luz del sol de aquella manana de agosto habian disipado parte de la niebla de las laderas circundantes. Cerca de la entrada de su casa vio tres cuervos negros que picoteaban el cadaver de un mapache, a unos veinte metros camino abajo. El animal habia elegido un mal momento para cruzar la noche anterior y se habia convertido en el desayuno de otro animal. Los cuervos tenian una forma de comer que llamo la atencion de Ricky: picoteaban al animal muerto sin dejar de volverse a derecha e izquierda para detectar cualquier amenaza, como si supieran el peligro que suponia estar en medio del camino y ni siquiera el hambre, por grande que fuera, les impidiese abandonar su cautela. Introducian sus largos picos en el cadaver y lo desgarraban con crueldad, y se picaban entre si, reacios a compartir la abundancia que les habia procurado un BMW o un SUV la noche anterior. Era una imagen habitual y normalmente Ricky apenas se habria fijado en ella. Pero esta manana le enfurecio, como si la exhibicion de los pajaros estuviera dirigida a el.

– Carroneros -mascullo Ricky-. Comecadaveres.

Empezo a agitar los brazos, frenetico, en su direccion. Pero los pajaros hicieron caso omiso de el hasta que dio unos pasos amenazadores hacia ellos. Entonces, graznando de alarma, se elevaron, describieron circulos sobre los arboles y volvieron segundos despues de que Ricky accediese al sendero de entrada a su casa.

«Son mas decididos que yo», penso, casi sumido en la frustracion, y volvio la espalda a la escena para recorrer con paso regular pero tembloroso el tunel de arboles levantando nubecitas de polvo con los pies.

Su casa estaba a solo medio kilometro de la carretera, pero no se veia.

La mayoria de las construcciones nuevas de Cape Cod exhibian la arrogancia del dinero tanto en el diseno como en la ubicacion. En todas las laderas y los promontorios habia casas grandes, dispuestas para tener el maximo de vistas del Atlantico. Y, si eso no era posible, estaban inclinadas de tal modo que daban a los claros o a los raquiticos bosques -debido a los fuertes vientos- que dominaban el paisaje. Las casas nuevas estaban disenadas para ver algo. La de Ricky era distinta. Construida mas de cien anos atras, habia sido en su dia una granja y estaba situada junto a unos campos donde antano crecia maiz y que ahora formaban parte de una zona protegida, con lo que el lugar estaba aislado. La casa no proporcionaba paz y soledad por las vistas que ofrecia, sino mas bien por su antigua conexion con la tierra bajo sus cimientos. Era un poco como un jubilado viejo y canoso, algo maltrecho y deteriorado, un poco ajado, que lucia sus medallas en vacaciones pero preferia pasarse las horas echando una cabezada al sol. La casa habia cumplido su mision durante decadas y ahora descansaba. Carecia de la energia de las viviendas modernas, donde la relajacion es casi una exigencia y un requisito apremiante.

Ricky cruzo las sombras bajo los arboles hasta que el sendero surgio del bosquecillo y vio la casa asentada en el extremo de un campo abierto. Casi le sorprendio que siguiera en pie.

Se detuvo en la entrada, aliviado de haber encontrado la llave de repuesto bajo la losa gris suelta, como era de esperar. Vacilo un momento y luego abrio la puerta y entro. El olor a cerrado fue casi un alivio. Sus ojos absorbieron con rapidez aquel mundo interior.

Polvo y calma.

Mientras consideraba las tareas que lo esperaban (ordenar, barrer y acondicionar la casa) un agotamiento casi mareante se apodero de el. Subio el angosto tramo de escaleras hacia el dormitorio. Las tablas del suelo, combadas y viejas, crujieron bajo su peso. En su habitacion abrio la ventana para sentir el aire calido.

Conservaba una foto de su mujer en un cajon de la comoda; un lugar curioso para guardar su imagen y su recuerdo. Lo saco y, aferrado a ella como un nino a un osito de peluche, se echo en la cama de matrimonio donde habia dormido en soledad los tres ultimos veranos. Casi de inmediato se sumio en un sueno profundo pero agitado.

19

Cuando abrio los ojos a primera hora de la tarde, noto que el sol habia recorrido el cielo. Estuvo desorientado un momento hasta que el mundo a su alrededor se enfoco, un mundo conocido y entranable, pero verlo le resultaba duro, casi como si la vista mas reconfortante quedara curiosamente fuera de su alcance. No le daba placer contemplar el mundo que lo rodeaba. Como la fotografia de su mujer que seguia sujetando en la mano, era distante y, de algun modo, lo habia perdido.

Fue al bano para mojarse la cara. Su imagen en el espejo parecia la de un hombre mas viejo. Apoyo las manos en el borde del lavabo y, mientras se observaba, penso que tenia mucho que hacer y poco tiempo para hacerlo.

Encaro con rapidez las tareas habituales del verano. Fue al granero para retirar la lona que cubria el viejo Honda y conectar el cargador de baterias que tenia para ese momento de cada verano.

Despues, mientras el coche se llenaba de energia, regreso a la casa para quitar las cubiertas de los muebles y barrer. En el armario habia un plumero, que uso, convirtiendo el interior de la casa en un mundo de acaros del polvo arremolinados en los haces del sol.

Como tenia por costumbre en Cape Cod, dejo la puerta abierta al salir. Si lo habian seguido, lo que era posible, no queria que Virgil, Merlin o quienquiera que fuese se viera obligado a forzar la entrada. Era como si con ello minimizara de algun modo la violacion. No sabia si podria soportar que se rompiese algo mas en su vida. Su piso de Nueva York, su carrera, su reputacion, todo lo relacionado con lo que Ricky creia ser y todo lo que habia construido en su vida habia sido sistematicamente destruido. Sintio que una especie de fragilidad inmensa descendia sobre su alma, como si una sola rajadura en el cristal de una ventana, una raya en la madera, una taza rota o una cuchara doblada fuera mas de lo que podria soportar.

Solto un suspiro de alivio cuando el Honda arranco. Probo los frenos y parecieron funcionar. Saco el coche marcha atras con cautela, sin dejar de pensar todo el rato: «Asi es como uno debe de sentirse al estar cerca de la muerte».

Una amable recepcionista senalo a Ricky el despacho acristalado del director del banco. El First Cape Bank era un edificio pequeno con revestimiento de madera, como muchas de las casas mas antiguas de la zona. Pero el interior era tan moderno como el que mas, y las oficinas combinaban lo antiguo con lo nuevo. Algun arquitecto lo habia considerado una buena idea, pero a Ricky le parecio que solo se habia creado un espacio que no pertenecia a ninguna parte.

Aun asi, se alegro de que estuviera ahi y todavia abierto.

El director era un hombre bajo, extrovertido, con un vientre prominente y una calva que el sol habia quemado en exceso ese verano. Estrecho la mano de Ricky con fuerza. Luego retrocedio y lo evaluo con la mirada.

– ?Se encuentra bien, doctor? ?Ha estado enfermo?

– Estoy bien -contesto Ricky tras vacilar-. ?Por que lo pregunta?

El director sacudio la mano como si quisiese borrar la pregunta que acababa de formular.

– Disculpe. No quiero ser indiscreto.

Ricky penso que su aspecto debia de reflejar el estres de los ultimos dias.

– He tenido uno de esos resfriados veraniegos. Me dejo hecho polvo -mintio.

– Pueden ser dificiles -asintio el director-. Espero que se haya hecho las pruebas de la enfermedad de Lyme. Aqui, a la que alguien no anda muy fino, es lo primero en lo que pensamos.

– Estoy bien -mintio Ricky de nuevo.

– Bueno, le estabamos esperando, doctor Starks. Creo que lo encontrara todo en orden, pero debo decirle que es el cierre de cuenta mas extrano que he visto nunca.

– ?Y eso por que?

– En primer lugar, hubo un intento de acceder a su cuenta sin autorizacion. Eso ya fue bastante extrano para una institucion como esta. Y hoy un mensajero nos entrego un sobre a su nombre.

– ?Un sobre?

El director le entrego un sobre de correo urgente. Llevaba el nombre de Ricky y el del director del banco. Procedia de Nueva York. En la casilla del remitente habia el numero de un apartado de correos y el nombre: «R. 5. 5km». Ricky lo cogio, pero no lo abrio.

– Gracias -dijo-. Perdone las irregularidades.

El director saco un sobre mas pequeno de un cajon de la mesa.

– El cheque bancario -aclaro-. Por diez mil setecientos setenta y dos dolares. Lamentamos cerrar su cuenta,

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