abogados me dijeron que se nego a hablar con el. Lo estoy comprobando… ?Sabes que ha despedido a todos sus abogados? Creo que lo achicharraran antes de fin de ano. Al gobernador debe de estar a punto de darle el sindrome del tunel carpiano, asi que seguro que esta impaciente por firmar cuanto antes la orden de ejecucion de Sully. Lo tengo: un Mercury Monarch marron.

– ?No era un Ford?

– No. Pero el Mercury es casi el mismo coche. Tienen la misma carroceria y el mismo diseno. Es facil confundirlos.

– ?Marron claro?

– No, oscuro.

Cowart respiro hondo. «Encaja», penso.

– Entonces, Matty, ?vas a decirme de que se trata?

– Dejame comprobar primero un par de cosas y luego te lo explico.

– Vamos, Matty. No me gusta estar en vilo.

– Ya te llamare.

– ?Lo prometes?

– Lo prometo.

– Por aqui los rumores van a ir de mal en peor…

– Lo se.

Ella colgo y Cowart se quedo solo. El espacio que lo rodeaba se lleno rapidamente de terribles pensamientos y explicaciones aterradoras: «Ford en lugar de Mercury. Verde en lugar de marron. Negro en lugar de blanco. Un hombre en lugar de otro.»

– No acabo de entenderlo, pero bueno, es usted un hombre con suerte -bromeo el sargento Rogers con una voz despejada impropia de aquellas horas de la manana.

– ?Y eso por que?

– Sullivan dice que hablara con usted. Eso cabrearia al tio de Tampa que estuvo aqui la semana pasada. Se nego a verle. Y tambien cabrearia a todos los malditos abogados que han intentado ver a Sully. Porque tampoco quiso recibirlos. ?Hay que ver! Solo recibe a un par de loqueros que el FBI envia desde la Unidad de Ciencias del Comportamiento. Ya sabe, esos tipos que estudian a los asesinos en serie. Y estoy convencido de que solo lo hace para que ninguno de esos abogados alegue incapacidad y consiga una orden judicial que lo haga responsable de las apelaciones. ?Le he dicho que Sullivan es unico en su especie?

– Que me aspen si no lo es -dijo Cowart.

– No, de hecho lo asparan a el. Pero eso no es asunto nuestro, ?verdad?

– Entonces voy ahora mismo.

– Tomese su tiempo. No trasladamos al senor Sullivan sin un minimo de prudencia. No desde que hace nueve meses ataco al guardia de la ducha para arrancarle la oreja de un mordisco. Dijo que estaba muy buena, que le habria comido la cabeza entera si no se lo hubieramos quitado de encima. Asi es Sully.

– ?Se sabe por que lo hizo?

– El guardia lo llamo loco. Ya ve, nada especial. Como si usted le dijera a su mujer: «?Estas loca! ?Como te vas a comprar ese vestido nuevo?», o como si se dijera a si mismo: «?Estoy loco! ?Mira que querer pagar mis impuestos a tiempo!» Nada del otro mundo, ?no? Pero era la palabra menos indicada para usar con Sullivan, seguro. Fue ?zas!, y verlo encima del pobre guardia, mordiendolo como si fuera un perro. El tipo al que ataco lo doblaba en tamano, pero no le importo; alli estaban los dos, revolcandose en el suelo, con sangre por todas partes y el guardia gritando: «?Sueltame, maldito loco de mierda!» Sin duda, con eso solo consiguio que Sully lo mordiera con mas sana. Tuvimos que apartarlo a porrazos y dejarlo un par de meses en aislamiento para que se calmara. Supongo que fue aquella palabra la causa de todo. Fue como apretar el gatillo de un arma; Sullivan se disparo con la misma rapidez. Me dio una leccion, a mi y a todos los del corredor. Nos enseno a tener mas cuidado con lo que decimos. En fin, yo diria que a Sully le preocupa mucho el vocabulario.

Rogers hizo una pausa. A continuacion anadio:

– Y desde entonces, a ese guardia tambien.

Cowart fue escoltado por un joven guardia de uniforme gris que no decia nada y actuaba como si estuviera acompanando a un organismo portador de alguna enfermedad. Llegaron a un corredor enjalbegado e iluminado por un sol que entraba a raudales por una alta claraboya. La luz hacia que el recinto pareciera vago y difuso. El periodista trato de despejarse mientras caminaban. Presto atencion al taconeo de los zapatos en el suelo pulido. Era una de las tecnicas que empleaba: crear un vacio para intentar no pensar en nada, no prever la inminente entrevista, no recordar sus articulos anteriores ni a sus conocidos, nada de nada. Queria convertirse en una hoja de papel secante que absorbiera cada sonido y cada imagen de lo que estaba a punto de acontecer.

Mientras descendian por el pasillo y atravesaban una serie de puertas dobles cerradas con llave, Cowart conto los pasos del guardia. Cuando se acercaba a los cien, accedieron a una zona abierta, vigilada por un par de guardias desde una cabina con pasarelas y escaleras que conducian a hileras de habitaculos. En la confluencia de todos los caminos habia una jaula metalica, y en el centro de esta una mesa gris acero y dos sillas atornilladas al suelo. Soldado a uno de los lados de la mesa habia un aro de metal. Le indicaron que tomara asiento en el lado opuesto al aro, despues de haberlo hecho entrar por la unica abertura existente en la jaula.

– Ese bastardo estara aqui en un minuto. Espere aqui -dijo el guardia. Acto seguido, dio media vuelta y salio rapidamente de la jaula, para desaparecer escaleras arriba y luego por una pasarela descendente.

Al cabo de un rato se oyeron golpes en una puerta de acceso a la zona abierta. Despues una voz anuncio por la megafonia:

– ?Destacamento de seguridad! ?Entran cinco hombres!

Una cerradura electronica se abrio con estrepito y Cowart levanto la mirada para ver que el sargento Rogers, ataviado con chaleco antibalas y casco, desplazaba un destacamento a la zona. Los hombres que flanqueaban al preso, y el tercero que iba en retaguardia, ensombrecian su mono naranja. El grupo entro en la jaula a paso ligero.

Los grilletes que le unian manos y pies hacian que Blair Sullivan cojeara al caminar. Los hombres que le rodeaban marchaban con precision castrense, cada bota golpeaba el suelo al unisono mientras el se movia a brincos en el medio, como un nino que intentara seguir el ritmo en un desfile militar.

Era un hombre cadaverico, mas bien bajo, con unos tatuajes rojo purpura en la palida piel de los antebrazos y una mata de pelo negro entrecano. Tenia unos ojos oscuros que pestaneaban con rapidez para abarcar la jaula, a los guardias y a Matthew Cowart; un parpado parecia temblarle ligeramente, como si cada ojo funcionara de manera independiente. Mientras el sargento desenganchaba la cadena que lo mantenia atado de pies y manos, el exhibia una relajada soltura en su sonrisa y en su languida pose, casi como si fuera capaz de liberarse de las esposas con el poder de su mente. Los guardias que lo flanqueaban se quedaron alli de pie empunando las porras antidisturbios. El preso les sonreia, haciendose el simpatico. Luego el sargento paso la cadena por el aro metalico de la mesa y la engancho de nuevo, esta vez a una correa de cuero que rodeaba la cintura del hombre.

– Sientate -ordeno Rogers con brusquedad.

Los tres guardias se apartaron rapidamente del preso, que se acomodo en el asiento de acero. Habia clavado sus ojos en los de Cowart. Todavia se perfilaba una ligera sonrisa en sus labios, pero los ojos se habian entornado, escrutadores.

– Bueno -anadio el sargento-, todo suyo.

Salio con sus hombres de la jaula, y la cerro bien.

– No les caigo bien -dijo Blair Sullivan con un suspiro.

– ?Por que no?

– Por razones dieteticas -respondio, y solto una carcajada que, en cuestion de segundos, degenero en un resuello al que siguio una tos perruna.

Del bolsillo de la camisa saco un paquete de cigarrillos y una caja de cerillas de madera; para conseguirlo tuvo que encorvarse hacia la mesa, medio agachandose en el asiento mientras encendia el cigarrillo, con el alcance de los brazos limitado por la cadena que mantenia sus munecas sujetas a la mesa.

– Aunque tampoco tengo por que caerles bien; total, me van a matar. ?Le importa que fume?

– No, adelante.

– Es gracioso, ?no le parece?

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