– No. No exactamente.
La anciana sonrio sin ganas.
– Buena suerte, pues.
Cowart entro en la casa y fue como si entrara en un mundo distinto. Estaba acostumbrado -en la medida en que puede uno acostumbrarse- a la miseria humana. Con su amigo Vernon Hawkins habia presenciado tantos crimenes en los guetos que ya no se sorprendia ni se inmutaba ante la pobreza, las ratas o la pintura desconchada. Pero aquella casa era completamente distinta, perturbadora.
Cowart descubrio una pobreza absoluta, yerma; una casa en la que no habia lugar para ninguna comodidad o esperanza, solo para una vida de vicisitudes y penurias marcada por una rabia desesperada. Un crucifijo colgaba de la pared sobre un sofa raido. Una vieja mecedora de madera sobre la que habia una blonda amarillenta descansaba en un rincon. Habia unas pocas sillas, la mayoria de madera tallada a mano. En una repisa sobre la chimenea habia un retrato de Martin Luther King y una antigua fotografia de un hombre negro vestido con un austero traje negro. Supuso que seria su difunto marido. Habia unas pocas fotografias de familiares, incluida una de Bobby Earl. Las paredes eran de madera oscura y le daban cierto aire cavernoso. Solo algun que otro rayo de sol penetraba por las ventanas, para perderse enseguida en las sombras del interior. Vio la entrada de una cocina dominada por un antiguo horno que ocupaba el centro de la estancia. Sin embargo, todo estaba inmaculado. El paso de los anos se dejaba notar por doquier, pero no habia una mota de polvo. Posiblemente la senora Ferguson tratara la suciedad de la misma manera que a las visitas.
– No es gran cosa, pero es mia -dijo ella-. Aqui no puede venir el banco con el cuento de que es suya. Es mia. Mi marido se dejo el pellejo para pagarla y puede que yo corra su suerte, pero tambien he sido feliz viviendo aqui, aunque no sea precisamente un palacete.
Camino con dificultad hasta la ventana y miro fuera.
– Conozco a Tanny Brown -dijo con amargura-. Conocia a su madre, ya murio, y a su padre. Trabajaban como esclavos para el senor Blanco y siempre se creyeron mejores que nosotros. Mentira. Recuerdo que cuando era pequeno robaba naranjas de los arboles de los blancos. Ahora que es policia se cree que es el gallo del gallinero. Pero no es mejor que mi nieto, ?me oye?
Se aparto de la ventana.
– Adelante, senor periodista blanco. ?Que va a buscar? Aqui no hay nada, ?es que no lo ve? -Agito los brazos-. Nada de nada.
De eso ya se habia percatado. Echo un vistazo en derredor y penso que Wilcox estaba en lo cierto. No tenia la menor idea de que estaba buscando ni donde buscarlo. De repente le vino la imagen de Sullivan riendose de el.
– ?Donde esta la habitacion de Bobby Earl? -pregunto.
La anciana senalo con el dedo.
– A la derecha.
Cowart avanzo lentamente por el pasillo que atravesaba la casa. Echo una mirada rapida al dormitorio de la anciana. Vio una Biblia abierta y una vieja cama de matrimonio cubierta con una colcha de punto. Frio y austero. Su unica comodidad era la lectura de aquellas paginas, y con eso debia de bastarle. Paso de largo un pequeno cuarto de bano, apenas mayor que un armario, con un lavamanos y un retrete. Los tubos de la instalacion relucian como si fueran nuevos. Por fin, entro en el cuarto de Ferguson.
Tambien este era un cuarto vacio como la celda de un monje. Un unico ventanuco en lo alto de la pared dejaba filtrarse algo de luz. Habia una cama de hierro, una mesa de madera tallada a mano, un pequeno mueble con unos pocos cajones y una silla. En la pared habia una vieja tabla a modo de estante, con una modesta coleccion de libros de bolsillo.
Cowart se sento en el borde de la cama y comprobo que los muelles eran suaves. Dejo vagar la vista entre los escasos objetos en busca de algun indicio. «?Que tiene de especial la habitacion de un asesino?» No lo sabia. Siguio observando, sin dejar de pensar en Ferguson cuando le decia que Pachoula, cuando uno viene de Newark, es como un club de campo, un paisaje como sacado de una novela de aventuras. «?A que demonios se referia con eso?», penso mirando las paredes desnudas y el impersonal mobiliario.
?Por donde empezar? No podia aceptar que algo tan serio como una prueba de homicidio estuviera a simple vista, de modo que se decidio por los cajones. Se sentia estupido, consciente de estar buscando en un lugar que ya habia sido registrado a fondo. Examino un par de mudas sin dar con nada que pareciera relevante. Palpo detras de los cajones para ver si habia algo escondido. «Pareces un detective», penso. Se arrodillo para hacer lo propio con la cama. Palpo el colchon. A continuacion las paredes, en busca de un hueco. «?Para esconder que?», se pregunto.
Se encontraba palpando el suelo a cuatro patas cuando la abuela de Ferguson se asomo a la puerta.
– Eso ya lo comprobaron -dijo-. La otra vez. ?Aun no se da por satisfecho?
Cowart se levanto lentamente, casi con verguenza.
– No lo se.
Ella rio.
– Pues termine ya.
– Antes tengo que hablar un momento con los detectives.
Ella solto otra risita socarrona y lo acompano hasta el porche. Cowart cruzo el mugriento patio en direccion a los detectives.
Tanny Brown hablo el primero, pero sus ojos no miraban a Cowart sino a la anciana.
– ?Y bien?
– No hay indicios de nada que no sea miseria.
– Ya se lo dije -le recordo Wilcox, y en un tono algo mas conciliador pregunto-: ?Ha entrado en el cuarto de Ferguson?
– Si.
– No hay gran cosa, ?no?
– Unos libros, canas de pescar, una caja con aparejos de pesca, algo de ropa en los cajones y poco mas.
Wilcox asintio con la cabeza.
– Asi la recuerdo. Y eso es lo que me mosqueaba. Entras en la habitacion de un desgraciado cualquiera, rico o pobre, no importa, y algo ahi dentro te dice como es. Pero en ese cuarto no hay nada. Y tampoco en el resto de la casa.
Brown arrugo el entrecejo.
– Cono -dijo-, me siento un idiota, soy un idiota.
Cowart salio de su ensimismamiento.
– El problema esta en que no se que hicieron cuando vinieron la otra vez ni si hay algo cambiado. Quizas he pasado por alto algo que a mi no me dice nada pero si a ustedes.
El calor reinante parecia haber aplacado un poco la animosidad de Wilcox.
– Me imaginaba que pasaria algo asi. Mire, quizas esto le sirva de ayuda.
Rodeo el coche y abrio el maletero. Dentro habia varias carpetas clasificadoras, un fusil antidisturbios, un par de chalecos antibalas y una palanca. Rebusco entre las carpetas y extrajo una serie de cuartillas grapadas. Se las entrego.
– Es el inventario del anterior registro. Lea, a ver si le sirve.
Lo primero era una lista de objetos incautados en la casa y su localizacion. Habia varias prendas de ropa, y figuraban como «Restituidas tras las pruebas. Analisis negativo». Tambien habian sido incautados algunos cuchillos de la cocina, que tambien figuraban como «Restituidos».
El inventario indicaba asimismo en que parte de la casa habian sido encontrados y describia el metodo empleado para registrar cada una de las habitaciones. El cuarto de Ferguson habia sido registrado a fondo con resultados negativos.
– ?Hay algo que no haya visto? -le pregunto Wilcox.
Cowart nego con la cabeza.
