Descolgo el telefono y marco un numero. Sono tres veces antes de que una voz contestara.
– ?Diga?
– Mike, soy Andy.
– Cono, ?es que tu nunca duermes?
– Pues no.
– Dame un segundo.
Espero oyendolo a lo lejos dar explicaciones a su esposa. Percibio las palabras «es su primer caso importante» antes de que la conversacion quedara ahogada por el sonido de un grifo abierto. Luego el silencio, y por fin la voz de su companero riendo.
– Maldita sea, nina, el detective jefe soy yo y tu eres la novata. Si te digo que duermas, duerme.
– Lo siento -se disculpo ella.
– Vale… -contesto-. Que falsa eres. Bueno, ?que te ronda por la cabeza?
– Matthew Cowart. -Al pronunciar su nombre penso: «No pongas aun todas las cartas boca arriba.»
– ?El senor Lo-demas-me-lo-quedo-en-el-buche?
– El mismo. -Sonrio.
– No me gusta ese hijo de perra.
No le costaba mucho esfuerzo figurarse a su companero sentado al borde de la cama. Su mujer debia de estar con la cabeza metida bajo la almohada para amortiguar el ruido de la conversacion. A diferencia de muchas parejas de detectives, su relacion con Michael Weiss era profesional y distante. No llevaban mucho juntos, lo bastante para reir los chistes del otro pero no lo suficiente para prestar atencion al chiste. Era un hombre robusto, pragmatico e impulsivo. Lo que a el se le daba bien era ensenar fotografias a los testigos y escarbar en los informes de las companias de seguros. Que el tuviera diez anos de experiencia y ella unos pocos meses no la impresionaba: lo dejaba atras con facilidad.
– A mi tampoco.
– ?Que te ha pasado por la cabeza?
– He pensado que deberia encargarme de el. Que me vea. En el periodico, en el apartamento, cuando vaya a hacer
Weiss rio.
– ?Y?
– Que sepa que vamos a buscarle las cosquillas hasta que sepamos lo que nos esconde. Por ejemplo, quien cometio aquel doble crimen.
– Me parece bien.
– Pero alguien tendria que empezar a investigar en la carcel. Por si alguien sabe algo, por ejemplo el sargento. Y me parece que alguien tendria que buscar entre las pertenencias de Sullivan. Tal vez haya algo que nos sirva de ayuda.
– Oye, Andy, ?esta conversacion no podia esperar hasta, digamos, las ocho de la manana? -La voz de Weiss denotaba una mezcla de cansancio e ironia-. Lo digo para que duermas un poco.
– Perdona, Mike. Supongo que no.
– No me gusta cuando me recuerdas a mi de joven. Recuerdo mi primer caso importante. Tambien a mi me salia humo por las orejas. No podia dejarlo un solo momento. Hazme caso. Tomatelo con calma.
– Mike…
– Vale, vale. Prefieres acosar al periodista en vez de interrogar a presos y carceleros, ?verdad?
– Si.
– ?Lo ves? -dijo Weiss riendo-, esta es la clase de intuicion que te hara llegar lejos en el departamento. De acuerdo. Tu le haces la vida imposible a Cowart y yo regreso a Starke. Pero quiero que hablemos. Todos los dias. Puede que dos veces al dia, ?de acuerdo?
– De acuerdo.
No sabia si estaba dispuesta a aceptar. Colgo y empezo a ordenar la mesa, archivo los documentos, apilo los informes, anadio sus notas y observaciones a los expedientes y guardo los boligrafos y lapices en el bote. Cuando quedo satisfecha, se permitio ponerse manos a la obra.
«Es mi oportunidad», penso.
Se puso en marcha hacia Miami con el sol del mediodia quemandole el capo del coche. Iba tarareando fragmentos de canciones de Jimmy Buffett sobre la vida en los cayos de Florida y sonando con los ojos abiertos mientras conducia a gran velocidad.
Era su primer homicidio; habia dejado los coches patrulla hacia nueve meses y los allanamientos hacia tres, para ascender valiendose de su pericia y la igualdad de oportunidades de que ahora gozaban las mujeres y las minorias dentro del departamento. La consumia la ambicion que ella misma alimentaba con su energia y la conviccion de que podia suplir su falta de experiencia con su entrega. Esa habia sido casi siempre su respuesta ante la adversidad desde que era una nina solitaria en cayo Alto. Su padre, detective de la policia de Chicago, fue abatido en acto de servicio. A menudo habia reflexionado sobre el termino «acto de servicio» y en lo poco ajustado que en verdad estaba al concepto. Pretendia darle cierta dignidad marcial a lo que ella consideraba el fruto de un error momentaneo y de la mala fortuna. Sugeria que su muerte habia sido algo necesario, pero ella sabia que eso era mentira. Su padre habia servido en la brigada de delitos economicos, a menudo trataba con confidentes y marrulleros del tres al cuarto, tratando de atajar el inacabable aluvion de jubilados e inmigrantes que confiaban en hacer fortuna mediante negocios mas que dudosos. Una manana, sus companeros y el irrumpieron en la sede de una correduria fraudulenta. Veinte hombres y mujeres llamaban desde sus mesas ofreciendo inversiones milagrosas. Ni el caso ni la redada se salian de lo ordinario, todo formaba parte de la cotidianidad tanto de los agentes como de los estafadores. Lo que no estaba previsto es que uno de estos fuera un exaltado con una pistola oculta al que nunca antes habian detenido y que por tanto no sabia que la justicia lo pondria en la calle sin amonestarlo siquiera. Hubo un unico disparo. Atraveso una mampara divisoria e impacto en su padre, que se encontraba al otro lado tomando nota de los nombres de los detenidos. Todo habia sido inutil. Habia muerto empunando un boligrafo.
Andy tenia diez anos y lo recordaba como un hombre membrudo que jugaba con ella a todas horas y que cuando fue creciendo empezo a tratarla como si fuera un chico. La llevaba al Comiskey Park a ver a los White Sox. Le habia ensenado a lanzar y recoger la pelota y a confiar en la fuerza fisica. La suya parecia una vida perfectamente normal. Vivian en una modesta casa de ladrillo. Ella asistia a la escuela del barrio, al igual que sus hermanos mayores. De alguna manera, el revolver de canon corto que su padre llevaba bajo la chaqueta le llamaba menos la atencion que las americanas y las corbatas de vivos colores con que se vestia. Conservaba solo una fotografia en la que aparecia junto a el; estaba tomada al aire libre, despues de una nevada, junto a un muneco de nieve que habian hecho juntos, abrazados a el como si fuera un amigo. Era a principios de abril, cuando el largo invierno empieza a remitir en el Medio Oeste, no sin antes sorprender con una ultima lengua de frio. Al muneco le habian puesto una gorra de beisbol, piedras como ojos y ramas como brazos. Le habian envuelto una bufanda alrededor del cuello y en la cara le dibujaron una sonrisa bufa. Era un muneco de concurso, solo le faltaba cobrar vida. Naturalmente, se deshizo: el tiempo cambio de repente y al cabo de una semana ya se habia derretido.
Se trasladaron a los cayos un ano despues de su muerte.
En realidad la intencion era instalarse en Miami, donde tenian parientes, pero fueron al Sur cuando su madre encontro trabajo como encargada en un restaurante cercano a un puerto deportivo. Ahi fue donde conocio a su padrastro.
A ella siempre le habia caido en gracia. Era distante pero pese a todo se mostro dispuesto a ensenarle cuanto sabia sobre la pesca. Cuando pensaba en el, veia aquellos brazos que el sol habia tornado del color de la arcilla rojiza y aquellas manchitas en la piel que presagiaban el cancer. Siempre quiso tocarlas pero jamas lo hizo. Seguia fletando su barco de pesca en el puerto de Whale; su embarcacion de doce metros de eslora se llamaba
Aunque su madre nunca se lo dijo, ella creia que habia nacido por accidente. Nacio cuando sus padres ya estaban entrados en anos y se llevaba mas de diez con sus hermanos. Ellos se habian marchado de los cayos en cuanto la edad y los estudios se lo permitieron, uno como abogado para una empresa de Atlanta, el otro para
