Brown analizo la cocina mentalmente. Primero visualizo al equipo de forenses procesando el escenario, la rutina de la muerte. Se arrodillo junto a un charco de sangre que parecia casi negro en contraste con el claro linoleo del suelo. Lo rasco con un dedo, notando la consistencia pastosa de la sangre seca. Al levantarse, se imagino al hombre y la mujer atados y amordazados, aguardando la muerte. Por un momento se pregunto cuantas veces se habrian sentado en aquellas mismas sillas, compartiendo el desayuno o la cena o discutiendo sobre la Biblia o cumpliendo con los ritos de su rutina. Esa es una de las peores partes de trabajar en homicidios; caer en la cuenta de que la banalidad y la monotonia en que vive la mayoria de las personas pueden transformarse de repente en algo maligno; de que los lugares que se tenian por seguros son ahora escenario de muerte. De todos los heridos que habia visto en la guerra, los que mas le impresionaban eran los heridos por mina: pies amputados y cosas peores. No era tanto el inhumano efecto de las minas como su manera de actuar: uno daba un paso y el dano ya estaba hecho. Los mas afortunados solo perdian el pie. ?Sabia esta gente que vivia sobre un campo de minas?, se pregunto. Se volvio hacia Cowart.
«Al menos lo entiende», penso. Ni siquiera el suelo es lugar seguro. Brown salio de Ja cocina y dejo a Cowart de pie al lado de la oscura mancha.
Recorrio rapidamente la casa haciendo inventario de las vivencias que en ella debian de acumularse. «Vidas insulsas -penso-, entregadas a Jesucristo y a la espera de la muerte. Probablemente creian que la edad apagaria sus vidas, pero no fue asi.» Se detuvo ante un pequeno armario del dormitorio y admiro la cantidad de zapatos y zapatillas alineados en el suelo, como un regimiento desfilando. Su padre hacia lo mismo; a los ancianos les gusta que cada cosa este en su sitio. En una esquina habia una canastilla con labores, carretes de hilo y largas agujas plateadas. Eso le sorprendio: ?que podia tejerse en aquellas latitudes? ?Un jersey? Ridiculo. Acerto a ver un par de figuritas de escayola en la mesilla de noche, dos azulejos con el pico abierto como si estuvieran cantando. «?Y vosotros? -les dijo mentalmente-. ?No visteis al asesino?» Movio la cabeza pensando en lo absurdo de la situacion. Sus ojos siguieron peinando la pieza. «Un cuarto poco confortable. ?Quien os mato?», se pregunto. A continuacion regreso a la cocina, donde encontro a Cowart contemplando el suelo salpicado de sangre.
– ?Alguna novedad? -pregunto Cowart alzando la vista.
– Si.
– ?Y bien? -pregunto Cowart con sorpresa e impaciencia.
– He llegado a la conclusion de que me gustaria morir solo en algun lugar retirado para que nadie venga a hurgar entre mis cosas -contesto Brown.
Cowart echo un vistazo a una marca de tiza en el suelo que ponia «ropa de noche».
– ?Que es eso? -pregunto Brown.
– La anciana iba desnuda. Su ropa estaba aqui pulcramente doblada, como si se dispusiera a guardarla en un cajon en el momento de ser asesinada.
Brown pregunto bruscamente:
– ?Como que pulcramente doblada?
Cowart asintio con la cabeza.
El policia lo miro.
– ?Recuerda donde encontramos a Joanie Shriver?
– Si. -Cowart rememoro aquel claro a orillas del pantano. Se daba cuenta de que la pregunta significaba algo pero no estaba seguro de que. Camino mentalmente por el claro, recordando el charco de sangre donde la pequena habia sido asesinada, los rayos de sol que penetraban a traves de arboles y enredaderas. Fue hasta el borde de las aguas estancadas de la negruzca cienaga y bajo la vista hasta la marana de raices donde fue encontrado el cuerpo de Joanie, luego continuo hasta donde la habia dejado el equipo de rescate y por fin le vino a la memoria lo que encontraron junto al lugar del crimen: sus ropas.
Pulcramente dobladas.
Era la clase de pormenores que habia mencionado en su primer articulo, un simple detalle que conferia verosimilitud a la prosa periodistica; daba a entender que el asesino de la pequena poseia un talante metodico, lo cual le hacia a la vez mas tangible y mas abominable. Se volvio hacia el detective.
– Esto es una senal.
Brown, acometido por una subita furia, dejo que la rabia fluyera por su interior unos instantes antes de atajarla y deshacerse de ella.
– Puede ser -dijo laconico-. Ojala lo sea.
Cowart senalo en torno a la casa.
– ?Hay algo mas que sugiera que…?
– No. Nada. Algunas cosas podrian hacer pensar en quien ha muerto pero no en su asesino. A excepcion del detalle de la ropa. -Miro a Cowart antes de continuar-. Aunque usted quiza prefiera seguir pensando que es una coincidencia.
Y echo a andar por el ensangrentado suelo y salio de la casa sin mirar atras, con la certidumbre de que los rayos del sol ya no podian arrojar luz sobre nada relevante.
Ambos hombres se alejaron a paso lento del escenario del crimen en direccion al coche.
– ?Alguna opinion profesional? -pregunto Cowart.
– Si.
– ?Y bien?
El policia vacilo antes de contestar.
– Vera Cowart, en algunos escenarios es posible sentir emociones apenas llegas al lugar. Rabia, odio, panico, miedo, lo que sea; ahi estan, flotando en el aire, como un perfume. Pero ?ahi? ?Que hay ahi dentro? Solo alguien haciendo su trabajo, como usted o como yo o como el cartero que estaba aqui cuando usted encontro los malditos cuerpos. Quienquiera que entrara ahi para cargarse a esos ancianos sabia lo que se hacia. No tenia miedo, y tampoco era codicioso. Solo tenia una cosa en mente. Y la hizo.
Cowart asintio.
Brown abrio la puerta del conductor y, antes de sentarse al volante, miro a Cowart por encima del techo.
– Si la pregunta es si he visto algo ahi dentro que me asegure que Ferguson es el asesino… -Nego con la cabeza-. Pero quien hizo esto se tomo su tiempo para doblar la ropa con todo cuidado y sabia manejar bien un cuchillo. Y yo se de alguien al que los cuchillos le encantan.
Salieron de los Cayos Altos, dejando el condado de Monroe a sus espaldas y entrando otra vez en Dade, lo que hizo que Cowart se sintiera de nuevo en territorio familiar. Dejaron atras una senal que indicaba a los turistas el camino del Shark Valley y el parque nacional de los Everglades y continuaron en direccion a Miami, hasta que Brown sugirio hacer una parada para comer algo. El detective se nego a entrar en unos cuantos establecimientos de comida rapida, hasta que llegaron a la zona de Perrine y Homestead. Abandonaron la autopista y se adentraron por una serie de callejuelas plagadas de baches. Cowart contemplo las casas: pequenas, cuadradas, edificios de un solo piso con ventanas de celosia abiertas y tejados planos de teja roja ornados con descomunales antenas de television. Los jardines delanteros estaban todos mustios y llenos de basura, con alguna que otra porcion de hierba verde. En mas de uno habia coches sostenidos sobre bloques y piezas esparcidas por la hierba. Los pocos ninos que vio jugando en la calle eran negros.
– ?Ha estado alguna vez en esta parte del condado, Cowart?
– Desde luego.
– ?Cubriendo algun asesinato?
– Asi es.
– Jamas se les ocurrira venir por aqui para escribir un articulo sobre los chavales que consiguen becas para la universidad o los padres que tienen dos empleos para educar a sus hijos como Dios manda.
– Eso no es verdad.
– Pero apuesto a que no es lo habitual.
– No, ahi le doy la razon.
El policia observo los alrededores.
– ?Sabe? Debe de haber un centenar de sitios como este en Florida. Quizas un millar.
– ?Que quiere decir?
– Sitios a medio camino entre la pobreza y el bienestar. Gentes que no llegan a la clase media-baja. Barrios negros a los que no se les ha permitido ni prosperar ni hundirse, solo existir. En todas las casas entran dos
