agarro por el brazo a la vez que le indicaba-: Ahi no.

– Mis cosas… -protesto Ricky.

– Me parece que el suelo ya no es seguro -dijo el hombre-.

Y esas canerias que cuelgan podrian soltarse en cualquier momento. Ademas, lo mas probable es que todo este destrozado. Mejor dejarlo. Este sitio es mucho mas peligroso de lo que cree. Huela un momento, doctor. ?Lo nota? No es solo a mierda y demas.

Tambien huele a gas.

Ricky vacilo y luego asintio.

– ?Y el dormitorio? -pregunto.

– Igual. Toda la ropa estropeada y la cama aplastada bajo un trozo de techo.

– Tengo que verlo -dijo Ricky.

– No -contesto el hombre-. Ninguna pesadilla que pueda imaginarse igualara la realidad, asi que mejor dejelo y vamonos de aqui. El seguro se lo pagara todo.

– Pero mis cosas…

– Las cosas solo son cosas, doctor. Un par de zapatos o un traje pueden reemplazarse con bastante facilidad. No vale la pena arriesgarse a pillar una infeccion o lastimarse. Tenemos que salir de aqui y dejar que los expertos hagan su trabajo. No confio en que lo que queda del techo vaya a aguantar. Y tampoco respondo del suelo. Tendran que derruir el edificio, de arriba abajo.

Asi era como se sentia Ricky en ese momento. Completamente desmoronado. Se volvio y salio detras del hombre. Un trocito de techo cayo a su espalda, como para subrayar lo que este le habia dicho.

De nuevo en la calle, el supervisor del edificio y el corredor de bolsa, acompanados del operario de Obras Publicas, se acercaron a el.

– Muy mal, ?no? -pregunto el corredor-. Menudo desastre.

Ricky sacudio la cabeza.

– Los del seguro ya estan de camino -dijo el corredor, y le dio su tarjeta de visita-. Llameme a la oficina en un par de dias. Mientras tanto, ?tiene adonde ir?

Ricky asintio mientras se guardaba la tarjeta en el bolsillo.

Solo le quedaba un lugar intacto en su vida. Pero no tenia muchas esperanzas de que siguiera asi.

El final de la noche lo cubrio como un traje que le sentara mal, ajustado e incomodo. Apoyo la mejilla contra el cristal de la ventanilla y sintio que la frialdad de la madrugada lo traspasaba, casi como si pudiera calarle directamente, mientras la oscuridad que reinaba fuera se unia a la penumbra que sentia por dentro. Ansiaba la llegada del amanecer, ya que esperaba que la luz del sol pudiera vencer la negrura de su porvenir, aunque sabia que era una esperanza futil. Inspiro despacio, saboreando el aire viciado, intentando deshacerse del peso de la desesperacion que lo aplastaba. No lo logro.

Estaba en la sexta hora del viaje nocturno del autobus Bonanza desde Port Authority hasta Provincetown. Oia el zumbido del motor diesel, un constante sube y baja, a medida que el conductor cambiaba de marcha. Tras una parada en Providence, el autobus habia llegado por fin a la carretera 6 hacia Cape Cod, y avanzaba lento y decidido por la carretera descargando pasajeros en Bourne, Falmouth, Hyannis, Eastham y, por ultimo, en la parada de Wellfleet, antes de dirigirse a Provincetown en la punta de Cape Cod.

Dos terceras partes del autobus ya iban vacias. A lo largo del recorrido, los pasajeros habian sido hombres o mujeres jovenes que habian terminado la universidad y entraban en la edad laboral, y que iban a pasar el fin de semana a Cape Cod.

«La prevision meteorologica debe de ser buena -penso-. Cielos despejados, temperaturas calidas.»

Los jovenes se habian mostrado bulliciosos las primeras horas del viaje, riendo, charlando y relacionandose mediante ese metodo que resulta tan facil a la juventud, y habian ignorado a Ricky, que iba sentado solo en la parte posterior, separado de ellos por abismos mas insalvables que la mera edad. Pero la vibracion sorda y regular del motor habia tenido su efecto en casi todos los pasajeros, salvo en el, y ahora dormian en diversas posturas, de modo que Ricky era el unico que observaba los kilometros que se deslizaban bajo el vehiculo mientras sus pensamientos pasaban con la misma rapidez que el asfalto.

Estaba seguro de que ningun accidente de la instalacion de agua habia destrozado su piso. Esperaba que no hubiera ocurrido lo mismo con su casa de veraneo; sabia que eso era casi lo unico que le quedaba.

Calculo que le esperaba, en un inventario modesto que sirvio mas para deprimirlo que para animarlo. Una casa llena de recuerdos. Un Honda Accord de diez anos algo abollado y rayado que guardaba en el granero, detras de la casa, para usar solo durante las vacaciones, ya que en Manhattan nunca habia necesitado un vehiculo. Unas prendas de vestir gastadas: pantalones caqui, polos y jerseys con el cuello raido y agujeros de polilla. Un cheque bancario por diez mil dolares (mas o menos) en el banco. Una profesion hecha jirones. Una vida sumida en la confusion.

Y unas treinta y seis horas para que expirase el plazo de Rumplestiltskin.

Por primera vez en dias, se concentro en sus opciones: encontrar el nombre, o su propio obituario. De otro modo, alguien inocente se enfrentaria a un castigo que Ricky no podia ni imaginarse. Cualquier cosa terrible desde la ruina hasta la muerte. Ya no le quedaba ninguna duda del empeno de ese hombre. Ni de su alcance y resolucion.

«A pesar de todas mis idas y venidas, de mis especulaciones y mis intentos de resolver los enigmas que se me planteaban, las opciones no han cambiado -penso Ricky-. Estoy en la misma posicion que cuando llego la primera carta a mi consulta.»

Eso no era del todo cierto. Su situacion habia empeorado. El doctor Frederick Starks que habia leido aquella carta en su consulta de la zona alta de la ciudad, rodeado de una vida bien ordenada, con control sobre cada minuto de cada dia, ya no existia. Habia sido un hombre de chaqueta y corbata, sereno e inmutable. En la ventanilla del autobus capto su imagen reflejada en el cristal oscuro. El hombre que lo miraba apenas se parecia al que creia haber sido antes. Rumplestiltskin habia querido jugar. Pero lo que le habia ocurrido a Ricky no tenia nada de deportivo.

El autobus dio una sacudida y el motor aminoro lo que indicaba que se acercaba otra parada. Ricky echo un vistazo al reloj y vio que llegaria a Wellfleet hacia el amanecer.

Quiza lo mas maravilloso del inicio de las vacaciones anuales era la llegada. El ritual era el mismo cada ano, un conjunto de pequenos actos que tenian la familiaridad del reencuentro con un viejo amigo despues de una larga ausencia. Tras la muerte de su mujer, Ricky habia sido inflexible en cuanto a seguir llegando del mismo modo a la casa de veraneo. Cada ano, el 1? de agosto, tomaba el mismo vuelo desde La Guardia hasta el pequeno aeropuerto de Provincetown, donde la misma compania de taxis lo recogia y lo llevaba por carreteras viejas y conocidas los veinte kilometros que habia hasta su casa. El proceso de abrir la casa era el mismo, desde abrir las ventanas de par en par para que entrara el aire limpio de Cape Cod hasta quitar y doblar las sabanas viejas y raidas que cubrian el mobiliario y limpiar el polvo acumulado en las superficies y los estantes. Tiempo atras habia compartido todas las tareas con su mujer. Los ultimos anos las habia hecho solo, pensando siempre, mientras repasaba el habitual montoncito de correo (la mayoria inauguraciones de galerias e invitaciones a fiestas que rechazaria), que seguir haciendo estas cosas antes compartidas conferia a su mujer una presencia fantasmagorica en su vida, lo que no le molestaba. Curiosamente, le hacia sentir menos aislado.

Este ano todo era distinto. No llevaba nada en las manos, pero el equipaje que cargaba pesaba mas que nunca, mas incluso que el primer verano tras la muerte de su esposa.

El autobus lo deposito en el macadan negro del estacionamiento del restaurante Lobster Shanty. En todos los anos que llevaba yendo a Cape Cod, nunca habia comido alli, suponia que desanimado por la sonriente langosta con babero y un tenedor en las pinzas que adornaba el cartel sobre la puerta del local. Dos coches esperaban a dos pasajeros y se marcharon deprisa despues de recogerlos. La manana era fria y humeda, y una neblina cubria las colinas. La luz del alba convertia el mundo que lo rodeaba en gris y vaporoso, como una fotografia algo desenfocada. Se estremecio, de pie en la acera, al sentir como la manana le traspasaba la ropa.

Sabia muy bien donde estaba, a unos cinco kilometros de su casa, en un lugar por el que habia pasado cientos de veces. Pero verlo a esa hora y en esas circunstancias le daba un aspecto desconocido, un poco falto de armonia, como un instrumento que tocara las notas correctas en el tono equivocado. Barajo la idea de llamar a un taxi, pero finalmente se marcho andando por la carretera con el paso vacilante de un soldado cansado del combate.

Tardo poco menos de una hora en llegar al camino rural que llevaba a su casa. Para entonces, el calor y la

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