para el todo es igual. Supongo que se reira, porque todo lo hace reir, y se sentara en la silla como si nada.
– Necesito hablar con el.
– Nadie necesita hablar con ese tipo.
– Yo si. ?Puede arreglarlo?
Rogers se detuvo y lo miro fijamente.
– ?Tiene que ver con Bobby Earl?
– Puede.
El sargento se encogio de hombros.
– Bueno, lo mejor es preguntarselo a el. Si acepta, lo arreglare; pero si dice que no…
– De acuerdo.
– No sera como hablar con Bobby Earl en la sala para ejecutivos. Tendremos que usar la jaula.
– Lo que sea. Hagame ese favor.
– Esta bien, senor Cowart. Llameme por la manana, y procurare darle una respuesta.
Los dos traspusieron en silencio la puerta de acceso a la prision. Por un instante, permanecieron de pie en el vestibulo, ante la puerta de la calle. Luego salieron fuera. El periodista vio que el guardia se protegia los ojos de la luz y miraba el cielo azul en direccion al sol cegador. Luego respiro hondo, con los ojos cerrados por un instante como esperando que el aire fresco aliviara parte del bochorno de la prision. Despues sacudio la cabeza y, sin decir palabra, volvio a entrar en el recinto.
«Ferguson tenia razon -penso Cowart-. Todo el mundo conoce a Blair Sullivan.»
Florida tiene una extrana manera de generar asesinos inhumanos, casi como si el mal arraigara en ese estado y luchara por abrirse camino; igual que los retorcidos mangles que florecen en la tierra arenosa y salitrosa, a orillas del oceano. Y los que no han nacido alli parecen verse atraidos por Florida con alarmante frecuencia, como siguiendo una insolita oscilacion gravitacional del crimen, producida por las corrientes ocultas y los inconfesables deseos del hombre. Eso confiere al estado una suerte de familiaridad con el mal, una aceptacion resignada del paranoico que abre fuego con un arma automatica en un establecimiento de comida rapida, o de los cuerpos hinchados de los narcotraficantes que crian gusanos en los humedos Everglades. Libertinos, chalados, criminales a sueldo, asesinos movidos por la locura, la pasion o la falta de razon y sentimientos, todos parecen ir a parar a Florida.
Blair Sullivan reconocia haber matado a una docena de personas en su viaje rumbo al Sur, antes de llegar a Miami. Asesinatos cometidos por razones de mera oportunidad: gente a la que liquidaba por interponerse en su camino. El gerente nocturno de un motel de carretera, la camarera de una cafeteria, el dependiente de un pequeno establecimiento, una pareja de ancianos turistas que cambiaba una rueda en el arcen. Pero lo que hacia tan aterradora esta particular oleada de asesinatos era su total aleatoriedad. A algunas victimas las atracaba, a otras las violaba, a otras sencillamente las asesinaba sin motivo aparente o por razones incomprensibles, como el encargado de la gasolinera al que abatio a tiros a traves de la mampara protectora, no para atracarle sino porque no le habia dado el cambio lo bastante rapido. Sullivan fue detenido en Miami minutos despues de acabar con una pareja de jovenes a la que habia sorprendido retozando en una carretera desierta. Se habia tomado su tiempo: habia atado al muchacho para que mirase mientras violaba a su novia, para luego dejar que ella viera como lo degollaba a el. Cuando una patrulla estatal dio con el, estaba cosiendo a cuchilladas el cuerpo de la joven. Al oir la condena, Sullivan habia dicho al juez, con arrogancia y sin la menor muestra de arrepentimiento: «Mala suerte. Si hubiera sido mas rapido, me hubiera cargado tambien a los polis.»
Cowart marco un numero de telefono desde su habitacion y en cuestion de segundos le contesto la seccion local del
– ?Edna?
– ?Matty? ?Donde estas?
– Metido en un hotel de veinte pavos la noche en Starke, intentando sacar algo en claro de este asunto.
– Hazmelo saber en cuanto lo consigas. ?Que, como va el articulo? En la redaccion corre el rumor de que tienes algo muy bueno entre manos.
– No me puedo quejar.
– ?Ese tipo es el verdadero asesino o que?
– No lo se. Hay algunas cuestiones dudosas. Los policias incluso admiten haberlo golpeado antes de la confesion. Claro que no tan fuerte como el dice; pero aun asi… no se…
– ?Estas de broma? Suena bien. El menor atisbo de coaccion deberia hacer que un juez desechase la confesion del acusado. Y si los agentes admiten haber mentido, por poco que fuera, bueno… Ve con cuidado.
– Eso es lo que me preocupa, Edna. ?Por que iban a admitir que han golpeado al muchacho? Eso no los beneficia en nada.
– Matty, sabes tan bien como yo que los policias son los peores mentirosos del reino. Intentan mentir, les sale el tiro por la culata y lo echan todo a perder. No lo llevan en los genes, por eso acaban diciendo la verdad. Solo tienes que insistir lo suficiente, no dejar de hacerles preguntas; al final siempre confiesan. Y ahora dime, ?en que puedo ayudarte?
– Blair Sullivan.
– ?Sully? ?Uau!, eso suena interesante. ?Que tiene que ver el en todo esto?
– Bueno, su nombre surgio en un contexto poco habitual. De momento no puedo hablar de eso.
– Vamos, sueltalo.
– Dame un respiro, Edna. En cuanto lo compruebe seras la primera en saberlo.
– ?Lo prometes?
– Lo prometo.
– ?Lo juras?
– Venga ya, Edna.
– Esta bien. De acuerdo. Blair Sullivan. Sully, ?por Dios! Ya sabes que soy muy liberal, pero ese tipo… ?Sabes lo que le obligo a hacer a aquella chica antes de matarla? Nunca lo puse por escrito, no pude. Cuando los miembros del jurado lo oyeron, uno de ellos vomito. Tuvieron que hacer un receso para limpiar aquello. Despues de haber visto como su novio moria desangrado, Sully hizo que se agachara y…
– Prefiero no saberlo.
– Entonces, ?que quieres saber?
– ?Puedes hablarme de su viaje al Sur?
– Claro. La prensa amarilla lo titulo «Viaje mortal». Bueno, estaba bastante bien documentado. Empezo con el asesinato de su casera en Louisiana, a las afueras de Nueva Orleans; luego le toco el turno a una prostituta de Mobile, Alabama. Alega haber acuchillado tambien a un marinero en Pensacola, un tio al que recogio en un bar de alterne y al que dejo en un contenedor; luego…
– ?Y eso cuando fue?
– Lo tengo en mis notas. Espera, estan en el ultimo cajon. -Cowart oyo como dejaba el auricular sobre la mesa y distinguio los sonidos de cajones que se abrian y se cerraban de un golpe-. Aqui esta. Debio de entrar en Florida a finales de abril; como mucho, a principios de mayo.
– ?Y entonces que hizo?
– Siguio lentamente hacia el sur. Increible. Avisos en los boletines de noticias y ordenes de busqueda en tres estados, volantes del FBI con su fotografia, partes electronicos del Centro Nacional de Informacion sobre el Crimen. Y nadie lo ve. Al menos, nadie que luego lo pudiera contar. A finales de junio llego a Miami. Debio de llevarle su tiempo hacer desaparecer la sangre de la ropa.
– ?Y que hay de los coches?
– Uso tres, todos robados. Un Chevy, un Mercury y un Olds. Se limitaba a abandonarlos y hacerle el puente a otro. Robaba matriculas y esa clase de cosas, ya sabes. Siempre escogia coches que pasasen inadvertidos, coches muy normales que no llamasen la atencion. Tambien dijo que siempre conducia a toda velocidad.
– Cuando llego a Florida, ?que coche conducia?
– Espera. Lo estoy comprobando en mi libreta. ?Sabes que hay un tipo en el
