hizo una pausa-. De hecho me sorprende que no haya mas casos de estos. Si uno es capaz de meter a una nina en un coche e irse de rositas, no hay nada que no pueda hacer.
– Pero no ha habido…
– No, no ha habido mas casos. Lo he comprobado en Monroe y Broward, pero alli tampoco tienen nada. Busque en el ordenador y solo me salieron un par de delincuentes sexuales. Fuimos a por ellos, pero estaban fuera de la ciudad cuando Dawn desaparecio. Para entonces ya habia pasado un tiempo…
– ?Y?
– Y nada,
Brown vacilo un instante.
– En verdad, no. El nuestro va de una nina a la salida del colegio. Ya hace tiempo. Tuvimos un sospechoso, pero no sacamos nada en claro. Por poco.
– Vaya. Crei que quiza tendria algo que pudiera ser de ayuda.
Brown le dio las gracias y colgo. Abatido, se acerco a la ventana y contemplo la noche. Se distinguia la autopista este-oeste, que atraviesa justo por en medio de Miami para adentrarse en el interior del estado, mas alla de los suburbios, el aeropuerto, las plantas industriales y los grandes almacenes, mas alla de los barrios perifericos, hacia el pantanoso corazon de Florida. Donde terminan los Everglades y empieza el parque nacional Big Cypress. Ahi estan los pantanos de Loxahatchee y Corkscrew, el rio Withlacoochee y los bosques de Ocala, Osceola y Apalachicola. En Florida nunca se esta lejos de algun lugar oscuro y oculto. Contemplo el trafico que se perdia mas alla de su campo visual, los faros parecian trazos fosforescentes en medio de la oscuridad. Se llevo una mano a la frente, como si quisiera taparse los ojos. Se dijo: «Solo una mas de las tantas ninas que desaparecen. A esta le toco desaparecer en la ciudad y su caso quedo diluido en medio de los demas terrores cotidianos. Ahi esta y de pronto se esfuma, como si nunca hubiera existido, menos para unos pocos a quienes las pesadillas perseguiran para el resto de su vida.» Sacudio la cabeza y penso que estaba volviendose paranoico. «Joanie Shriver. Dawn Perry. Siempre desaparecen ninas. Seguramente ayer le toco el turno a alguna. Y manana desaparecera otra. Asi, sin mas. El colegio. El centro civico.» Las luces del trafico seguian atravesando la noche.
Habia solo otra persona en la hemeroteca del
La palabra «buscando» en una esquina de la pantalla, seguida rapidamente por el mensaje «dos entradas».
Las examino. La primera tenia solo cuatro parrafos de extension y correspondia a un aviso de la policia insertado en el suplemento regional que se repartia en el sur del condado. En el periodico no ponia nada. En el encabezamiento se leia: «La policia denuncia la desaparicion de una nina de 12 anos.» El articulo solo informaba de que Dawn Perry no habia regresado a casa despues de la clase de natacion en el centro civico. En la segunda entrada ponia: «La policia admite no tener indicios de la nina desaparecida.» El contenido era algo mas largo que el de la primera, pero solo repetia lo ya sabido. El encabezamiento resumia todos los nuevos datos al respecto.
Cowart imprimio ambos documentos, lo que solo le llevo un momento. No sabia que pensar. Tenia poco mas de lo que le habia explicado la camarera.
Se levanto. Tanny Brown tenia razon, se dijo. «Te estas volviendo loco.»
Miro en torno. Ahora habia varios periodistas trabajando con los ordenadores, ensimismados en sus respectivas pantallas. Se las habia arreglado para entrar en la hemeroteca sin que le viera nadie del turno de noche, lo cual era un alivio. No queria tener que dar explicaciones sobre lo que se traia entre manos. Se quedo un momento mirando a sus companeros. Era esa hora de la noche en que todo el mundo quiere irse a casa y las frases que al dia siguiente saldran en el periodico empiezan a acortarse, a dejarse llevar por la fatiga. Podia sentir como la lasitud empezaba a hacer mella en el tambien. Echo una ojeada a las cuartillas que documentaban la desaparicion de Dawn Perry. Doce anos. «Sale de casa una calida tarde de agosto para ir a nadar a la piscina municipal. Jamas regresa. Posiblemente lleve meses muerta», penso. Mas de lo mismo.
De pronto le vino un pensamiento a la cabeza, como una iluminacion. Volvio al ordenador y busco por «Robert Earl Ferguson». Al instante aparecio el mensaje «veinticuatro entradas». Cowart volvio a sentarse y tecleo «directorio». El ordenador le presento una lista. Cada entrada tenia la fecha y su extension aproximada. Cowart repaso la lista de articulos, reconociendo todos y cada uno de ellos. Estaba el primero de sus articulos y los que siguieron, las tablas, luego los articulos sobre la puesta en libertad y por ultimo los mas recientes, los escritos tras la ejecucion de Sullivan. Volvio a leer la lista y esta vez identifico un articulo del agosto anterior. Miro la fecha y recordo que en ese momento se encontraba de vacaciones en Disney World con su hija. Habia pasado un mes desde que Ferguson habia sido puesto en libertad, poco despues de que el juez declarara nula su sentencia. Y faltaban cuatro dias para que Dawn Perry desapareciera de la faz de la tierra.
La entrada pertenecia a la seccion de religion. Se trataba de la agenda semanal con los sermones y discursos que iban a tener lugar en las iglesias del condado de Dade a lo largo de los dias siguientes. Hacia la mitad podia leerse: «Discurso de un ex presidiario del corredor de la muerte.»
Cowart leyo:
Robert Earl Ferguson, condenado injustamente al corredor de la muerte por un crimen en el condado de Escambia y recientemente puesto en libertad, hablara sobre sus experiencias y sobre como su fe le permitio mantenerse firme a lo largo del proceso. En la iglesia baptista de New Hope, domingo, 11 h.
La iglesia estaba en Perrine.
16
La detective Andrea Shaeffer saludo el nuevo dia desde su escritorio.
Habia tratado de dormir, sin conseguirlo al principio, dormitando a ratos despues. Con la oscuridad de primera hora de la madrugada logro deshacerse de un terrible sueno repleto de sangre y gargantas degolladas, se vistio y cogio el coche en direccion al departamento de policia del condado de Monroe, en cayo Largo. Desde su mesa en los despachos del segundo piso podia divisar un haz de luz rosada que asomaba en los confines de la noche. Penso en la lenta desintegracion de la oscuridad alla en el Golfo, donde la manana, afilada como una cuchilla, parecia ir tallando el oleaje y por fin, con un gran corte, separar el oceano del horizonte.
Por un momento deseo estar navegando con el barco de pesca de su padrastro, aparejando los anzuelos con las piernas separadas para resistir los rebrinques y los embates de la marejada, y las manos, pringadas de manipular cebos, enrollando sedal a toda velocidad y reparando los carretes. Hoy seria un buen dia de pesca. Los relampagos acecharian sobre las aguas a lo lejos y el calor haria levantar mangas que en contraste con el cielo parecerian aun mas negras y temibles. Los peces subirian a la superficie, hambrientos, anticipandose a la tormenta, ansiosos de alimento. «Muevete dentro de los limites de los vientos y procura que los cebos no dejen de moverse -penso-. Cebos rapidos, para el marlin, el wahoo y sobre todo el pez espada. Algo que rompa y remueva las olas, que abra surcos entre las aguas, algo a lo que los grandes peces en busca de sustento no puedan resistirse. Esto es lo que siempre me ha gustado de la pesca: no la lucha con cabos y anzuelos, por mas espectacular que sea, ni el subito miedo a caer del barco, ni los cumplidos ni las felicitaciones. Lo que me gusta es la caza.» Sus ojos miraron por la ventana del despacho de homicidios mientras su cabeza iba repasando lo que sabia y lo que no. Cuando por fin parecio haber vencido su batalla cotidiana, se volvio y se sumio de nuevo en el sinfin de papeles esparcidos por su mesa.
