Negro Chico se situo entre el paciente y la enfermera en practicas.
– ?Atras! -ordeno, y su enorme hermano tiro de Larguirucho.
– Quiza me he equivocado -se excuso Larguirucho a la vez que sacudia la cabeza-. Parecia tan evidente al principio. Luego cambio. De repente cambio. Ahora no estoy seguro. -Volvio la cabeza hacia Negro Grande estirando su cuello largo como el de un avestruz. La duda y la tristeza tenian su voz-: Crei que era ella. Tenia que serlo. Es la mas nueva. No lleva aqui demasiado tiempo. Seguro que es alguien recien llegado. Debemos tener mucho cuidado para no dejar que el mal entre en este hospital. Debemos estar atentos todo el rato. Alerta sin cesar. Lo siento -se disculpo mientras Rubita se ponia en pie y procuraba recobrar la calma-. Estaba tan seguro… Ahora ya no lo estoy tanto -anadio con frialdad y la miro con los ojos entornados-. Podria serlo. Podria estar mintiendo. Los esbirros de Satan son especialistas en mentir. Son unos impostores. Para ellos es facil hacer que alguien parezca inocente cuando en realidad no lo es.
Rubita se alejo sin apartar unos ojos recelosos del sitio donde Negro Grande sujetaba a Larguirucho.
– Encarguese de que le administren un sedante esta noche -ordeno Evans a Negro Chico-. Cincuenta miligramos de Nembutal, por via intravenosa, a la hora de la medicacion. Quiza deberia pasar la noche en aislamiento.
Larguirucho seguia observando a Rubita. Cuando oyo la palabra «aislamiento», se volvio hacia el senor del Mal y sacudio la cabeza vehementemente.
– No, no -solto-. Estoy bien. De verdad. Solo hacia mi trabajo. No causare problemas, lo prometo… -Su voz se fue apagando.
– Ya veremos -dijo Evans-. A ver como responde al sedante.
– Estare bien -insistio Larguirucho-. De verdad. No causare ningun problema. Ninguno. No me pongan en aislamiento, por favor.
– Puede tomarse un descanso -indico Evans a Rubita, pero la esbelta enfermera sacudio la cabeza.
– Estoy bien -respondio imprimiendo cierto valor a sus palabras, y prosiguio alimentando a la anciana en la silla de ruedas.
Francis observo que Larguirucho seguia con los ojos puestos en Rubita, y su mirada fija reflejaba lo que interpreto como incertidumbre. Mas adelante comprenderia que podria haber sido algo muy diferente.
La aglomeracion habitual empujo y se quejo esa noche a la hora de la medicacion. Rubita estaba en el puesto de enfermeria y quiso ayudar a distribuir las pastillas, pero las otras enfermeras, mayores y mas expertas, se encargaron de ello. Varias voces subieron de tono para quejarse y un hombre rompio a llorar cuando otro lo aparto de un empujon, pero Francis tuvo la impresion de que el incidente de la cena habia dejado a casi todos si no mudos, por lo menos calmados. Penso que el hospital era una cuestion de equilibrios. Los medicamentos equilibraban la locura; la edad y la reclusion equilibraban la energia y las ideas. Todos los pacientes aceptaban cierta rutina que limitaba, definia y reglamentaba el espacio y la accion. Incluso los esporadicos empujones y discusiones a la hora de la medicacion formaban parte de un elaborado minue demencial, tan codificado como un baile barroco.
Larguirucho aparecio acompanado de Negro Grande. Sacudia la cabeza y Francis lo oyo quejarse.
– Estoy bien. No necesito nada extra para tranquilizarme -decia-. Estoy bien.
Pero Negro Grande habia perdido su habitual expresion complaciente.
– Tienes que facilitarnos las cosas, Larguirucho -le dijo-, o tendremos que ponerte una camisa de fuerza y encerrarte toda la noche en aislamiento. Asi que inspira hondo, subete la manga y no te resistas.
Larguirucho asintio aunque Francis vio que miraba con recelo a Rubita, que trabajaba en la parte posterior del puesto de enfermeria. Fueran cuales fuesen las dudas que Larguirucho tenia sobre la identidad de Rubita, Francis supo que ni la medicacion ni la persuasion las habia disipado. Parecia temblar de ansiedad de pies a cabeza, pero no opuso resistencia a la enfermera Huesos, que se acerco a el con una hipodermica que goteaba farmaco y le froto el brazo con alcohol antes de clavarle la aguja. Francis penso que debia de doler, pero Larguirucho no mostro signos de ello. Lanzo una ultima mirada a Rubita antes de que Negro Grande se lo llevara hacia el dormitorio.
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