– No lo se. Ni siquiera se si lo hizo.
– Si no fue el, ?quien cono fue? ?Cree que Sullivan pudo hacer mas encargos desde la prision?
– Yo solo se una cosa: los encargos, los enganos y la manipulacion eran su especialidad, para eso vivia.
– Y por eso murio.
– Efectivamente. Puede que fuera su ultimo encargo.
Brown se relajo en su asiento. Saco la pistola, jugueteo con ella y paso un dedo por el metal azulado.
– Se aferra usted a eso de la objetividad, senor Cowart. Le da igual estar quedando como un imbecil.
Cowart fue presa de la ira.
– No tan imbecil como alguien que le saca a bofetadas la confesion a un asesino y consigue que por ello lo dejen libre.
Hubo un breve silencio entre ambos antes de que el detective dijera:
– Y tambien esta ese otro fragmento de la cinta, ?verdad? Aquel en que Sullivan dice: «Alguien como yo.» - Miro al periodista con aspereza-. ?No le llamo la atencion? ?Que cree que quiso decir? -siseo-. ?No le parece que deberiamos encontrarle respuesta a esa pregunta?
– Si -admitio Cowart con amargura e hizo una pausa-. Muy bien. Tiene razon. Manos a la obra. -Miro fijamente al policia-. ?Hay trato?
– ?Que clase de trato?
– No lo se.
Brown asintio con la cabeza.
– En ese caso, supongo que si.
Ambos se observaron. Ninguno de los dos confiaba en el otro lo mas minimo, pero sabian que era necesario averiguar la verdad; el problema, se decian para sus adentros, era que cada uno de ellos necesitaba una verdad distinta.
– ?Y que hacemos con los detectives de Monroe? -pregunto Cowart.
– Dejemosles hacer su trabajo. Al menos de momento. Tengo que ver por mi mismo que fue lo que paso.
– Regresaran. Creo que soy lo unico que tienen para sacar el caso adelante.
– Entonces ya veremos -dijo Brown-. Pero a mi me da que volveran a la prision. Es lo que yo haria si estuviera en su lugar. -Senalo la cinta-. Y si no supiera eso.
El periodista sacudio la cabeza.
– Hace unos minutos me acusaba de violar la ley.
Brown se puso en pie y le lanzo una mirada breve pero feroz. Cowart se la sostuvo.
– Me temo que habra que violar unas cuantas leyes mas si queremos acabar con esto -murmuro el policia.
15
Una oleada de calor parecia interponerse entre el azul palido del oceano y el cielo. Avanzaban a traves del bochorno, respirando con dificultad. Ambos iban en silencio, pensativos, levantando una polvareda al caminar y pisando de vez en cuando alguna concha o un fragmento de coral de los que pueden encontrarse por Tarpon Drive. Ninguno de los dos veia en el otro a un aliado; lo unico que sabian era que estaban complicados en un mismo asunto y que lo mas seguro era mantenerse unidos. Cowart habia aparcado su coche junto a la casa donde habia encontrado los cuerpos. Luego habian ido puerta por puerta con un retrato de Ferguson sacado del archivo fotografico del
A la tercera casa ya habian establecido la manera de proceder: Tanny Brown mostraba su placa, Matthew Cowart se identificaba. A continuacion ensenaban la foto y hacian una unica pregunta: «?Ha visto alguna vez a este hombre?»
Una joven con un vestido amarillo y un mechon de pelo rubio pegado a la frente a causa del sudor se cargo su majadero nino a la cadera, observo la foto y nego con la cabeza. Dos adolescentes que estaban arreglando un motor fueraborda en el jardin de otra casa escrutaron la fotografia con una atencion que seguramente no prestaban en clase, pero su respuesta tambien fue negativa. Un hombre fornido, con barriga prominente, vestido con unos vaqueros viejos y una chaqueta sin mangas con un parche de Harley Davidson en el pecho, se nego a atenderles diciendo: «No hablo con polis ni con periodistas. No se nada que les pueda ser util.» Y les dio con la puerta en las narices con tanta fuerza que temblo hasta el marco.
Siguieron recorriendo la calle. Habia quien, en vez de contestar, preguntaba: «?Quien es este tio?», «?Por que lo preguntan?»
Cowart no tardo en percatarse de que Brown tenia tendencia a tomarse los casos como una cuestion personal. Si le preguntaban: «?Tiene algo que ver con los asesinatos que hubo al otro lado de la calle?», replicaba: «?Sabe algo acerca de lo ocurrido?»
La pregunta era recibida con miradas perplejas y negaciones de cabeza.
Brown les preguntaba tambien si habia pasado por alli alguien del departamento de policia de Monroe. Todos contestaron afirmativamente. Recordaban a una joven detective arisca y arrogante que habia llegado el dia que aparecieron los cuerpos. Pero nadie habia visto ni oido nada fuera de lo habitual.
– Estan siguiendo la otra pista -farfullo Tanny Brown.
– ?Quienes?
– Sus amigos de Monroe. Han hecho lo que yo habria hecho.
Cowart asintio. Echo un vistazo a la fotografia que tenia en la mano pero se nego a verbalizar sus oscuros pensamientos, que contrastaban con la cegadora luz del sol.
El sudor oscurecia el cuello de la camisa del detective.
– Que romantico, ?no? -gruno.
Estaban ante una valla metalica que protegia una caravana azul electrico, algo corroida, con el adhesivo de un exotico flamenco rosa pegado en la puerta delantera. El sol se reflejaba en los acabados metalicos de la caravana de modo que todo el remolque resplandecia. Un pequeno acondicionador de aire colgaba de una ventana, luchando contra el bochorno entre zumbidos y chasquidos. A menos de diez metros, y atado a un poste medio inclinado, un pitbull moteado vigilaba a los dos hombres. Cowart reparo en que, a pesar del calor, el perro no sacaba la lengua sino que mantenia la mandibula bien cerrada. Parecia atento aunque no exactamente alerta; como si al animal le pareciera inconcebible que alguien quisiera disputarle el senorio del jardin o ponerse a su alcance.
– ?A que se refiere? -pregunto Cowart.
– Alguien tendria que llamar a la policia. -Brown observo al perro y despues la puerta-. Habria que pegarle un tiro a ese bicho. ?Ha visto alguna vez lo que uno de esos puede hacerle a una persona? ?Y a un nino?
Cowart asintio con un gesto. Los pitbull eran un clasico en Florida. En el sur del estado los camellos los empleaban como perros de vigilancia. Los chavales de los alrededores del lago Okeechobee los criaban en unas granjas ilegales llenas de inmundicia, donde los adiestraban para defensa y ataque. Muchos vecinos los tenian por miedo a los ladrones y fingian sorpresa cuando el animal le destrozaba la cara al hijo de algun vecino. Una vez habia escrito un articulo al respecto, despues de visitar una oscura habitacion de hospital donde yacia un nino de doce anos lleno de vendajes y mudo a causa del dolor y una mala operacion de cirugia plastica. Su amigo Hawkins intento denunciar al dueno del perro por agresion con arma letal, pero no prospero.
La puerta de la caravana se abrio y aparecio un hombre de mediana edad que se quedo observandolos. Vestia camiseta blanca y pantalones caquis que llevaban meses sin ver una lavadora. El pelo empezaba a clarearle, las grenas parecian pegadas a mechones en el cuero cabelludo, y su cara, rubicunda y con gesto de malas pulgas, estaba sin afeitar. Avanzo hacia ellos sin hacer caso del perro, que cambio de posicion, meneo la cola y siguio vigilando.
– ?Ocurre algo?
El teniente le enseno su placa.
