sueldos, solo que ambos demasiado exiguos. El hombre seguramente trabaja en el centro de residuos del condado y la mujer cuida a gente mayor. Aqui empieza el sueno americano. Compran una casa, llevan a los chicos al colegio del barrio. Les gusta vivir aqui. Ninguno de ellos pretende hacer fortuna, lo unico que quieren es salir adelante y tal vez mejorar un poco. El alcalde es negro, los concejales son negros, probablemente el jefe de policia tambien es negro, igual que la docena de muchachos que tiene a sus ordenes.

– ?Y usted como lo sabe?

– Me llegan ofertas, ?sabe? Para jefe del departamento de homicidios de algunos condados. Puede que a escala estatal yo no sea un tipo muy conocido, pero tengo mi publico, ya me entiende. Voy por todo el estado. Sobre todo por pequenas localidades como Perrine.

Siguieron a lo largo de varias manzanas. A Cowart la tierra se le antojo dura y esteril a pesar de que en el sur de Florida puede plantarse de todo. De un trozo de tierra cualquiera crecen parras, helechos y vegetacion a la que te descuidas. Pero no alli. La tierra tenia una textura polvorienta que parecia corresponder a otro lugar, a Arizona, Nuevo Mexico o cualquier region del suroeste. A algun lugar mas cercano al desierto que a las marismas. Brown enfilo un amplio bulevar y por fin detuvo el coche en medio de una pequena zona comercial. En un extremo habia un gran supermercado y al otro, un viejo almacen de juguetes de oferta; entre uno y otro, dos docenas de negocios mas pequenos y un restaurante.

– Alla vamos -dijo el teniente-. Al menos la comida sera fresca y no cocinada a base de formulas disenadas por ratas de oficina.

– De modo que ya ha estado aqui.

– No, pero he estado en docenas de sitios parecidos. Al final acabas reconociendolos por su aspecto. -Sonrio-. Ser poli consiste en eso, ?recuerda?

Cowart se quedo observando el almacen de juguetes.

– Estuve aqui una vez. Un hombre secuestro a una mujer y a su hijo cuando salian del almacen. Los eligio al azar. Los hizo subir a su coche y los llevo de un lado para otro durante medio dia, parando de vez en cuando con la intencion de forzar a la mujer. Un policia fuera de servicio le dio el alto tras notar algo sospechoso. Les salvo la vida. El tipo saco un cuchillo y el le disparo. Un solo tiro. Le atraveso el corazon. Un disparo providencial.

Brown se quedo parado y siguio la mirada de Cowart hasta el almacen de juguetes.

– Estaban comprando cosas para la fiesta del segundo cumpleanos del nino -dijo el periodista-. Globos, sombreros de verbena con dibujos de payasitos. Cuando los rescataron aun llevaban la bolsa.

Recordo la bolsa que la mujer sostenia con la mano libre. De la otra llevaba al nino mientras los acompanaban hasta una ambulancia. Les habian echado una manta por encima, a pesar de que era mayo y el calor era sofocante. Una experiencia como esa deja helado a cualquiera.

– ?Por que les dio el alto aquel agente? -pregunto Brown.

– Dijo que el conductor se comportaba de forma sospechosa. Se tapaba con las manos. Procuraba que no le vieran la cara.

– ?En que pagina salio el articulo?

Cowart dudo, luego respondio:

– En primera plana.

El detective movio la cabeza.

– Ya se por que el agente le dio el alto -dijo-. Mujer blanca, hombre negro. ?Me equivoco?

Cowart tardo en admitirlo.

– ?Por que quiere saberlo?

– Vamos, Cowart. Antes le interesaban las estadisticas, ?se acuerda? Queria saber si yo conocia los datos del FBI acerca de los crimenes de negros contra blancos. Pues si, los conozco. Y lo que tambien se es que eso fue lo que hizo que su articulo de los cojones apareciera en primera plana en vez de quedarse a mitad de la seccion de sucesos. Porque si los secuestrados hubiesen sido negros no habria salido de ahi, ?verdad?

Cowart queria negarlo, pero era imposible.

– Es posible.

El policia solto un bufido.

– ?Es posible! Una respuesta muy diplomatica, Cowart. -Hizo un gesto con el brazo-. ?Cree que el jefe de la seccion local habria enviado a una de sus estrellas a un sitio como este sin la absoluta certeza de que el articulo iba a salir en primera plana? Y un cuerno. Habria mandado a un becario o a cualquier reportero de tercera para que redactara unos parrafitos.

Brown echo a andar hacia la puerta del restaurante, y mientras cruzaba el aparcamiento dijo:

– ?Quiere saber una cosa, Cowart? ?Quiere saber por que aqui la vida es dura? Porque aqui todo el mundo sabe lo cerca que estan del gueto. Y no estoy hablando de distancias. ?A cuanto queda Liberty City, a cincuenta, quiza sesenta kilometros? No; es el miedo lo que esta cerca. Saben que no tendrian el mismo dinero, las mismas actividades, las mismas escuelas, nada seria lo mismo. Por eso se aferran al sueno de la clase media como si fuera un balon de oxigeno. Todos saben como son las cosas en el gueto, su presencia es como un remolino que trata de engullirlos a todas horas. La unica manera de mantenerlo a distancia es con sus empleos esclavizantes, con los cheques que se gastan en cuanto les caen en las manos, con sus casas pequenas y agobiantes.

– ?Y que me dice del norte de Florida? De Pachoula.

– Lo mismo. Solo que alli esta ademas el miedo a que el viejo Sur vuelva a convertirse en un lastre para ellos. Ya sabe, miseria y atraso de cabanas de carton alquitranado sin retrete.

– ?No es de ahi de donde salio Ferguson? ?De ambos?

El detective asintio.

– Pero prospero y se abrio camino.

– Como usted.

Brown se detuvo y lo encaro.

– Como yo -reconocio con un grunido-. Pero me parece una comparacion muy poco afortunada.

Entraron en el restaurante.

La hora de comer habia pasado hacia rato pero aun era pronto para cenar, asi que tenian el local para ellos solos. Se sentaron en un reservado con vistas al aparcamiento. Una camarera con un entallado uniforme blanco que acentuaba su prominente busto, chicle en boca y aire hastiado les tomo nota y paso el encargo a traves de una ventanilla al unico trabajador de la cocina. A los pocos segundos oyeron el ruido de hamburguesas friendose y poco despues les llegaba ya el aroma.

Comieron en silencio. Cuando terminaron, Brown pidio tarta de lima y cafe. Comio un pedazo y a continuacion corto otro, pero esta vez le ofrecio el tenedor a Cowart.

– Mmm, tarta casera, Cowart. Deberia probarla. En Pachoula no tenemos de esta. Al menos no tan buena.

El periodista rehuso con la cabeza.

– Joder, Cowart, apuesto a que es usted de esos que frecuentan los locales de comida macrobiotica. Por eso tiene esa pinta tan magra y ascetica, porque come como los conejos.

Cowart se encogio de hombros, resignado.

– Seguro que tambien bebe esa mierda de agua embotellada francesa.

Mientras el detective hablaba, Cowart se fijo en que la camarera pasaba por detras de el y se paraba ante un reservado. Llevaba una espatula en la mano y empezo a rascar algo de la ventana. Por un instante se oyo el sonido de la espatula contra el cristal. Luego se enderezo y se guardo un pequeno cartel bajo el brazo. A Cowart le dio tiempo de distinguir un rostro joven. La camarera ya estaba a punto de alejarse cuando, por algun motivo que no acerto a comprender, la llamo con un gesto.

Ella se acerco a la mesa.

– ?Va a querer tarta usted tambien?

– No. Es que me ha picado la curiosidad al verla con el cartel -dijo senalando al papel que la chica llevaba enrollado bajo el brazo.

– ?Este? -dijo y se lo tendio.

Cowart lo desplego sobre la mesa.

En el centro del cartel habia una fotografia de una nina negra con coletas sonriendo. Bajo la fotografia, en mayusculas de gran tamano, la palabra «DESAPARECIDA», seguida de un mensaje en tamano menor: «Dawn Perry, 12 anos, 1,54 m, 47 kg, desaparecida la tarde del 12-8-90, vestia pantalon corto azul, camiseta blanca y

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