la muerte. Pero ?como probar esa verdad? Es una cuestion complicada.
– ?Y ahora que pasara contigo?
– Lo de siempre. Seguire esta historia hasta el final. Luego escribire editoriales hasta que me haga viejo, se me caigan los dientes y decidan reciclarme en cola de pegar. Eso es lo que hacen con los viejos caballos de carreras y los editorialistas, ?lo sabias?
Sandy rio.
– Venga ya. Ganaras el Pulitzer.
El sonrio.
– Lo dudo -mintio.
– Claro que si. Lo presiento. Ademas, te lo mereces; era una historia fantastica. Como la de Pitts y Lee. -Ella tambien recordaba aquel caso.
– Ya. ?Sabes lo que paso con esos tipos despues de conseguir que el juez fijara un nuevo juicio? Volvio a condenarlos un jurado racista tan estupido como el primero. Solo lograron salir del corredor de la muerte cuando el gobernador les concedio el indulto. La gente olvida que tardaron doce anos en salir de alli.
– Pero lo consiguieron, y aquel tipo gano el Pulitzer.
Cowart sonrio.
– Bueno, eso es cierto.
– Tu tambien lo ganaras. Pero no tardaras doce anos.
– Ya veremos.
– ?Seguiras en el
– No tengo motivos para dejarlo.
– Venga ya. ?Y si te llaman del
– Ya veremos.
Los dos rieron. Despues de una pausa, ella dijo:
– Siempre supe que algun dia darias con el articulo adecuado. Siempre supe que al final lo conseguirias.
– ?Que se supone que debo decir?
– Nada. Simplemente sabia que lo conseguirias.
– ?Y Becky? ?Espero levantada para verme en
Sandy titubeo.
– Bueno, no. Hacia rato que dormia…
– Podias haberlo grabado.
– ?Y de que habria oido hablar a su padre? ?De alguien que asesino a una nina? ?Una nina a la que primero violaron, luego acuchillaron treinta y seis veces y despues abandonaron en un pantano? No me parecio buena idea.
Cowart penso que tenia razon.
– Aun asi, me hubiese gustado que lo viera.
– Este es un lugar seguro -dijo Sandy.
– ?Que quieres decir?
– Tampa. No es una gran ciudad. Quiero decir, es grande pero tambien pequena. Todo discurre mas despacio, muy distinto de Miami. No todo es drogas y disturbios y sucesos espeluznantes. Becky no necesita que le hablen de ninas secuestradas, violadas y acuchilladas. Al menos, no de momento. Todavia puede seguir creciendo y ser una nina, sin preocuparse todo el tiempo.
– Querras decir sin que tu tengas que preocuparte todo el tiempo.
– Bueno, ?y eso es malo?
– No.
– Nunca he logrado entender por que los periodistas pensais que todo lo malo les ocurre a los demas.
– No pensamos eso.
– Pues lo parece.
Cowart no queria discutir.
– Bueno, es posible.
Sandy forzo una risita.
– Perdona. En realidad, llamaba para felicitarte y decirte que estoy muy orgullosa.
– Orgullosa pero divorciada.
Ella vacilo.
– Si, pero pensaba que eramos amigos.
– Lo siento. Perdona.
– Vale. -Otra pausa-. ?Cuando podemos hablar de la proxima visita de Becky?
– Estare trabajando en este caso hasta que haya alguna resolucion. Cuando sera, no lo se.
– Entonces ya te llamare.
– De acuerdo.
– Y felicidades otra vez.
– Gracias.
Cowart colgo y se dio cuenta de que a veces era un estupido, incapaz de decir lo que queria, de articular lo que debia. Golpeo la mesa en un arrebato de frustracion. Luego se acerco a la ventana de su cubiculo y contemplo la ciudad. El trafico de la tarde fluia hacia la autopista como un manojo de nervios palpitantes, deseosos de volver a casa con la familia. Se sentia rodeado de soledad. La ciudad parecia asarse bajo el calido cielo azul, y los edificios reflejaban la intensidad del sol; en una interseccion, vio una marana de coches que maniobraban como agresivas orugas en la tierra. «Vivo en un lugar peligroso -penso-. Nada seguro.»
Dos motoristas habian protagonizado un tiroteo hacia dos dias a raiz de un topetazo: se dispararon sin vacilar en plena hora punta, ambos armados con parecidas pistolas de 9 mm, de las caras. Ninguno de ellos habia resultado herido, pero una bala perdida impacto en el pulmon de un adolescente que pasaba por alli y ahora se debatia entre la vida y la muerte en un hospital. Esto era lo habitual en Miami, a consecuencia del calor, de culturas enfrentadas y de una poblacion que parecia considerar las armas parte esencial de su atuendo. Recordaba haber escrito un articulo casi identico unos seis anos atras, y haberlo repetido otra docena de veces, con tanta frecuencia que lo que en su dia habia sido primera plana se habia convertido en seis parrafos de una pagina interior.
Penso en su hija. «?Para que necesita saberlo? ?Por que necesitaria saber nada acerca del mal y los abominables impulsos de algunos hombres?»
No encontro respuesta para aquella pregunta.
Por la entrada de la sala serpenteaban gruesos cables de television negros. Varios camaras se ocupaban de la puesta a punto en el pasillo, para obtener sus tomas de la unica camara que podria acceder a la vista. Una mezcla de periodistas de prensa y television daban vueltas en el pasillo; el personal de television iba vestido de manera ligeramente mas elegante, mejor peinado y en apariencia mas aseado que sus rivales de la prensa escrita, cuyo aspecto algo desalinado les concedia cierta superioridad moral.
– ?Menudo gentio! -dijo el fotografo que caminaba detras de Cowart, jugueteando con la lente de su Leica-. Nadie quiere perderse la fiesta.
Hacia unas diez semanas que se habian publicado los articulos. La presentacion de documentos y otras estratagemas habian aplazado la vista en dos ocasiones. Fuera del juzgado del condado de Escambia, el implacable sol de Florida abrasaba la tierra; pero en el interior de aquel moderno edificio hacia fresco. Las voces reverberaban con facilidad, de manera que la mayoria de la gente hablaba en susurros aunque no fuese necesario. Junto a las anchas puertas de la sala, un pequeno rotulo con letras doradas ponia: JUEZ HARLEY TRENCH. TRIBUNAL FEDERAL de Apelaciones.
– ?Este es el que le dijo al muchacho que debia morir como una alimana? -pregunto el fotografo.
– Exacto.
– No creo que le haga gracia ver todo este circo. -Senalo con su Leica la multitud de camaras y periodistas.
– Te equivocas. Es ano de elecciones, asi que le encantara la publicidad.
– Pero solo si hace lo correcto.
