vivian abstraidas en sus propias vidas, de aquella manera obsesiva e inimitable que solo se da en los ninos. Las habia mirado a ambas, escuchando a medias sus quejas, y en ellas habia visto la cara de Dawn Perry, cuya fotografia guardaba en el bolsillo de la chaqueta. ?Por que iban a ser distintas?, se preguntaba.

Se mortificaba: «No puedes ser policia si te permites ver en los casos algo mas que numeros de archivo.» Se habia obligado a aferrarse a las certezas, a lo que podia presentar ante un tribunal. No dejaba de luchar contra sus instintos porque, segun estos, habia algo ahi fuera mucho mas temible de lo que jamas hubiera imaginado.

– Vamos alla -dijo Wilcox.

Se aproximaron a la casucha mientras los guijarros repicaban contra los bajos del coche, hasta que Wilcox freno. Miro hacia la deteriorada cabana antes de decir:

– Muy bien, Cowart, ahora veremos como se las arregla para entrar. -Se volvio y se quedo mirandolo.

– Basta ya, Bruce -gruno Brown.

Cowart, en lugar de contestar, bajo del coche y cruzo a paso ligero el polvoriento patio delantero. Miro por encima del hombro y vio que los dos detectives lo contemplaban apoyados uno a cada lado del vehiculo. Subio los escalones del porche y llamo:

– ?Hola, senora Ferguson!

Se hizo visera con la mano y paso de la reluciente luz del patio delantero a la sombra del porche. Discurrio la manera de entrar pero no se le ocurrio nada.

– ?Senora Ferguson? Soy Matthew Cowart. Del Journal.

No hubo respuesta.

Golpeo energicamente el marco de la puerta, sintiendolo temblar bajo los nudillos. La cal se estaba desconchando de las tablas.

– ?Senora Ferguson? ?Senora?

Oyo un chirrido procedente del oscuro interior. Paso un momento antes de que una voz incorporea le llegase flotando. No habia perdido ni su temperamento ni su duro tono de voz.

– Se quien es usted. ?Y ahora que quiere?

– Necesito hablar otra vez con usted sobre Bobby Earl.

– Pero si ya hablamos largo y tendido, senor periodista. Si apenas me quedan palabras. ?Es que no oyo ya bastante?

– No. Aun no. ?Puedo pasar?

– ?No puede hacer sus preguntas desde ahi?

– Senora Ferguson, por favor. Es importante.

– ?Importante para quien, senor periodista?

– Para mi. Y para su nieto.

– No me lo creo.

De nuevo el silencio. Los ojos de Cowart se fueron acostumbrando a la oscuridad y empezo a distinguir formas a traves de la puerta: una vieja mesa con un florero encima, una escopeta de canones recortados y un baston en una esquina. Al poco, oyo aproximarse unos pasos y por fin la menuda anciana aparecio ante su vista; su piel se confundia con la penumbra de la casa, pero su pelo canoso reflejaba la luz y brillaba. Se movia cansinamente y haciendo muecas, como si la artritis de las caderas y la espalda le hubiera penetrado tambien en el corazon.

– Ya he hablado con usted mas de lo debido. ?Que mas quiere saber?

– La verdad.

La mueca de la anciana se convirtio en una carcajada.

– ?Cree usted que va a encontrar alguna verdad por aqui, blanco? ?Cree que guardo la verdad en un tarrito aqui junto a la puerta? ?Que la saco cuando me hace falta?

– Mas o menos -contesto el.

La anciana rio con descaro. Sus ojos se apartaron de el y se dirigieron al patio. Fijo la mirada en los policias, una mirada dura; luego, tras una pausa, se dirigio de nuevo a Cowart.

– Esta vez no ha venido solo.

El nego con la cabeza.

– ?Es que ahora esta de su parte, senor periodista blanco?

– No -mintio sin vacilar.

– ?Entonces de parte de quien?

– De nadie.

– La ultima vez que vino estaba de parte de mi nieto. ?Es que han cambiado las cosas?

Cowart busco las palabras adecuadas.

– Senora Ferguson, cuando estuve en la prision hablando con Sullivan, me conto una historia. Una historia plagada de crimenes, mentiras, medias verdades y medias mentiras. Pero una de las cosas que dijo era que si volvia aqui y buscaba, encontraria una prueba.

– ?Una prueba de que?

– De que Bobby Earl cometio un crimen.

– ?Y como iba a saberlo ese Sullivan?

– Dijo que se lo habia dicho el propio Bobby Earl.

La anciana sacudio la cabeza y solto una risa seca y crispada que parecio un latigazo.

– ?Por que iba a dejar que usted revolviera mi casa en busca de algo que solo le iba a traer perjuicios a mi chico? ?Por que no lo dejan en paz? ?Por que no dejan que salga adelante? Se acabo, punto final. El muerto al hoyo y el vivo…

– Las cosas no funcionan asi, y usted lo sabe.

– Yo solo se que usted ha venido a complicarle otra vez la vida a mi chico. Y eso es lo ultimo que el necesita.

Cowart respiro hondo.

– Le dire lo que vamos a hacer, senora Ferguson. Usted me deja entrar, yo echo un vistazo, no encuentro nada y aqui se acaba todo. La historia de aquel hombre habra sido una mas de las mentiras que me conto y lo dejamos correr. La vida sigue. Bobby Earl no tendra que volver a preocuparse del pasado, esos dos detectives desapareceran de su vida y de la de usted. Pero si no entro, nunca se daran por satisfechos. Y yo tampoco. Y esta pesadilla continuara, siempre quedaran interrogantes. Jamas lo dejaran en paz, lo perseguiran para el resto de sus dias. ?Entiende a lo que me refiero?

La anciana poso una mano sobre el tirador de la puerta y arrugo la frente.

– Entiendo lo que intenta decirme -asintio por fin, pronunciando cuidadosamente las palabras-. Pero pongamos que le dejo entrar y que usted encuentra esa cosa horrible que aquel hombre le dijo. ?Que pasara entonces?

– Entonces Bobby Earl volvera a tener problemas.

Ella lo miro.

– Entonces no acabo de ver que gana mi chico si yo lo dejo entrar.

Cowart le sostuvo la mirada y jugo su ultima carta.

– Si no me deja entrar, senora Ferguson, tendre que suponer que me esta ocultando la verdad, que aqui dentro se esconde alguna prueba. Y eso es lo que les dire a esos dos detectives de ahi fuera. Entonces ocurriran dos cosas. Una: volveremos con una orden para registrar la casa a su pesar. Dos: nadie descansara hasta conseguir que incriminen a su nieto. Se lo puedo jurar. Y cuando lo hagan, yo estare alli, con mi periodico y los demas periodicos y la television, y ya sabe lo que pasara entonces, ?verdad? Me parece que no tiene alternativa. ?Me ha entendido?

Los ojos de la anciana se entornaron.

– Lo que he entendido es que los blancos con traje siempre se salen con la suya -mascullo-. ?Quiere entrar? Muy bien, pues entre, que mas da lo que yo diga.

– Gracias.

– Una orden del juez… Ya trajeron una y no les sirvio para encontrar nada. ?Por que iba a ser distinto ahora? -gruno ella mientras quitaba el pestillo y abria la puerta.

– ?Ese hombre de la prision le dijo donde buscar?

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