Echo un vistazo al informe que habia preparado despues de interrogar a los vecinos de Tarpon Drive. Nadie habia visto ni oido nada relevante. A continuacion cogio el informe del forense. La causa de la muerte habia sido la misma en ambos individuos: seccionamiento abrupto de la arteria carotida derecha y perdida masiva de sangre. «El muy cabron era zurdo -penso-. Se situo a su espalda y les corto la garganta con la cuchilla.» La piel en torno a las heridas solo presentaba rasgunos leves. «Una hoja de navaja, tal vez un cuchillo de caza. Algo endiabladamente afilado.» Ninguna de las dos victimas presentaba heridas
Shaeffer dejo caer el informe sobre la mesa. No era de gran ayuda. Al menos, no a primera vista.
Cogio los resultados del examen preliminar del escenario, harta ya de la jerga de aquellos documentos. La muerte reducida a los terminos mas frios y asepticos posibles. Todo medido, pesado, fotografiado y examinado. El cordel utilizado para maniatar a la pareja de ancianos era de nailon textil de 6,5 mm, del que puede encontrarse en cualquier merceria o supermercado. Dos fragmentos, uno de 102 cm y el otro de 97 era, habian sido cortados de un carrete de tres metros y medio, encontrado en la puerta trasera. El asesino habia hecho un lazo corredizo para inmovilizar las munecas de las victimas y luego habia dado dos o tres vueltas de hilo mas, terminando con un simple nudo para asegurarse.
Un nudo ordinario, sin nada particular, una cosa temporal, improvisada sobre el terreno. Resistio durante el rato que duro la matanza, pero con algo mas de tiempo se habria soltado. Para ella esto significaba una cosa: no fue nadie de la zona, sino de fuera. La mayoria de los vecinos de los cayos saben hacer buenos nudos; todos han atado objetos pesados, como los aparejos de navegacion.
Asintio con la cabeza. Medianoche. El asesino entra. Los reduce, los maniata, los amordaza. Ellos creen que es un atraco y que si no oponen resistencia salvaran la vida. Falso. Iba a matarlos. Maximo terror. Rapido. Eficaz. Ni un segundo de mas. Un silencioso cuchillo. Nada de disparos que pudieran alertar a los vecinos. Ningun indicio de robo ni de violacion. Nada de portazos ni de huidas despavoridas.
Un asesino que llega, asesina y se marcha, entreteniendose solamente para dejar una Biblia abierta sobre la mesa, entre sus victimas, y al que nadie ve ni oye a excepcion de ellas. «Todos los asesinatos dejan un mensaje -penso-. El cuerpo medio descompuesto del traficante arrojado a los manglares con un disparo en la nuca, con su reloj de oro y sus diamantes intactos, deja un mensaje. La joven camarera que cree que por una vez que vuelva del restaurante haciendo autoestop no va a pasar nada y que termina a tres condados desnuda, muerta y violada, deja otro. El anciano que por fin se cansa de cuidar de su esposa aquejada de un cancer terminal, la mata de un tiro, luego se suicida y aparece muerto abrazado a un album de fotos de boda de hace cincuenta anos, deja otro mensaje.»
Escudrino las fotografias del escenario del crimen, que le trajeron a la memoria el asfixiante calor de aquella cocina y el nauseabundo hedor de los cuerpos. Todo empeora cuando la naturaleza tiene tiempo de hacer su trabajo; todo atisbo de dignidad que pudieran tener aquellas vidas se esfuma con las elevadas temperaturas. Al mismo tiempo, la investigacion se entorpece. Le habian ensenado que cada minuto perdido despues de un homicidio hace mas dificil su resolucion. Los casos antiguos que se resuelven salen anunciados con grandes titulares. Pero por cada uno que resulta en condena hay cientos que permanecen en las sombras, atascados en una marana de suposiciones.
Dos ancianos que trajeron al mundo y criaron a un asesino son asesinados a su vez. ?Que clase de crimen era este?
Venganza. Acaso justicia. Posiblemente una perversa combinacion de ambas.
Siguio estudiando los informes del escenario. Habia dos huellas parciales de pisadas en la sangre del linoleo. El dibujo de la suela habia sido identificado como de zapatillas Reebok, entre la talla cuarenta y tres y la cuarenta y cinco. Las suelas eran de una clase que solo se fabricaba desde hacia seis meses. En la sangre que al anciano le habia salido del pecho se habian encontrado fibras de tejidos. Eran de una mezcla de algodon y poliester comun en las sudaderas. El asesino entro en la casa por la puerta trasera. La vieja madera medio carcomida habia cedido al primer golpe de destornillador o palanca. La detective sacudio la cabeza. Esto era habitual en los cayos; el sol, el viento y el aire salobre deterioraban los marcos de las puertas, algo que sabia todo delincuente de medio pelo que frecuentara los doscientos cincuenta kilometros que van de Miami a cayo Vizcaino.
Pero esto no era obra de un delincuente de medio pelo.
Cogio un boligrafo y tomo algunas notas: «Ferreterias, comprobar si alguien ha comprado cuchillo, cordel y destornillador o palanca. Hablar de nuevo con los vecinos, comprobar si alguien vio un coche sospechoso. Comprobar hoteles de la zona. ?Trajo la Biblia consigo? Comprobar librerias.»
No depositaba muchas esperanzas en ninguna de estas opciones.
Continuo: «Comprobar muestras de piel en la zona del corte en laboratorio forense.» Tal vez un examen espectrografico revelaria restos de metal que podrian decirle algo acerca del arma. Esto era importante. Puso sus pensamientos en orden con una precision castrense: si un asesino no deja ninguna prueba de valor, ningun residuo, como semen o huellas o pelo, hay que dar con lo que se llevo consigo: el arma, restos de sangre en zapatos o ropa, algun objeto de la casa. Algo.
Shaeffer se froto los ojos, dejando que sus pensamientos derivaran hacia Cowart. «?Que estara escondiendo? -se pregunto-. Alguna parte de la historia que para el es importante. Pero ?cual?» Se hizo un retrato mental del periodista, de su mirada, de su voz. No habia tenido mucha experiencia con periodistas, pero sabia que con frecuencia hacen ver que saben mas de lo que en verdad saben, que aparentan estar compartiendo su informacion cuando lo que hacen en realidad es recabarla. Cowart, no obstante, no se ajustaba a este perfil. Desde su primer encuentro en el escenario del crimen, no habia hecho ninguna pregunta sobre los asesinatos de Tarpon Drive. Y habia hecho todo lo posible por evitar que se las hicieran a el.
«?Esto que implica? Que ya conoce las respuestas. Pero ?por que iba a querer ocultarlas? Para proteger a alguien. ?A Blair Sullivan? Imposible. Es el quien necesita que lo protejan.»
Pero no llegaba a ninguna conclusion. Se puso a garabatear en un bloc de notas: dibujo circulos concentricos que se iban volviendo mas y mas oscuros segun iba emborronando el papel.
Se acordo de una leccion de sus dias en la academia de policia: cuatro de cada cinco asesinos conocen a sus victimas.
«Esta bien -se dijo-. Sullivan le dice a Cowart que el preparo los asesinatos. Pero ?como pudo hacerlo desde el corredor de la muerte?»
Se turbo. La carcel es todo un mundo. Alli todo puede obtenerse si uno esta dispuesto a pagar por ello, incluso con la vida. Ahi dentro todos saben que la carcel funciona a base de trueques y favores. No obstante, para alguien de fuera es tarea ardua penetrar en las maquinaciones de esos entornos, a veces incluso imposible. Las ataduras de que depende un policia -el miedo a sanciones, a responder de sus actos- no existen en la carcel.
Shaeffer se planteo el paso siguiente con recelo: interrogar a todos los reclusos que hubieran trabado contacto con Sullivan. «Uno de ellos me dara la clave -penso-. Pero ?con que pago Sullivan? No tenia dinero. Ni siquiera tenia una buena posicion dentro de la carcel. Era un tipo solitario destinado a la silla electrica. ?O no?»
?Como habia pagado Sullivan?
Un pensamiento la asalto subitamente: quizas habia pagado por adelantado.
Respiro hondo.
«Sullivan encarga un asesinato y todos damos por sentado que el pago es posterior a su comision. Seria lo natural. Pero… planteemoslo a la inversa.» Shaeffer sintio un calor, notaba que la imaginacion se le disparaba con tantos cambios de rumbo. Recordo la desbordante emocion que sentia cuando sus ojos reconocian la amplia y oscura silueta del pez espada remontando las aguas verdioscuras dispuesto a arrancar el cebo. El magico y sobrecogedor instante previo a la batalla. «El mejor momento», penso.
