenetas, ladrones y asesinos. Recordo que algunos pacientes producian una sensacion de crueldad, casi como un olor perceptible. Eran los padres que contribuian diligentemente a crear la generacion siguiente de psicopatas criminales de las zonas deprimidas de la ciudad, personas crueles que dirigirian su colera contra los suyos. Si atacaban a alguien de un nivel economico distinto, era por casualidad, no por designio: el ejecutivo en un Mercedes que tiene una averia en el Cross Bronx Expressway de camino a su casa en Darien despues de trabajar hasta tarde en la oficina del centro, el turista rico de Suecia que toma la linea de metro equivocada a la hora equivocada en la direccion equivocada.

«Vi mucha maldad -penso-. Pero me aleje de ella.»

– No lo se -contesto Ricky por fin-. Las personas que atendi en la clinica eran todas desfavorecidas. Gente marginada. Yo diria que la persona que busco esta entre los primeros pacientes que tuve en mi consulta. Rumplestiltskin ya me ha dicho que se trata de su madre. Pero yo la conoci por su apellido de soltera. Se refirio a una «senorita».

– Significativo -afirmo el doctor Lewis, al parecer muy interesado-. Entiendo por que piensas eso. Y creo que es importante limitar los ambitos de una investigacion. Asi que, de todos esos pacientes, ?cuantos eran mujeres solteras?

Ricky lo penso y recordo un punado de rostros.

– Siete -contesto.

– Siete -repitio Lewis tras una pausa-. Muy bien. Ahora ha llegado el momento de hacer un acto de fe, ?no crees? Debes tomar una decision.

– No le entiendo.

El anciano esbozo una fingida sonrisa.

– Hasta este instante te has limitado a reaccionar a la horrenda situacion en que estas atrapado, Ricky. Fuegos que necesitaban sofocarse y extinguirse. Tus finanzas. Tu reputacion profesional.

Tus pacientes. Tu carrera. Tus parientes. De todo este embrollo has logrado plantear una sola pregunta a tu torturador, y eso te ha proporcionado una direccion: una mujer que engendro al nino que se ha convertido en el psicopata que busca tu suicidio. Pero lo que tienes que plantearte es esto: ?te han dicho la verdad?

Ricky trago saliva con dificultad.

– Tengo que suponer que si.

– ?No es una suposicion peligrosa?

– Claro que si -contesto Ricky-. Pero ?que opcion tengo? Si creyera que Rumplestiltskin me esta llevando en una direccion equivocada, no tendria posibilidad alguna, ?no?

– ?Has pensado que tal vez no debas tener ninguna posibilidad?

Era una afirmacion tan directa y aterradora que sintio la nuca humeda de sudor.

– En ese caso, deberia suicidarme y punto.

– Supongo que si. O no hacer nada; vivir y ver que le pasa a otro. Quiza se trate de un farol, ?sabes? Quiza no pase nada. Quiza tu paciente, Zimmerman, se lanzo a esa via del metro en un momento inoportuno para ti y ventajoso para Rumplestiltskin. Quiza, quiza, quiza. A lo mejor el juego consiste en que no tengas ninguna posibilidad. Solo estoy pensando en voz alta, Ricky.

– No puedo abrir la puerta a esa idea.

– Una respuesta interesante para un psicoanalista -asegure Lewis-. Una puerta que no puede abrirse. Va en contra de todo aquello en lo que creemos.

– Es que no tengo tiempo, ?sabe?

– El tiempo es elastico. Quiza si. Quiza no.

Ricky se movio, incomodo. Tenia la cara enrojecida y se sentia como un adolescente con pensamientos y sentimientos de adulto pero considerado aun un nino.

Lewis se froto el menton con la mano, todavia pensativo.

– Creo que tu torturador es alguna clase de psicologo -indico, casi sin darle importancia, como si hiciera una observacion sobre el tiempo-. O de una profesion relacionada.

– Creo que tiene razon. Pero su razonamiento…

– El juego, como lo definio Rumplestiltskin, es como una sesion en el divan. Solo que dura mas de cincuenta minutos. En cualquier sesion de un psicoanalisis debes examinar una serie mareante de verdades y ficciones.

– Tengo que trabajar con lo que hay.

– Ya. Pero nuestro trabajo consiste a menudo en ver lo que el paciente no dice.

– Cierto.

– Entonces…

– Quiza sea todo mentira. Lo sabre en una semana. Justo antes de suicidarme o de poner otro anuncio en el Times. Lo uno o lo otro.

– Es una idea interesante. -El viejo medico parecia cavilar-.

Podria lograr el mismo objetivo e impedir que lo localizara la policia u otra autoridad simplemente mintiendo. Nadie podria descubrirlo. Y tu estarias muerto o arruinado. Es diabolico, e ingenioso a su propio modo.

– No creo que estas especulaciones me esten resultando utiles -dijo Ricky-. Siete mujeres en tratamiento, una de las cuales dio a luz a un monstruo. ?Cual?

– Recuerdamelas -pidio Lewis, a la vez que senalaba con la mano el exterior y la noche que parecia envolverlos, como si quisiera que la memoria de Ricky saliera de la oscuridad rumbo a la habitacion bien iluminada.

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