preparar unas cosas mas.

En El arte de la guerra Sun-Tzu comenta la importancia de la eleccion del campo de batalla. Obtener un emplazamiento protegido y valerse de esa ventaja. Ocupar el terreno elevado. Ser capaz de esconder la propia fortaleza. Obtener ventaja a partir del conocimiento topografico. Ricky penso que estas lecciones tambien se le podian aplicar. El poema en el Village Voice era como un disparo que cruzara las defensas de su adversario, una salva inicial destinada a captar su atencion.

Comprendio que no pasaria demasiado tiempo antes de que alguien fuera a Durham a buscarlo. La matricula que el propietario de la perrera habia observado lo garantizaba. No creia que resultara demasiado dificil averiguar que la matricula pertenecia a un Rent-A-Wreck, y muy pronto apareceria alguien preguntando el nombre de quien habia alquilado ese coche. Se enfrentaba a una cuestion compleja pero que se podia resumir en una pregunta sencilla: ?donde queria librar la proxima batalla? Tenia que elegir el terreno.

Devolvio el coche de alquiler, paso un momento por su habitacion y luego se dirigio a su trabajo nocturno en la linea directa, aturdido por estas preguntas, pensando que no sabia cuanto tiempo habia ganado con los anuncios del Times y el Voice, pero seguro que un poco. El Times lo publicaria a la manana siguiente; el Voice, a finales de semana. Era razonable suponer que Rumplestiltskin no actuaria hasta haber leido ambos. De momento solo sabia que un detective privado gordo y con una cicatriz habia ido a un criadero de perros de Nueva Jersey a hacer preguntas inconexas sobre la pareja que, segun los informes, lo habia adoptado a el y a sus hermanos hacia anos. Un hombre persiguiendo una mentira. No se enganaba pensando que Rumplestiltskin no veria las relaciones ni encontraria con rapidez otros signos de su existencia. Frederick Lazarus, sacerdote, apareceria investigando en Florida. Frederick Lazarus, detective privado, habia llegado a Nueva Jersey. Su ventaja era que no habia ningun vinculo evidente entre Frederick Lazarus y el doctor Frederick Starks o Richard Lively. Uno habia sido dado por muerto. El otro seguia aferrado al anonimato. Al sentarse a una mesa en la oscura oficina de la centralita telefonica, se alegro de que el semestre universitario estuviera acabando. Esperaba que las llamadas obedecieran al estres habitual, a la desesperacion de los examenes finales, algo que le resultaba comodo. No penso que alguien fuera a suicidarse por un examen final de quimica, aunque habia oido cosas mas tontas. Y, a altas horas de la noche, resulto que podia concentrarse con claridad.

«?Que quiero conseguir?», se pregunto.

?Queria asesinar al hombre que lo habia obligado a simular su propia muerte? ?Que habia amenazado a sus familiares lejanos y destruido todo lo que le convertia en lo que era? Penso que en algunas de las novelas de misterio y de suspense que habia devorado los ultimos meses, la respuesta habria sido un simple si. Alguien le habia hecho mucho dano, de modo que le volveria las tornas a ese alguien. Lo mataria. Ojo por ojo, la esencia de todas las venganzas.

Torcio el gesto y se dijo: «Hay muchas formas de matar a alguien». En efecto, el habia experimentado una. Tenia que haber otras, desde la bala de un asesino hasta los estragos de una enfermedad. Encontrar el crimen adecuado era fundamental. Y, para ello, tenia que conocer a su adversario. No solo saber quien era, sino que era.

Y tenia que resurgir de esa muerte con su vida intacta. No era como un piloto kamikaze que se tomaba una copa ritual de sake y se dirigia a su propia muerte sin la menor preocupacion. Ricky queria sobrevivir.

Nunca volveria a ser el doctor Frederick Starks. Adios al comodo ejercicio de escuchar a diario los lamentos de los ricos y trastornados durante cuarenta y ocho semanas al ano. Eso se habia acabado, y el lo sabia.

Echo un vistazo alrededor, a la pequena oficina donde se encontraba la linea directa para los desesperados. Era una habitacion en el pasillo principal del edificio de servicios medicos para estudiantes. Era un lugar estrecho, nada comodo, con una sola mesa, tres telefonos y varios carteles dedicados a los programas de futbol americano y beisbol, con fotografias de los deportistas. Habia tambien un plano grande del campus y una lista mecanografiada de numeros de servicios de urgencias y de seguridad. Tambien habia unas normas que debian seguirse cuando el voluntario que atendia la linea estaba seguro de que alguien habia intentado quitarse la vida. Los pasos a seguir consistian en llamar a la policia y hacer que el telefonista comprobara la linea, lo que localizaria el origen de la llamada. Este procedimiento solo debia usarse en las emergencias mas graves, cuando habia una vida en juego y era necesario enviar ayuda. Ricky no habia tenido que usarlo nunca. En las semanas que habia trabajado en el turno de noche, siempre habia conseguido hacer entrar en razones, o por lo menos entretener, incluso a las personas mas desesperadas. Se preguntaba si alguno de los muchachos a los que habia ayudado se habria asombrado de saber que la voz tranquila que le hacia recuperar la sensatez pertenecia a un empleado de mantenimiento de la facultad de quimica.

«Es algo que vale la pena proteger», se dijo Ricky.

Esa conclusion le hizo tomar una decision. Tendria que alejar a Rumplestiltskin de Durham. Si queria sobrevivir a la confrontacion que se acercaba, Richard Lively debia estar a salvo y seguir siendo anonimo.

– De vuelta a Nueva York -se susurro a si mismo.

En ese momento sono el telefono en la mesa. Pincho la linea correspondiente y descolgo el auricular.

– Telefono de la Esperanza. ?En que puedo ayudarte? -dijo.

Hubo un instante de silencio y luego un sollozo apagado. Acto seguido oyo una serie de palabras entrecortadas que por separado significaban poco pero que juntas decian mucho:

– No puedo, es que no puedo, es demasiado, no quiero, oh, no se…

«Una mujer joven», penso Ricky.

Pronunciaba las palabras con claridad, aparte de los sollozos de emocion, asi que no parecia haber problemas de drogas o alcohol. Unicamente soledad y humana desesperacion en plena noche.

– ?Podrias hablar mas despacio e intentar contarme lo que pasa? -sugirio con dulzura-. No hace falta que sea todo. Solo lo de ahora mismo, en este momento. ?Donde estas?

– En el dormitorio de la residencia.

La respuesta llego tras una pausa.

– Muy bien -la animo Ricky con suavidad, para empezar con las preguntas-. ?Estas sola?

– Si.

– ?No hay una companera de habitacion? ?Amigos?

– No. Sola.

– ?Es asi como estas siempre? ?O solo tienes esa sensacion?

Esta pregunta parecio hacer reflexionar a la joven.

– Bueno, he roto con mi novio y mis clases son todas terribles, y cuando regrese a casa mis padres me van a matar porque ya no estoy en el cuadro de honor. Puede que no apruebe el curso de literatura comparada y todo parece haber llegado a un punto critico y…

– Y algo te hizo llamar a este telefono, ?verdad?

– Queria hablar. No es que quisiera hacerme algo…

– Eso es muy razonable. Al parecer no has tenido un semestre muy bueno.

– Ni que lo digas.

La muchacha rio con amargura.

– Pero habra otros semestres, ?verdad?

– Pues si.

– Y tu novio, ?por que te dejo?

– Dijo que no queria estar atado…

– ?Y como te sento esta respuesta? ?Te deprimio?

– Si. Fue como una bofetada. Me senti como si me hubiera estado usando solo por el sexo, ?sabes? Y ahora que se acerca el verano habra imaginado que ya no valia la pena. He sido como una especie de caramelo. Pruebame y tirame.

– Una buena forma de decirlo -aseguro Ricky-. Un insulto, entonces. Un golpe a tu dignidad.

La joven volvio a guardar silencio un momento.

– Supongo, pero no lo habia visto de ese modo.

– Bueno -prosiguio Ricky con voz firme y suave-. En lugar de estar deprimida y de pensar que te pasa algo, deberias estar enfadada con ese cabron, porque es evidente que el problema lo tiene el. Y el problema es el egoismo, ?no?

Pudo percibir como la muchacha asentia con la cabeza. Penso que era una llamada de lo mas tipica. Habia

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