– ?El que?
– El condenado fumando un cigarrillo. Mientras que todo el mundo ahi fuera intenta con todas sus fuerzas dejar de fumar, los que vivimos en este corredor fumamos un cigarrillo tras otro con naturalidad. ?Vaya!, tal vez somos los mejores clientes de Philip Morris. Sospecho que si nos lo permitieran, tendriamos todos los malos vicios, o al menos los mas nocivos. Como no es asi, nos limitamos a turnar. No es que a ninguno de nosotros nos preocupe demasiado el cancer de pulmon, aunque imagino que si consiguieras ponerte muy enfermo, tan enfermo que estuvieras a las puertas de la muerte, al estado le costaria poner tu culo en la silla. Al estado le dan asco estas cosas, Cowart. Se resisten a ejecutar a un enfermo de mente o de cuerpo. No senor. Quieren que los hombres a los que achicharran esten fisicamente sanos y mentalmente cuerdos. En Texas hubo un gran revuelo hace un par de anos, cuando trataron de matar a un pobre imbecil que habia sufrido un infarto cuando firmaron su orden de ejecucion. Eso hizo que la ejecucion se aplazara hasta que se recuperase y pudiera caminar por su propio pie hasta la silla. No querian llevarlo en una camilla, eso si que no. Eso heriria la sensibilidad de los filantropos y los defensores de los derechos humanos. Hay una historia divertida sobre un gangster de Nueva York en los anos treinta; nada mas llegar al corredor, el hombre empezo a comer sin parar. Era un hombre gordo que se volvia enorme, cada vez mas gordo. Comia pan y patatas y espaguetis hasta reventar. Feculas. ?Y sabe por que lo hacia? Pensaba que al engordar tanto, cuando lo fueran a sentar ?destrozaria la silla! Me encanta. El problema es que no llego a conseguirlo. Entraba muy justo en la silla, pero vaya, aun asi cabia. Al final le salio el tiro por la culata, ?no? Para cuando acabaron con el, debia de parecer un cochinillo asado. Digame, ?y cual es el sentido de todo eso? ?Eh? -Volvio a reirse-. No hay lugar mejor que el corredor de la muerte para ver todas las ironias de la vida. -Se quedo mirando a Cowart, con uno de los parpados temblandole-. Digame, Cowart, ?usted tambien es un asesino?
– ?Que?
– ?Ha matado alguna vez? ?En el ejercito, quizas? Es lo bastante mayor para haber ido a Vietnam, ?estuvo alli? No, puede que no. Usted no tiene la mirada ausente de los veteranos. Pero tal vez haya destrozado un coche cuando era adolescente o algo asi. ?O tal vez mato a su mejor amigo, o a su principal enemigo, un sabado por la noche? ?O quiza dijo a los medicos de algun maldito hospital que desenchufaran a su madre o su padre ya ancianos cuando solo un deteriorado respirador les mantenia con vida? ?Lo hizo, Cowart? ?Alguna vez dijo a su esposa o su novia que abortara? A lo mejor, Cowart, esta usted por encima de todo eso, ?eh? ?Ha esnifado rayitas de cocaina en esas fiestas de Miami? ?Sabe cuantas vidas se perdieron en aquella remesa? Haga numeros… Vamos, Cowart, digame, ?tambien usted es un asesino?
– No, no lo creo.
Blair Sullivan gruno:
– Se equivoca. Todos somos asesinos. Solo tiene que fijarse bien. En el sentido amplio de la palabra, ?nunca ha visto, estando en un centro comercial, a una madre arremetiendo contra su hijo y dandole una tunda delante de todo el mundo? ?Y que creia que estaba pasando alli? Si mirase a los ojos del nino, veria que se llenan de frialdad. Un asesino en potencia. Asi pues, ?por que no mira tambien en su propio interior? Usted tambien tiene esa fria mirada, Cowart. Lo lleva dentro, lo se, lo noto con solo mirarle.
– Miente.
– No miento. Supongo que se trata de una habilidad especial. Ya sabe, un asesino reconoce a otro y ese tipo de cosas. Uno se familiariza con la muerte y la agonia, Cowart, y puede llegar a interpretar los indicios.
– Bueno, pues esta vez se ha equivocado.
– ?Lo cree de veras? Ya veremos. Ya veremos.
Sullivan se repantigo en la dura silla de metal, adoptando una postura relajada y sin dejar de hurgar con la mirada en lo mas hondo del corazon de Cowart.
– Es facil, ?sabe?
– ?Que es facil?
– Matar.
– ?Como?
– Cuestion de familiaridad. Se aprende muy rapido como muere la gente. Hay quien tiene una muerte violenta y quien muere en paz. Unos luchan con todas sus fuerzas, otros se van tranquilamente. Unos suplican que les perdones la vida, otros te escupen en la cara. Unos lloran, otros rien. Unos llaman a sus madres, otros te dicen que ya os vereis las caras en el infierno. Unos se aferraran a la vida, otros se rendiran facilmente. Pero en el fondo todos somos iguales. Nos volvemos frios y rigidos. Usted. Yo. Todos somos iguales al morir.
– Puede que al morir. Pero a cada persona le puede llegar la hora de muchas maneras diferentes.
Sullivan se echo a reir.
– Eso es cierto. Una observacion propia del corredor de la muerte, Cowart. Eso es exactamente lo que diria alguien del corredor, con los dias contados despues de ocho anos y mil apelaciones. De muchas maneras diferentes.
Blair Sullivan dio una larga calada e inundo de humo el aire quieto de la prision. Por un momento, sus ojos siguieron la estela del humo que se disipaba lentamente.
– Cuando se trata de morir, todos somos humo, ?verdad? Eso es lo que les dije a esos loqueros, aunque no creo que quisieran oir esa clase de cosas.
– ?Que loqueros?
– Los del FBI. Tienen una unidad especial de Ciencias del Comportamiento que intenta descubrir que se esconde tras los asesinos en serie, para luego hacer algo respecto a este pasatiempo norteamericano… -Sonrio-. Claro que no estan teniendo mucho exito, porque todos y cada uno de nosotros tenemos nuestras propias razones. Sin embargo, hay un par de buenos tipos. Les gusta venir aqui, me traen los tests de personalidad multifasica de Minnesota, tests de apercepcion tematica, tests Rorschach, tests de inteligencia y, quien sabe, a lo mejor la proxima vez hasta los putos examenes de acceso a la universidad. Les encanta que hable de mi madre, y que les diga lo mucho que odio a esa vieja y, sobre todo, a mi padrastro. El me pegaba, ?sabe? Me pegaba con ganas cada vez que yo abria la boca; con los punos, con el cinturon, con la polla. Me pegaba y me follaba, me follaba y me pegaba. Dia si, dia no, con regularidad. Como los odiaba, ya lo creo. Y todavia los odio, si senor. Ahora tienen setenta y pico de anos. Siguen viviendo en su casucha de Cayo Alto, con un crucifijo y una lamina de Jesus en la pared, creyendo que su salvador va a entrar por la puerta para llevarselos al cielo. Se santiguan cuando oyen mi nombre y dicen cosas como «Bueno, el muchacho siempre fue siervo del demonio». A esos tipos del FBI les interesa todo eso. ?A usted tambien le interesa, Cowart? ?O solo quiere saber por que me cargue a todas esas personas, incluidas las que apenas conocia?
– Si, eso.
Sullivan solto una carcajada.
– Bueno, la respuesta es bastante sencilla: volvia a casa y digamos que me entretuve por el camino. Mas bien me distraje. No hice el viaje de un tiron. ?Entiende?
– No exactamente.
El condenado sonrio y puso los ojos en blanco.
– Misterios de la vida, ?no?
– Si usted lo dice.
– Eso es. Lo digo yo. Claro que a usted le interesa mas otro pequeno misterio, ?verdad, Cowart? No le importan esas personas, ?no? Usted no esta aqui por ellas.
– No.
– Digame, ?por que quiere hablar con un viejo despiadado como yo?
– Robert Earl Ferguson y Pachoula, Florida.
Blair Sullivan recosto la cabeza y solto una aguda carcajada que resono en las paredes de la prision. Cowart vio que varios agentes penitenciarios volvian la cabeza para mirar y luego reanudaban su trabajo.
– Bueno, esos son temas interesantes, Cowart. Muy interesantes. Pero ya hablaremos de ellos.
– Bien. ?Por que?
Sullivan se inclino encima de la mesa, acercando su cara a la de Cowart. La cadena que lo amarraba a la mesa repiqueteo y se tenso. Una vena asomo en el cuello del preso y de pronto su cara enrojecio.
– Porque usted aun no me conoce, bien.
Volvio a sentarse bruscamente, alargando la mano para coger otro cigarrillo, que encendio con la colilla del primero.
