El criador vio que Ricky deslizaba la mano hacia el bolsillo.
– Senor detective privado, aunque lo que tenga en el bolsillo sea una pistola, no le servira de nada, se lo aseguro -senalo-. No con este perro. Ni hablar.
Ricky cerro la mano alrededor de la culata y rodeo el gatillo con el indice. Tenia los ojos entrecerrados y apenas reconocio los tonos regulares de su propia voz.
– Puede -dijo despacio y con cuidado-. Puede que ya lo sepa.
Tal vez ni siquiera me moleste en intentar disparar a su perro, sino que le atraviese el pecho a usted con una bala. Es usted una diana ideal, se lo aseguro. Y estara muerto antes de tocar el suelo y ni siquiera tendra la satisfaccion de ver como su chucho me destroza.
Esta respuesta hizo vacilar al criador, que cogio el collar del perro para contenerlo.
– Matricula de New Hampshire -comento tras una tensa pausa-. Con el lema «Vive en libertad o muere». Memorable. Y ahora larguese.
Ricky subio al coche y cerro la puerta de golpe. Se saco la pistola de la chaqueta y encendio el motor. Al alejarse vio al criador por el retrovisor, con el perro aun a su lado, observando como se iba.
Respiraba con dificultad. Era como si el calor del exterior hubiese invadido el aire acondicionado del automovil. Mientras recorria el camino de entrada hacia la carretera bajo la ventanilla y aspiro una bocanada de viento. Tenia un sabor caliente.
Se detuvo a un lado de la carretera para recuperarse y, mientras lo hacia, vio la entrada del cementerio. Calmo sus nervios y trato de evaluar lo ocurrido en el criadero de perros. Era evidente que la mencion de los tres huerfanos habia desencadenado una reaccion.
Imaginaba que era muy profunda, casi un mensaje subliminal.
Aquel hombre no pensaba en esos tres ninos desde hacia anos, hasta que Ricky llego con su pregunta, y eso habia suscitado una respuesta desde lo mas profundo de su ser.
La reunion habia tenido un cariz mas peligroso que el propio Brutus. Era como si aquel hombre hubiera estado esperando durante anos que el, o alguien como el, apareciera haciendo preguntas y, tras sorprenderse de que lo que llevaba anos esperando hubiese llegado por fin, hubiese sabido exactamente que hacer.
Se le revolvio un poco el estomago mientras este pensamiento cobraba forma.
Al cruzar la entrada del cementerio habia un pequeno edificio de madera blanca a cierta distancia de la calle que separaba las hileras de tumbas. Ricky imagino que era algo mas que un cobertizo y se detuvo frente a el. Un hombre canoso con un uniforme de trabajo azul parecido al que el usaba en el departamento de mantenimiento, salio del edificio y se dirigio hacia una cortadora de cesped, pero se detuvo al ver a Ricky bajar del coche.
– ?Puedo ayudarle? -pregunto el hombre.
– Estoy buscando un par de tumbas -dijo Ricky.
– Aqui hay mucha gente enterrada. ?A quien esta buscando en concreto?
– A un matrimonio llamado Jackson.
– Hace mucho tiempo que nadie viene a visitarlos -sonrio el hombre-. Puede que la gente piense que da mala suerte, pero yo creo que cualquiera que establezca aqui su residencia ya ha vivido toda su suerte, buena o mala, asi que no me importa demasiado.
Los Jackson estan al fondo, en la ultima fila, a la derecha. Siga la calle hasta el final y tuerza a la derecha. Lo encontrara enseguida.
– ?Los conocia?
– No. ?Es pariente?
– No -contesto Ricky-. Soy detective. Estoy interesado en sus hijos adoptivos.
– No tenian familia. No se nada sobre hijos adoptivos. Eso habria salido en los periodicos cuando murieron, pero no lo recuerdo, y los Jackson fueron portada uno o dos dias.
– ?Como murieron?
– ?No lo sabe? -solto el hombre, algo sorprendido.
– ?Como?
– Bueno, fue lo que la policia denomina asesinato-suicidio. El hombre mato a su mujer de un disparo despues de una de sus peleas y luego se suicido. Los cadaveres estuvieron dos dias en la casa antes de que el cartero se diera cuenta de que nadie recogia el correo, sospechara algo y llamara a la policia. Al parecer, los perros habian tenido acceso a los cuerpos, con lo que no quedaba mucho de ellos, solo restos de lo mas desagradables. Habia mucho odio en esa casa, por lo visto.
– El hombre que la compro…
– No lo conozco, pero dicen que es un sujeto de cuidado. Tan repugnante como los perros. Se hizo cargo del criadero de los Jackson, aunque por lo menos sacrifico a todos los animales que se habian comido a los anteriores propietarios. Pero es probable que el acabe igual. Puede que eso le pase por la cabeza. Y que por eso sea tan mal bicho. -El hombre solto una risa espeluznante y senalo la pendiente-. Ahi arriba. De hecho, un lugar bastante bonito para reposar eternamente.
– ?Sabe quien compro la tumba? -pregunto Ricky tras pensar un momento-. ?Y quien paga el mantenimiento?
– Recibimos los cheques, pero no lo se.
El hombre se encogio de hombros.
Ricky encontro la tumba sin dificultad. Permanecio un segundo en medio del silencio del sol del mediodia preguntandose un momento si alguien habria pensado en ponerle una lapida despues de su suicidio. Lo dudaba. El habia vivido tan aislado como los Jackson. Tambien se pregunto por que no habia puesto algun monumento conmemorativo para su mujer. Habia ayudado a establecer un fondo para libros en su facultad de derecho y cada ano hacia una contribucion a la organizacion Nature Conservancy en su nombre, y se habia dicho que esos actos eran mejores que un frio pedazo de piedra que montara guardia sobre una angosta franja de tierra. Pero al estar ahi de pie, no estuvo tan seguro. Se encontro absorto en la muerte, pensando en sus consecuencias permanentes para los que quedan. «Cuando alguien muere aprendemos mas sobre la vida de lo que sabemos sobre el fallecido», penso.
Estuvo largo rato ahi, frente a las tumbas, antes de examinarlas. Tenian una lapida comun, que se limitaba a dar sus nombres y las fechas de su nacimiento y su muerte. Algo no encajaba, y observo esta breve informacion para intentar averiguar que era. Le llevo unos segundos establecer una relacion.
El mes de la fecha del asesinato-suicidio coincidia con el de la firma de los documentos de adopcion.
Ricky dio un paso atras. Y entonces comprendio algo mas.
Los Jackson habian nacido en la decada de los veinte. Ambos tenian mas de sesenta anos al morir.
Sintio calor de nuevo y se aflojo la corbata. La barriga postiza parecia tirar de el hacia abajo, y el moraton y la cicatriz pintados en la cara empezaron a picarle. «Nadie puede adoptar a un nino, y mucho menos a tres, a esa edad -penso-. Las normas de las agencias de adopcion descartarian a una pareja sin hijos de esa edad en favor de una pareja mas joven y vigorosa.»
Permanecio junto a las tumbas pensando que estaba contemplando una mentira. No sobre su muerte, eso era cierto, sino sobre algo de su vida.
«Todo esta mal -penso-. Todo es distinto de como deberia ser.»
La sensacion de caminar por el borde de algo mas terrible de lo que habia previsto le produjo un estremecimiento. Una venganza sin limites.
Se dijo que lo que tenia que hacer era regresar a la seguridad de New Hampshire y examinar lo que habia averiguado para dar a continuacion un paso racional e inteligente. Detuvo el coche frente a la recepcion del motel Econo y entro. Otro empleado, James, que llevaba una corbata de nudo fijo que aun asi seguia torcida, habia sustituido a Omar.
– Me marcho -dijo Ricky-. Lazarus. Habitacion 232…
El recepcionista obtuvo una factura en la pantalla del ordenador.
– Esta todo listo. Pero tiene dos mensajes telefonicos.
– ?Mensajes telefonicos? -repitio Ricky tras vacilar un instante.
– Llamo un hombre de un criadero de perros y pregunto si todavia se alojaba aqui -contesto James-. Queria dejarle un mensaje en el telefono de su habitacion. Despues hubo otro mensaje.
– ?Del mismo hombre?
– No lo se. No hable con la persona. Me aparece un numero en el registro de llamadas. Habitacion 232… Dos
