sentian la urgencia, la necesidad de avanzar a toda prisa, acompanados en todo momento por la incertidumbre. El paisaje pasaba con gran celeridad; apenas parecia haber espacio suficiente para respirar en aquella estrecha carretera. Cowart se agarro al reposabrazos al ver que se aproximaban a un viejo autobus escolar, pintado de blanco reluciente, que avanzaba balanceandose lentamente por el unico carril de la carretera. Brown tuvo que pisar el freno para evitar embestirlo por detras. Cowart alzo la vista y vio que en la parte trasera del autobus, sobre la salida de emergencia, unas palabras escritas a mano en un rojo chillon, entusiasta y alegre rezaban: «?Aun estas a tiempo de dar la bienvenida a tu salvador!» Debajo, en letras ligeramente mas pequenas, pero igual de recargadas: «Nueva Iglesia Bautista de la Redencion. Pachoula, Florida.» Y por ultimo, en el parachoques, una exhortacion en letras grandes y pomposas: «?Sigueme hasta Jesus!»
Cowart bajo la ventanilla y oyo las voces del coro religioso, que se sobreponian a los chirridos y carraspeos del autobus. Aguzo el oido pero no logro entender la letra del canto coral, aunque oia fragmentos de la musica.
Brown dio un volantazo y piso el acelerador. Con una maniobra rapida adelantaron al autobus. Cowart miro las ventanillas y vio a decenas de personas negras que se mecian y daban palmadas siguiendo el zarandeo del vehiculo y el ritmo de la musica. Sus voces fueron ahogadas por la velocidad y la distancia.
Continuaban adentrandose en una oscuridad cada vez mayor. Al debilitarse, la luz desdibujaba los contornos de las casas y construcciones y cada vez resultaba mas dificil distinguir la serpenteante carretera por la que viajaban.
– En este condado Jesus hace horas extra -dijo Brown-. Recogiendo almas.
El teniente habia conducido en silencio, incapaz de quitarse de la cabeza el recuerdo que habia irrumpido de pronto en su conciencia. Se trataba de una imagen de la guerra, terrible aunque habitual: el llevaba siete meses en el campo y su peloton habia cruzado el descampado; era casi al final del dia, se hallaban cerca del campamento, tenian calor, estaban sucios y cansados y, probablemente, en lugar de prestar atencion iban pensando en lo que les esperaba al llegar, en la comida, en el descanso, en otra noche tensa e incomoda… lo cual los hacia muy vulnerables. De forma que, en retrospectiva, la sorpresa no deberia haber sido tal cuando el disparo de un francotirador corto el aire y uno de los hombres, el que iba al frente, se desplomo tan repentinamente que Brown tuvo la sensacion de que un dios encolerizado habia descendido para llevarselo por puro capricho. El hombre habia lanzado un grito de miedo y dolor: «?Ayudadme! ?Por favor!» Brown no se habia inmutado. Sabia que el francotirador estaba aguardando a que alguien socorriera al hombre herido. Sabia que ocurriria si acudia en su ayuda. De modo que permanecio inmovil, cuerpo a tierra, pensando: «Yo tambien quiero vivir.» Se quedo asi hasta que el jefe de peloton dio la orden de atacar la hilera de arboles donde se ocultaba el francotirador. A continuacion, tras haber destrozado y astillado el bosque con una docena de explosivos de alta potencia, Brown corrio hacia el hombre herido. Era un chico blanco de California y solo llevaba una semana en el peloton. Brown se habia arrodillado junto a el, contemplando su pecho desgarrado, ya sin esperanza, y tratando de recordar su nombre.
Habia sido su ultimo herido. Y habia muerto.
Una semana mas tarde, Brown habia regresado a casa porque su periodo de servicio era mas corto, al igual que para muchos estudiantes de medicina; de vuelta a la Universidad Estatal de Florida, despues al curso de formacion en justicia penal y, finalmente, al cuerpo de policia. No era el primer negro que trabajaba en la jefatura del condado de Escambia, pero se daba por sentado que iba a ser el primero en prosperar. Lo tenia todo a su favor: era de la zona, era una estrella del futbol, era un heroe de guerra, y era licenciado. Los viejos prejuicios se iban erosionando como rocas que se desintegran con el continuo batir de las olas.
Se sentia un poco culpable. El recuerdo de los gritos de auxilio de los heridos lo perseguia, aunque siempre habian sido los gritos de hombres a los que habia salvado. «Resulta facil evocar esas voces -penso-. Te recuerdan que tu estabas alli haciendo el bien en medio de tantas crueldades.» Aquella era la primera vez que recordaba el ultimo grito de aquel hombre.
«?Tambien pidio ayuda Wilcox? -se pregunto-. A el tambien lo abandone.»
Sabia que tendria que explicarselo a la familia de Wilcox. Por suerte, no habia mujer ni pareja estable. Se acordaba de una hermana, casada con un oficial de la marina destinado en San Diego. Le constaba que la madre de Wilcox habia fallecido, y que su padre vivia solo en un hogar de ancianos. Habia docenas de residencias para la tercera edad en el condado de Escambia; era un negocio en auge. Recordo los primeros encuentros con el padre de Wilcox: un hombre estricto y severo. «Es un hombre que ya detesta el mundo. Ahora tendra un motivo mas - penso-. ?Como se lo dire? ?Que lo perdi? ?Que lo deje con una detective inexperta y desaparecio? ?Que lo doy por muerto? ?Desaparecido en acto de servicio? Pero no es como si hubiera desaparecido en medio de la selva.» Sin embargo, se dio cuenta de que efectivamente era asi.
Puso las luces largas del coche. Inmediatamente vislumbraron los ojitos redondos y rojos de una zarigueya asomada a un margen de la carretera, como dispuesta a desafiar a las ruedas del coche. Brown no se desvio, y en el ultimo momento el animalito salto de nuevo a la cuneta.
Brown penso que ojala el tambien pudiera esconderse.
«Imposible», se dijo.
Poco tiempo despues, paro el coche en el aparcamiento de un motel llamado Admiral Benbow Inn, en las afueras de Pachoula y dejo a Cowart y Shaeffer en la acera. Sus rostros quedaron iluminados por un letrero blanco cuyo resplandor atraia la atencion de todos los conductores de la interestatal.
– Volvere -dijo con un tono enigmatico.
– ?Que va a hacer?
– Organizar los refuerzos. No creera que vamos a atraparlo nosotros solos, ?no?
Cowart penso en lo que Brown habia dicho en Newark. No se imaginaba que iban a pedir refuerzos.
– Supongo que no.
Shaeffer les interrumpio.
– ?A que hora?
– Temprano. Les recogere antes de que amanezca. Pongamos las cinco y cuarto.
– ?Y luego?
– Iremos a casa de la abuela de Ferguson. Creo que el estara alli. A lo mejor lo sorprendemos durmiendo. A ver si hay suerte.
– ?Y si no? -pregunto Cowart-. ?Que haremos entonces?
– Buscaremos mejor. Pero creo que alli lo encontraremos.
Shaeffer asintio. Sonaba sencillo e imposible al mismo tiempo.
– ?Donde va usted ahora? -pregunto Cowart de nuevo.
– Ya se lo he dicho. A organizar los refuerzos. Tal vez a rellenar algunos informes. Y quiero pasar por mi casa a ver a mi familia. Nos reuniremos antes de que salga el sol.
Luego arranco y se alejo a gran velocidad, dejando al periodista y la joven detective en la acera, como un par de turistas despistados en el extranjero. Por un instante miro por el retrovisor y los vio dirigirse a la recepcion del motel. Parecian pequenos, indecisos. Luego tomo una curva y los perdio de vista. Sintio una especie de liberacion interior, como si se hubiera aflojado algo que lo estaba oprimiendo. Sentia tambien que la amargura brotaba en su interior, notaba su regusto en la lengua. La noche lo envolvia y, por primera vez en dias, se sintio tranquilo, lo suficiente para dar rienda suelta a su ira. Condujo bruscamente, a toda velocidad pero sin rumbo. No tenia la menor intencion de rellenar informes ni de organizar refuerzos. Se dijo: «Las cuentas con la muerte pueden esperar.»
Cowart y Shaeffer se registraron en el motel y se dirigieron al restaurante para comer algo. Ninguno de los dos tenia mucho apetito, pero era la hora de cenar, de modo que parecia lo logico. Les atendio una camarera que, a juzgar por sus gestos, se sentia incomoda con el almidonado uniforme azul, probablemente demasiado estrecho, que le aprisionaba los exuberantes pechos. El interes que mostro al tomarles nota fue minimo. Mientras esperaban, Cowart miro a Shaeffer y cayo en la cuenta de que no sabia practicamente nada de ella. Y tambien de que habia pasado mucho tiempo desde la ultima vez que habia estado sentado frente a una mujer joven. Tras la agresiva personalidad que proyectaba la detective se escondia en realidad una mujer atractiva. Cowart penso: «Si esto fuera Hollywood, habrian surgido entre nosotros sentimientos intensos por todas las vivencias comunes y ahora nos fundiriamos en un abrazo -penso el y sonrio-. Pero me temo que ni siquiera lograremos mantener una
